Poppy Wright odiaba correr. Era la peor de su clase de educación física. Y, sin embargo, la única vez que lo hizo fue por amor. Se preguntarán por quién —y por qué, si además perseguir a alguien suele ser prescindible—. Bien: corrió detrás de Alex Nilsen, su mejor amigo y el amor de su vida.
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¿Y cómo es que alguien termina enamorándose de su mejor amigo? En la vida real pasamos tiempo con muchas personas, pero, tal y como lo estudió el psicólogo social Robert Boleslaw Zajonc, cuanto más compartimos con alguien que nos agrada, más probabilidades existen de sentir atracción. No es una regla, claro, pues el efecto de la mera exposición necesita siempre de una buena recepción inicial para desarrollarse.
Poppy y Alex son los protagonistas de Gente que conocemos en vacaciones (People We Meet on Vacation), un libro escrito por Emily Henry —ahora película de Netflix—. Una de esas comedias románticas que, para muchos, crean un imaginario de hombres y mujeres que parecen irreales, en escenarios un tanto idealistas y clichés.
Los famosos Friends to lovers, la historia de amigos que se convierten en novios, es uno de los cánones más reconocidos de la literatura juvenil. Otros ejemplos son Enemies to lovers (de enemigos a amantes o novios), Love triangles (triángulos amorosos) y Fake relationships (relaciones falsas en las que, por algún motivo externo, dos personas fingen estar juntas). Y con todo y lo ficticio, algo de todo aquello es propio de la vida real.
Entremos en contexto...
Ambos se conocieron una década antes, mientras viajaban hacia Ohio, por sugerencia de una amiga de Poppy que pensó que podrían compartir transporte para llegar. Ella detesta Ohio; él, en cambio, elegiría su casa como el lugar en el que pasaría el resto de su vida. Ella habla demasiado, tal vez más de lo necesario; él planifica todo, sigue itinerarios, odia las pantuflas, los reality shows y que lo tomen de la mano. Pero “distintos” no es sinónimo de “incompatibles”.
En medio de los imprevistos del viaje, se ven obligados a pasar todo el día juntos, quedándose en una cabaña lejos de su destino. Poppy Wright se convierte en la razón por la que Alex Nielsen rompe su rutina y, extrañamente, eso deja de parecer un problema para él.
“Cada verano, donde sea que estemos, hagamos lo que hagamos, y con quien sea que estemos, vamos a encontrarnos en algún lugar para hacer un viaje”, se prometen en uno de los veranos que viven. ¿Qué es lo peor que podría ocurrir luego de eso?
Lo que arriesgamos, lo que ganamos y lo que perdemos...
Después de los treinta, e incluso en plena veintena, las prioridades cambian: eso supone cerrarse ante algunas posibilidades, que las amistades se cuenten con los dedos de la mano y que, a veces, la idea de conocer a alguien nuevo nos resulte abrumadora.
En esta historia, nuestros protagonistas ya terminaron la universidad y tienen un trabajo. Hablan de doctorados, de maestrías, del clima... Sufren de dolores de espalda. Asisten a matrimonios de gente que, a su edad, ya está formando su propia familia.
Poppy es periodista, reportera o, más bien, escritora de contenido de viajes: su trabajo consiste literalmente en estar de vacaciones, viajar y escribir sobre los lugares que visita. Alex, en cambio, quiere dedicarse a dar clases en la universidad. Ella vive en Nueva York y él ocupa la casa de su abuela fallecida. Pero cada vez que se encuentran en el verano, el trato es vivir vidas que no son las suyas: fingen estar casados, tener otros nombres, prueban cosas que, aterrizadas a la realidad, jamás intentarían. Como escribe Ángeles Rubio en Remedios para el mal de amor: “Porque en buena compañía, las penas parecen menos penas”.
Cuando nos enamoramos de un amigo, o de un mejor amigo, tal vez la decisión más difícil sea poner en riesgo lo que se ha cultivado durante años. Es un arma de doble filo: conocemos sus exparejas, sus mentiras, sus desaciertos y malas decisiones. Pero también conocemos sus formas de querer y de entregarse. No estamos enamorados de una rutina, sino de la persona que convierte incluso lo cotidiano en algo que importa. Es una decisión compleja.
