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Este término se construye a partir del griego gamos (unión) y phobos (miedo), y se utiliza en psicología para describir el temor y la ansiedad que produce pensar -y mucho más, participar- en una unión matrimonial.
Aunque no aparece registrado en diccionarios académicos como el de la lengua española, sí circula desde hace décadas en textos especializados, como en los de psicología. La Universidad de Piura (UDEP), en su sección denominada Castellano Actual, explica que ya en los años noventa, los psicólogos estadounidenses Steven Carter y Julia Sokol advertían que este miedo no distinguía género y podía presentarse tanto en hombres como en mujeres.
Pero la gamofobia no necesariamente se define por el estado civil ni por la duración o seriedad de una relación. Hay personas que conviven y están juntas durante años sin sentir ansiedad al respecto, pero reaccionan desproporcionada e incómodamente ante los indicios de algo más formal; por ejemplo, cuando se mencionan términos como “matrimonio”, “papeles”, “anillo”, etcétera.
Según explican portales como Mundo Psicólogos, el miedo puede hacerse mayor cuando la persona siente que no está preparada para asumir ese nivel de compromiso o cuando asocia el matrimonio con experiencias negativas, que pueden ser propias, ajenas o instauradas por los chistes y los contenidos que circulan al respecto.
Alguien que desarrolla gamofobia le huye constantemente al tema, o puede simplemente aplazar y aplazar indefinidamente la conversación. Puede ocurrir, en algunos casos, que las discusiones relacionadas se intensifiquen a medida que la relación avanza. Si el miedo termina superándolos, puede generar síntomas de ansiedad, estrés o episodios de pánico.
¿De dónde proviene dicha fobia?
Como lo mencionamos anteriormente, los comentarios o burlas sobre la “pérdida de libertad”, la rutina o las narrativas centradas en el fracaso matrimonial pueden instalar en las personas una idea “amenazante” del compromiso. Si hablamos de antecedentes, vale la pena entender que las separaciones conflictivas, los divorcios traumáticos o modelos de pareja marcados por el conflicto (sobre todo en las familias), aunque sea involuntariamente, terminan por afectar esa percepción.
Una apreciación importante es que, entre personas jóvenes, la fobia puede estar vinculada a la idea de renunciar a ciertas experiencias, a la sensación de quedar “atado” a un proyecto que por años se ha definido como único y definitivo, sobre todo en el pensamiento católico-cristiano. Y sí: una causa también puede ser algo tan simple como el miedo a equivocarse, a fracasar de nuevo o a repetir patrones.
Antes se asumía que el miedo al matrimonio era más “normal” en hombres, cosa que se asociaba a la presión económica (por aquella idea de “el género masculino provee”) o a cierta dificultad para asumir compromisos emocionales. Pero la experiencia clínica demuestra que las mujeres también manifiestan gamofobia, especialmente cuando el matrimonio se asocia a roles tradicionales con los que no se identifican (amas de casa, mamás, cuidadoras) o a expectativas que sienten ajenas.
La ficción como espejo (y como ejemplo)
Este patrón ya lo hemos visto retratado en nuestra cultura popular. Recordemos la popular serie Sex and The City, y el episodio en el que Big abandona a Carrie el día de su boda. Esto funciona como una representación de cómo la gamofobia puede tener raíces en una mala experiencia. De hecho, ilustra un miedo común entre quienes sienten aversión al matrimonio:
No todas las experiencias se miden de la misma manera, y mucho menos son uniformes. Pero cuando es el miedo el que domina la conversación y condiciona decisiones importantes, tenemos que leerlo como una señal de que hay expectativas heredadas, mandatos, presiones o experiencias pasadas que siguen operando e interfiriendo en el presente.
Hablar del tema con la pareja no implica que deban tomar una decisión inmediata. Se trata, más bien, de “desarmar” la carga emocional que rodea esa noción de matrimonio, de diferenciar entre lo que se espera desde afuera y lo que realmente se desea construir. La evitación, lejos de disipar el miedo, puede volverlo más grande y confuso, porque no permite distinguir si lo que incomoda es la idea del matrimonio en sí o lo que cada persona proyecta sobre él.
Entonces, ¿el compromiso puede dejar de vivirse como una amenaza? Sí. Entender esta fobia como un fenómeno psicológico —y no como una falla o una incapacidad personal— abre la posibilidad de pensarlo desde otros lugares.
Mundo Psicólogos indica que, para manejarlo conviene también evaluar si la pareja es adecuada, alejarse de la idea de las relaciones perfectas, aclarar acuerdos sobre dinero, hijos y valores, y acudir a un profesional si es necesario.
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