En Colombia se dice popularmente que “lo que es para uno es para uno, aunque coja curva” o que “al que le van a dar, le guardan”. Y una visión similar, aunque en sus propios términos, circula en distintas culturas de Asia: la leyenda del hilo rojo del destino, una creencia ancestral que intenta explicar por qué ciertas personas, tarde o temprano, terminan encontrándose.
Según esta tradición, existe un hilo —invisible ante nuestros ojos humanos, pero que es de color rojo— que une a las personas destinadas a compartir un lazo amoroso. “No importa el tiempo, la distancia ni las circunstancias: ese hilo puede tensarse, enredarse o alargarse, pero nunca romperse”.
¿Cuál es el origen de ese hilo?
En una de las explicaciones se dice que es colocado por una figura mítica. Generalmente, un anciano que vive en la luna y que, cada noche, se encarga de identificar a las almas que deben encontrarse en la Tierra. Una vez las reconoce, las “amarra” para evitar que se pierdan en el camino. En otras versiones, el encargado de ver y seguir esos hilos es una vieja hechicera o un sabio con grandes capacidades mágicas.
Uno de los elementos más llamativos e importantes de esta teoría es que el hilo suele estar atado al dedo meñique. ¿Por qué? Porque en Japón, el meñique está vinculado culturalmente a las promesas solemnes a través del yubikiri, un juramento tradicional que se realiza entrelazando ese dedo. (Sí, como las pinky promises o los juramentos “por la garrita” o “por el dedito” que tenemos en algunos países de occidente).
Además, en varios sectores de la medicina oriental, se cree que este dedo está conectado energéticamente con el corazón; su fragilidad, por ejemplo, simboliza lo delicado del amor, sin que ello implique debilidad.
Pero hablemos de la historia más conocida asociada al hilo rojo: la del joven emperador.
Curioso por conocer a su futura esposa, mandó llamar a una hechicera capaz de ver los hilos del destino y le pidió que siguiera el suyo. El recorrido los llevó hasta un mercado humilde, en donde una mujer pobre sostenía a un bebé. Al escuchar que ese era el final de su hilo, el emperador reaccionó con mucha furia, y se convenció de que se trataba de una burla. Empujó a la mujer y provocó un accidente que, dato muy importante, dejó una cicatriz en la frente de la niña.
Años después, cuando llegó el momento de casarse, el emperador fue presentado con una joven. Solo al verla de cerca descubrió la marca en su rostro y comprendió que se trataba de la misma niña a la que había rechazado tiempo atrás. El destino, pese a su resistencia, se había cumplido.
A diferencia de la idea que tenemos sobre el destino como designio impuesto por una divinidad, en muchas filosofías asiáticas esto se entiende como el resultado de causas previas, pero con consecuencias en el presente. Nuestra historia también la definen las acciones pasadas y el universo que las equilibra.
Puede parecer un cliché, pero esta historia, año tras año, sigue funcionando como una especie de consuelo o esperanza frente a la incertidumbre de los vínculos humanos que nos conciernen. Nos habla de paciencia, de espera: de esa certeza de que algunas personas están destinadas a encontrarse, incluso después de largos desvíos.
¿Había escuchado sobre esta leyenda? ¿Cree en los amores predestinados? Lo leemos en los comentarios.
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