
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
“No olvide que cuando suena la alarma del despertador, es momento de abrir los ojos, tomar un respiro y levantarse”. Esta premisa de la autora y terapeuta Teresa Salazar, en su nuevo libro, ¡Despierta! Ya es hora, se convierte en una metáfora poderosa para abordar el fin de una relación sentimental.
El cierre de un ciclo amoroso suele etiquetarse bajo la palabra “fracaso”. Se asume que el tiempo se ha perdido y que la ausencia de un “para siempre” invalida la experiencia que se vivió. Sin embargo, una visión más profunda y consciente sugiere que las crisis amorosas no son muros, sino puntos de reinicio donde se equilibra lo que se busca con lo que se tiene para ofrecer.
La desconexión con el otro, paradójicamente, abre la puerta para la reconexión con uno mismo. Como bien señala Salazar, el camino del crecimiento personal siempre es hacia adentro. La ruptura es, ese despertador incómodo y crudo que, aunque emite una luz que arde y genera desagrado inicial, es la única herramienta capaz de desvanecer la falta de conciencia en la que muchas veces se sumerge una relación agotada.
Honrar el ciclo cumplido
La salida de una relación suele estar marcada por un cumulo de sentimientos encontrados. No se trata únicamente de la presencia o ausencia de afecto, sino del duelo por una etapa que se deja atrás. Es habitual que se experimente nostalgia por lo perdido, mezclada con un entusiasmo cargado de la valentía de haber abandonado una situación que dificultaba el presente.
En este escenario, es fundamental desmitificar la idea del fracaso. Las terapeutas transpersonales Thereza Pérez y Patricia Martínez proponen un cambio de paradigma, donde el fin de una relación debe entenderse como una evolución.
Cada vínculo posee un ciclo natural y algunas relaciones están diseñadas para durar décadas, mientras que otras cumplen su propósito en un tiempo más breve. Honrar ese tiempo compartido es el primer paso para una sanación auténtica.
No obstante, las especialistas advierten sobre el riesgo de la “positividad tóxica” o las celebraciones superficiales de divorcio que se han popularizado en plataformas digitales. Intentar “honrar” la relación en el momento exacto de la ruptura puede resultar forzado y superficial debido a la intensidad del dolor.
El verdadero acto de honrar surge después de haber transitado el duelo, con la capacidad de mirar hacia atrás y agradecer lo vivido sin desear regresar a ese vinculo.
El bloqueo emocional también es una respuesta frecuente ante la pérdida, este comportamiento suele derivar en un refugio excesivo en la esfera laboral, en la fiesta o en la soledad, descuidando el mundo interno. Salazar explica que, con frecuencia, quien abandona una relación también se ha abandonado a sí mismo mucho antes del adiós definitivo.
Del fondo hacia la luz
La mente humana tiende a generar pronósticos negativos durante la tormenta, pero la realidad demuestra que tras la tempestad, viene la calma, siempre que la persona esté dispuesta a trabajar en la interpretación de los hechos.
La felicidad y el sufrimiento no dependen de agentes externos, sino de la narrativa que cada persona construye sobre si mismo. Si se interpreta la ruptura como una tragedia terminal, el individuo se estanca, en cambio, si se percibe como una oportunidad de aprendizaje, se inicia el proceso de evolución.
Una vez que se acepta la incomodidad del despertar, comienza la fase de reconstrucción activa. Es el momento de ejecutar acciones concretas que devuelvan el sentido, es por ello que no resulta extraño ver cómo, tras una ruptura las personas retoman el ejercicio, organizan sus finanzas o actualizan sus perfiles profesionales.
El reequilibrio
La madurez emocional que surge tras una crisis permite un nuevo equilibrio. Al estar solo, el individuo tiene la oportunidad de revisar qué es lo que realmente busca en una pareja y, lo que es más importante, qué tiene para ofrecer desde su nueva configuración.
La autora Teresa Salazar utiliza la imagen de un cofre lleno de diamantes esperando ser descubiertos dentro de cada persona. La luz de este tesoro personal solo brilla cuando se deja de buscar la validación en el exterior.
Al final del día, cada experiencia, por dolorosa que sea, permite evolucionar, y ante la posibilidad de nuevos encuentros en el futuro, la pregunta ya no debe ser si la otra persona se quedará para siempre, sino qué aprendizaje puede surgir de esa interacción y cómo contribuirá a su crecimiento.
👗👠👒 ¿Ya te enteraste de las últimas noticias sobre Bienestar y amor? Te invitamos a verlas en El Espectador.
