Mon Laferte aparece vestida de rojo, envuelta en una capa de plumas, bajo una luz tibia que apenas la ilumina. Detrás de ella, un ensamble de jazz integrado solo por mujeres sostiene la escena con contrabajo, batería, piano y saxofón.
Hay cortinas largas, sombras medidas, una atmósfera de cabaret y film noir de los años 50 que convierte el estudio en un pequeño teatro. Allí, en esa reciente Spotify Sessions EQUAL Edition, Mon no solo interpreta cinco canciones de Femme Fatale, su último álbum. También deja ver, con claridad, cómo ha cambiado su manera de cantar al desamor.
Porque si hubo un tiempo en que su voz quedó asociada a una herida abierta, a una forma cruda de exponer el dolor, hoy la escena es otra. La tristeza sigue ahí, pero no desgarra. Actúa con lentejuelas, con jazz y con estilo.
Un dolor desgarrado
Durante años, buena parte del público latinoamericano reconoció a Mon Laferte en un registro muy concreto: el del desgarro. Tu Falta de Querer fue, en ese sentido, mucho más que un éxito. Fue la consolidación de una forma de cantar el corazón roto como si todavía estuviera sangrando.
Para Billboard, la propia artista dijo que esa canción “salió así, como solita”. La frase importa porque ayuda a entender el lugar emocional desde donde escribió: un lugar menos construido, menos escénico, más cercano al impulso del sentimiento desbordado.
Por eso esa canción sigue siendo una referencia inevitable para leer su obra. Por ejemplo, según Spotify, en Colombia, Mon Laferte encuentra una audiencia especialmente fuerte: el país es hoy su mercado número cuatro a nivel global, acumula más de 79 millones de streams y Tu Falta de Querer supera los 15 millones de reproducciones locales, mientras Bogotá figura entre las ciudades que más la escuchan. De hecho, su concierto será el próximo 7 de mayo en el Movistar Arena.
Pero quedarse en esa Mon sería leer solo una parte de la historia.
Rascarle a la herida
Entre Tu Falta de Querer y Femme Fatale hay una continuidad, sí, pero también una evolución. El desamor sigue siendo un territorio central en su música, aunque ya no aparece del mismo modo. Ahora se deja ver envuelto en otros recursos: el jazz, la teatralidad, el cabaret, una visualidad más cercana a su yo como artista plástica.
En Rolling Stone en Español, Mon dijo algo que resume con mucha precisión esa nueva etapa: para este disco, “le rasqué a la herida”. La frase tiene algo más inquietante que la simple confesión. Habla de una decisión: volver ahí, tocar lo que todavía molesta, escarbar en lo que no termina de cerrar.
La diferencia es que esa vez lo hizo desde un lugar distinto. Ya no como la mujer rota e insegura que, según ella misma contó en esa entrevista, descubrió al mirar hacia atrás sus propias notas del pasado, sino desde alguien que hoy se siente “muchísimo más tranquila”. “Me dieron ganas de ir para atrás y decirle: ‘Ya, tranquila, todo va a estar bien’”, dijo a la revista estadounidense.
Eso significa otra conciencia del dolor. Una disposición a convertirlo en forma, en atmósfera, en lenguaje. Habla de un proceso de autoreconocimiento, de amor.
La Femme Fatale
En su conversación con Billboard, Mon Laferte definió Femme Fatale como un disco “muy personal, confesional, incómodo”, además de “nocturno” y “atrevido”. También explicó que nació con la idea de hacer un disco de jazz, aunque en el camino fue mutando.
Rolling Stone añadió que no se trata de un álbum de jazz clásico, sino de pop con inspiraciones de jazz, soul y elementos contemporáneos. El equivalente a más riesgo, más improvisación, más sensación de estar al límite.
Esa lógica se percibe en la reciente sesión, donde Mon revisita “Femme Fatale”, “Otra Noche de Llorar”, “Veracruz”, “1:30” y “Melancolía” con arreglos inspirados en ese lenguaje. Según Spotify, por primera vez asume además un doble rol como artista y directora musical, mientras la dirección visual está a cargo de Magaly Ugarte.
Todo eso importa porque ayuda a entender que la femme fatale de esta era no es un simple look. Es una forma de entrar al sentimiento. Una forma de cantar el amor y el desamor no solo desde la herida, sino desde lo que la herida produce cuando ya pasó por el cuerpo, por la memoria, por el escenario... por la cicatriz, entre luces y sombras.
Vulnerabilidad con otra luz
Mon Laferte no intenta negar la fragilidad. No busca borrar a la mujer herida para reemplazarla por una figura pura de control. Más bien hace convivir ambas cosas.
En EFE, se dice que la artista “jura su amor a la versión más reciente de sí misma: la femme fatale”. En Billboard, esa figura queda definida como una mujer libre, segura y peligrosa. Y en Rolling Stone, Mon complejiza todavía más el concepto al recordar que la femme fatale nace de un imaginario machista, aunque también puede leerse como la historia de una mujer que toma el control de su vida.
Eso le da espesor a la lectura. La nueva Mon no es menos sensible; es sensible de otra manera. Ya no parece cantar desde el derrumbe inmediato, sino desde alguien que aprendió a habitar su propia contradicción.
No por nada, en esa misma entrevista con Billboard, confesó que fuera del escenario se siente “intrusa” en las alfombras rojas, que prefiere la tranquilidad de su casa y que anhela una vida más calma, más normal, menos expuesta.
Tal vez allí radique parte del magnetismo de esta etapa, la cual tiene la distancia entre la mujer que busca pasar desapercibida y la artista que, sobre el escenario, decide amplificar la noche con gran talento y elegancia.
De Tu falta de querer a Femme Fatale
A propósito de su reciente sesión, lo que mejor se deja ver no es solo una nueva pieza audiovisual ni un formato especial impulsado por Spotify dentro de las celebraciones de EQUAL. Lo que aparece con más nitidez es el trayecto emocional de una artista.
De Tu Falta de Querer a Femme Fatale, Mon Laferte no dejó atrás el desamor. Lo volvió más complejo. Más incómodo. Más elegante. Más narrado desde la escena que desde el puro estallido.
La herida sigue ahí, pero ahora canta con jazz, plumas y luces bajas. No por frivolidad, sino porque entendió que también hay fuerza en la forma de mostrar lo que duele. Y quizá esa sea la transformación más interesante de todas: descubrir que reconocer la vulnerabilidad no debilita una voz. A veces, la vuelve más fuerte y valiente.
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