Algunas personas creen que pasando los 30 todo se organiza por arte de magia, que soplar una vela cambia el rumbo de las cosas o que, por el contrario, no hay tiempo para imaginar una vida distinta porque ya debería estar resuelta. Pero ¿por qué seguimos pensando que no puede ocurrir algo digno de un libro? La emoción de enamorarse no es algo exclusivo de la juventud: nos convencimos de que lo inesperado no le toca a un adulto, que a esa edad el amor debe ser serio y rígido, y que un “para siempre” fumiga las mariposas en el estómago.
Incluso en esa etapa es difícil diferenciar si se trata de enamoramiento o de un cariño fraternal que confunde. Poppy podría representar perfectamente la tendencia a huir: busca tanto en tantas personas, se siente en la mejor etapa de su vida (y a la vez entra en crisis cada vez que se encuentra en frente de su computador para trabajar), pero evita sentarse consigo misma para enfrentar su realidad. Entre todo lo que evade, está su enamoramiento por Alex, aunque nunca se lo pregunta de manera consciente. Lo descubre, casi sin querer, durante el último viaje que tienen: La Toscana.
El precio de evadir lo inevitable
Alex estaba a punto de comprometerse con su novia cuando Poppy decidió besarlo. De hecho, sí lo hizo, pero luego de cortar contacto con su mejor amiga, también cortó su relación con Sarah, su prometida.
En el momento en el que comienzan a aparecer nuevas formas de percibir al otro, la honestidad se vuelve un no negociable. Omitirlo es, en esencia, mentir, y mentir hiere a quienes queremos. El amor puede ser mágico, pero ese cliché cinematográfico acierta en algo: la inoportunidad no es para nada romántica.
Descubrir que estamos enamorados puede ser perturbador, confuso, dañino. Especialmente cuando no estaba en nuestros planes. Más allá de la historia, las amistades funcionan como un polo a tierra que necesitamos, y transformarlas, o elevarlas a otro nivel, implica que nada volverá a ser igual. Aun así, a veces hay que arriesgarse, porque no todos los trenes vuelven a pasar. Incluso existen señales y lecturas psicológicas que pueden orientarnos, ayudarnos a distinguir si lo que sentimos es amor verdadero, un capricho o simplemente la costumbre de ver y acompañar al otro.
Y sí, como en la mayoría de estos relatos, ambos confiesan —en el punto más álgido de la película— que se aman. Y tienen sexo. Y despiertan juntos. Y ahora van a un evento importante tomados de la mano. Y todo parece apuntar a que tendrá un final feliz (por supuesto que lo tiene, es solo que en el nudo, como en la vida, es necesario el golpe de realidad). Pero ella no se decide, no sabe lo que quiere y termina por evadir, igual que como ha hecho en relaciones anteriores, pidiendo que le dé tiempo suficiente para pensar.
“Eres tú estancada intentando volver en el tiempo para arreglar una amistad que te explotó en la cara”, le dice una de sus compañeras de gimnasio al principio de la cinta cuando, después de un tiempo, Poppy decide buscar a Alex.
Es cierto que los vínculos implican tanto cariño como responsabilidad. En la vida real, en medio de tantas etiquetas que usamos para justificarnos, no es suficiente con querer: hace falta más que cariño para construir una relación.
“La mayoría de la gente necesita unas vacaciones de su vida. Y ese nunca fue mi problema. A mí me falta la vida”, escribió Poppy en la carta de renuncia de su trabajo. Probablemente el mejor escrito de toda su carrera. Pero esta vez no lo hizo para huir de algo, sino para enfrentarlo (o enfrentarse). Esto no es una lección de romance ni una invitación a dejarlo todo por otra persona. Parece que se trata de entender que cuando hablamos de un “mejor amigo” hablamos de un vínculo que requiere incluso más tiempo, respeto y un conocimiento del otro tan certero como el que uno tiene de sí mismo.
Poppy Wright odiaba correr. Pero un día, después de entender que el amor no funciona precisamente como en las historias de ficción, tomó un avión de Nueva York a Ohio para perseguir a su mejor amigo de más de una década y aceptar, por fin, que estaba enamorada.