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Qué es amar según Sabrina Carpenter: entre deseo, ironía y decepción

La artista que estará en el FEP 2026 canta a un amor menos idealizado y más real, donde caben el ego, las ganas, el rechazo y los tipos inmaduros.

Kevin Stiven Ramírez Quintero

19 de marzo de 2026 - 01:12 p. m.
Sabrina Carpenter llega al Festival Estéreo Picnic 2026 con un repertorio que mezcla deseo, ironía, ego y decepción.
Foto: Agencia EFE
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Sabrina Carpenter no le canta al amor ideal, sino al que te calienta, te enreda y te deja como payaso. En sus canciones, enamorarse puede ser perder la cabeza, “pensar tonterías”, desear a alguien por lo mínimo, querer encerrarse con alguien o terminar con el orgullo herido por haber jurado que esa persona sí era distinta.

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Sabrina entiende algo que mucha gente ya aprendió a los golpes: el amor no siempre sale bonito. A veces arranca desde el deseo, se mezcla con el ego, pasa por una mala decisión y termina rodeado de “te lo dije”, después de descubrir que esa persona era mucho menos de lo que prometía.

Por eso sus letras pegan. Porque no hablan del romance como una religión ni como una tragedia antigua. Lo bajan a la vida real, al ridículo, a la cama, al impulso, a la decepción y a esa rabia que convive con un maquillaje intacto, ¡sin lágrimas!

Sabrina puede sonar juguetona, sí, pero debajo de esa voz dulce y su ritmo pop hay una compositora que no le tiene miedo a llamar las cosas por su nombre. Si alguien es inmaduro, lo dice. Si alguien le mueve el piso, también. Si quiere mandar todo al carajo, lo hace.

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Su llegada al Festival Estéreo Picnic 2026 encaja perfecto con ese lugar que se ganó en el pop. No solo porque encabeza una generación de artistas que hoy dominan festivales y conversaciones, sino porque construyó una forma muy suya de escribir sobre vínculos.

Una que mezcla ironía, picardía, crudeza y ganas. Una que ya no suena a fantasía adolescente de Disney, sino a una mirada bastante más despierta sobre lo que implica desear, exponerse, equivocarse y volver a empezar.

Cuando el amor te deja idiota

Una parte del encanto de Sabrina está en que no se presenta siempre como la que tiene el control absoluto. También sabe escribir ese momento en el que alguien te desordena la cabeza y te vuelve torpe. Ahí entra “Nonsense”.

La canción no intenta parecer profunda. Su fuerza está en mostrar el enamoramiento como un pequeño colapso. “Mirarte me hace pensar tonterías”, canta, y con esa línea ya dejó claro el punto. El deseo no siempre vuelve elegante a nadie. A veces lo pone a decir babosadas, a imaginar cosas de más, a hablar con el corazón acelerado. “Mi estómago da volteretas cuando llegas”, dice también, y ahí el amor aparece como eso que llega sin avisar y deja a alguien un poco idiota, pero encantado de estarlo.

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Lo interesante es que Sabrina no suaviza ese ridículo. Lo disfruta. Lo vuelve parte del juego. En vez de fingir distancia o madurez, deja ver el desorden. El amor, en esa etapa, aparece como una emoción que entra riéndose y sale dejando todo patas arriba.

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Algo parecido ocurre en “When Did You Get Hot?”, donde el deseo entra por la vista y sin pedir antecedentes. La pregunta del título tiene algo muy reconocible y muy Sabrina. No es cursi. Es más simple, más frontal, más honesto: “¿Cuándo fue que te pusiste bueno?”.

Ahí no hay discurso romántico sobre el destino. Hay química, sorpresa y ganas de mirar de arriba abajo “todo el día”. Y remata con esa misma sensación: “Llévame a jugar Twister desnudos en tu casa”.

El coqueteo también puede mandar

Con “Espresso”, Sabrina Carpenter dejó una de las imágenes más claras de su personaje pop. No está esperando que alguien la elija. Ya sabe el efecto que produce. Ya sabe que ese hombre piensa en ella “todas las noches” y que no puede dormir. “Esa soy yo, espresso”, canta, y la frase funciona por su seguridad. A una mujer que sabe que ocupa espacio en la cabeza del otro y no va a fingir sorpresa ni modestia.

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En esa canción, el amor ni siquiera es la palabra central. Lo que manda es el magnetismo. La sensación de saberse inolvidable. La diversión de jugar con el deseo propio y el ajeno sin armar un cuento romántico alrededor.

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Sabrina se ríe, lo mueve todo: “No puedo identificarme con la desesperación”, canta, como dejando claro que una cosa es desear y otra muy distinta arrastrarse.

