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El primer beso provoca esos nervios que solo podrían convertirse en mariposas en el estómago.
Es un momento importante en cualquier relación, pues es el punto de cambio (o de quiebre) entre las expectativas que tenemos sobre él y el contacto físico real que sufrimos. Y no, no es un asunto meramente juvenil, pues su importancia es la misma en la vida adulta. Esto, porque existe una combinación de factores biológicos, sociales y culturales que se activan en ese primer acercamiento al besar.
A diferencia de un abrazo o una caricia, los besos implican un contacto más directo y más prolongado, lo que lo vuelve distinto dentro de la forma en que dos personas conviven. Por eso no es algo que se olvide fácilmente al comienzo de una relación.
¿Qué ocurre en el cuerpo durante un primer beso?
En medio de esa escena tan romántica, nuestro sistema nervioso activa mecanismos vinculados al placer y la recompensa (un sistema sobre el que también hablamos en otro artículo y que puede leer aquí), lo que genera ciertas reacciones físicas que pueden incluir cambios en el ritmo cardíaco, en la respiración y en la atención. Y, en realidad, no lo decidimos, porque no son respuestas conscientes.
Los labios, al ser una zona de alta sensibilidad, logran que captemos información a través del contacto y el gusto, e incluso el olor. Estos estímulos se integran rápidamente y es ahí cuando el cuerpo actúa como un sistema de registro que responde sin tener en cuenta la racionalidad.
Un beso también requiere de coordinación corporal: la proximidad, los movimientos y la velocidad permiten que identifiquemos a qué nivel de comodidad o incomodidad estamos frente a ese contacto. Que se sienta vivo o, por el contrario, más “plano”. Y todo, en conjunto, termina por definir si habrá un encuentro posterior y cómo funcionará. Puede sumar ganas de seguir o, por el contrario, enfriar el interés y que no haya próxima cita.
En la adolescencia, este momento suele estar asociado a los primeros procesos de socialización que tenemos, cosa que puede ocurrir en el colegio, en la universidad o en los planes externos que comienzan a tener lugar al crecer. A eso se le suma la exploración de la intimidad y la necesidad de encajar o de pertenecer a un grupo que ya haya atravesado dicha experiencia.
Pero la edad en la que ocurre y las condiciones en que se da suelen variar y están influenciadas por el entorno familiar, social, cultural y, en muchos casos, económico.
Como mencionamos al inicio, frente a la adultez, el primer beso mantiene su peso; aunque haya más experiencia o madurez, el cuerpo puede responder igual en las citas y los vínculos que se formen.
Innegablemente, las representaciones en el cine, la música y la literatura han reforzado la idea del beso como un hito, lo que aporta a que lo consideremos como decisivo. Pero que un beso haya sido increíble —o no tanto— no obliga a salir corriendo ni a quedarse. El amor no es lo mismo que la pasión o el deseo, y en las primeras citas partimos más de suposiciones e impresiones mínimas.
Es cierto que también pesan otras cosas: la conversación, el trato, las creencias, la forma en que las personas se van conociendo. Y eso, al final, es lo que cada quien terminará poniendo en la balanza.
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