Con “Juno” la cosa sube de temperatura. Ahí el deseo ya no está insinuado en la esquina. Está al frente. “Tal vez te deje hacerme tu Juno”, canta, y en esa línea caben la fantasía, el juego y una forma muy clara de tomar la iniciativa. No está esperando a que la descubran. Está proponiendo, imaginando, empujando el momento: “¿Quieres probar mis esposas rosadas de peluche?”, pregunta con humor, descaro y deseo.

Y hay un detalle importante. “Juno” tiene picardía, tiene brillo, tiene esa clase de descaro que te atrapa.

El corazón roto es una cosa, el ego es otra

Si hay una canción donde Sabrina afina el cuchillo y sonríe mientras lo hace, esa es “Please Please Please”. Ahí el amor ya no se vive solo como emoción privada. También entra el bochorno. La posibilidad de quedar como un tonto por haber apostado por alguien que termina haciendo justo lo que no debía.

La línea clave está ahí, limpia, perfecta, imposible de mejorar: “El corazón roto es una cosa, mi ego es otra”. Eso resume una experiencia muy actual. No duele únicamente que una relación salga mal.

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Duele haber defendido a alguien, haber dicho que era distinto, haber puesto la cara por él y que al final te haga quedar mal igual. Duele haber sostenido una historia que después se cae sola. Muy ick.

Sabrina no canta esa vergüenza llorando en un rincón. La canta con humor negro, con rabia medida y con una frase que suena a súplica, pero también a amenaza. “No me avergüences, hijo de puta”.

En otra línea incluso fantasea con una solución tan punzante como graciosa: “¿Qué tal si te quedas dentro de casa?”. El chiste funciona porque debajo hay una verdad incómoda. Amar también puede ser cuidar el corazón, sí, pero a veces sobre todo toca cuidar la dignidad.

Ahí aparece una de las grandes virtudes de su escritura. Entiende que el amor no solo toca el corazón. También toca la imagen que alguien tiene de sí mismo. Toca el relato que armó. Toca el orgullo. Y a veces eso arde casi igual.

Lo mínimo ya parece una hazaña

Luego está el otro gran tema de sus canciones. Los hombres que llegan tarde, mal hechos, flojos de carácter o demasiado cómodos siendo una carga. Sabrina no inventó ese personaje, pero sí supo escribirlo con una mezcla de burla y fastidio que se siente bastante actual.

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En “Manchild” no está tratando de salvar a nadie. Está agotada. “¿Podrías dejar en paz a una mujer inocente?”, canta, después de retratar a ese tipo “estúpido”, “lento”, “tal vez inútil”, ese hombre-niño que siempre vuelve a llevárselo todo.

La gracia de la canción es que no entra desde el llanto, sino desde la desaprobación. Ya no hay fascinación. Hay cansancio. El hombre-niño no rompe solo por lo que hace. Agota por lo que obliga a cargar. “La mitad de tu cerebro simplemente no está ahí”, remata, y con eso termina de bajarlo del pedestal.

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“Tears” lleva esa idea a otro lugar y por eso es una de sus letras más filosas. Sabrina convierte gestos mínimos de respeto, comunicación y responsabilidad en motivo de excitación. “Un poco de comunicación” es, según canta, su “calentamiento ideal”. “Solo lava los platos” y ahí empieza el deseo. “Siendo un tipo responsable”, dice casi como si estuviera describiendo una especie rara. El chiste es buenísimo porque debajo del doble sentido hay una crítica feroz.

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El estándar está tan bajo que hacer lo básico ya parece un acontecimiento. La calle está dura.

Picardía y sátira. Sabrina está diciendo que tratar bien, responder, tener iniciativa y comportarse como adulto no debería ser extraordinario, pero demasiadas veces lo es. Y en vez de envolver eso en discurso moral, lo vuelve un coro pegajoso y una broma sucia. Esa es su inteligencia.

“Busy Woman” suma otra capa a ese retrato. Ahí aparece una Sabrina que se ofrece, se entusiasma, exagera y, si la rechazan, se le despierta una teatralidad rabiosa. “Soy tan madura, centrada y sensata, excepto cuando me rechazan”, canta.

Y luego remata con otra joya:Si no me quieres, asumiré que eres gay”. También deja ver ese yo herido y medio insoportable que aparece cuando el deseo no es correspondido.

Todo en esa canción se mueve entre la oferta total y el despecho instantáneo. “Si necesitas mi amor, me quito la ropa y voy a tu casa”. Pero si no, “yo tampoco te quería, idiota”. Así de rápido cambia el humor cuando el ego recibe un golpe.

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Quedar en la boca de otro

“Taste” entra por otra herida. No la del hombre inmaduro, sino la de la huella que deja una relación cuando ya terminó. Ahí Sabrina no ruega vuelta. Tampoco simula indiferencia total. Juega un juego más interesante. Le habla a la otra y le deja una idea imposible de tragar tranquila: “Tendrás que saborearme cuando te esté besando”.

Es una línea venenosa. No porque busque humillar por humillar, sino porque entiende algo incómodo sobre ciertos vínculos. Que el amor, el sexo y la costumbre dejan rastro. Dejan frases, modos, formas de tocar, maneras de besar, cosas que no desaparecen apenas uno cambia de pareja.

“Cada vez que cierras los ojos, estás sintiendo los míos”, canta, y ahí la canción deja de ser solo una provocación para convertirse en algo más inquietante: una reflexión pop sobre la memoria del cuerpo.

Lo fuerte de “Taste” es que Sabrina no se ubica como víctima abandonada. Se ubica como una marca. Como recuerdo que sigue ahí, metido en el cuerpo del otro. Hay ego, sí. Hay competencia, también. Pero sobre todo hay una conciencia muy precisa de lo que una relación deja cuando se acaba. No siempre se va del todo. A veces se queda en la lengua.

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Cuando querer deja de ser privado

Hay otro punto importante en su obra. Sabrina no solo canta lo que pasa dentro de una relación. También canta lo que pasa cuando una historia deja de ser íntima y otros empiezan a contarla por ti. Ahí entra “because i liked a boy”.

La canción es clave porque muestra el salto brutal entre una experiencia vivida como algo simple y el momento en que esa experiencia se convierte en juicio público. Primero están la cercanía, la inocencia, la sensación de haberse lanzado de cabeza.

“Me lancé de cabeza a todo esto, era todo tan inocente”. Luego viene el golpe. “Ahora soy una destructora de hogares, soy una puta”. La velocidad de esa transformación es la herida real de la canción.

Lo que Sabrina pone ahí sobre la mesa no es solo el dolor de una relación complicada. Es el castigo que puede caer sobre una mujer solo por haber querido a alguien. “Dime quién soy”, repite, como si señalara la violencia de verse convertida en personaje por la boca ajena. Ya no importa tanto lo que pasó entre dos personas. Importa la versión que otros repiten, deforman y usan para definirte.

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Y aun ahí, vuelve a asomar la ironía. “Salir con chicos que tenían exes, no, no lo recomiendo”. La línea funciona porque llega después del golpe, no antes. Como si la única forma de sobrevivir a cierto nivel de exposición fuera reírse un poco del incendio.

Cuando ya da pereza creer

Y después de todo eso llega la fatiga. No el gran drama romántico. La fatiga. Ese punto en que una decepción ya no parece accidente, sino patrón. Para eso está “Nobody’s Son”.

La canción tiene algo especialmente triste porque no exagera el dolor para volverlo épico. Lo muestra como una repetición. “Aquí vamos otra vez, llorando en la cama”, canta. El golpe no es solo el hombre que mintió o decepcionó. Es la sensación de volver al mismo sitio.

Las amigas enamoradas, uno quedando de tercera rueda, otro tipo “tan guapo y tan engañoso”, y de fondo una sospecha que ya dejó de ser sospecha y empieza a sonar a conclusión.

“No queda nadie en quien pueda creer”, dice la canción. Y aunque la frase sea extrema, el sentimiento se entiende. Sabrina toca ahí una fibra muy actual. El desgaste de volver a intentar cuando una parte de ti ya viene torcida por las experiencias anteriores. El amor no como promesa, sino como terreno donde se acumulan pequeñas derrotas.

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Cortar también puede dar alivio

Pero Sabrina no se queda siempre atrapada en la herida. Ahí entra “Feather”, una canción que cambia el tono porque pone el foco no en la caída, sino en el alivio que llega después. “Me siento mucho más ligera, como una pluma”, canta. Esa ligereza importa porque muestra otra cara de su escritura. La ruptura no siempre aparece como ruina. A veces aparece como descanso.

En “Feather” no hay nostalgia decorativa. Hay bloqueo y cierre. “Te tengo bloqueado”, “finalmente, te saqué de mi vida”, “emocionada por no hablarte nunca más”. Eso también es parte del amor actual en Sabrina: la idea de que soltar puede sentirse mejor que insistir. Que sacar a alguien de la cabeza a veces pesa menos que quedarse peleando por lo que ya no da más.

Y, claro, hasta ahí llega con ironía. “Lo siento mucho por su pérdida”, canta, dándole vuelta a la escena. El que perdió fue él.

Sabrina sabe lo que canta

Tal vez eso sea lo más atractivo de su música. Sabrina Carpenter no escribe como si el amor todavía fuera una idea limpia. Escribe como alguien que ya pasó por el deseo, el ridículo, la vergüenza, la rabia, la calentura, la decepción, la exposición y las ganas de volver a probar de todos modos.

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Por eso en sus canciones conviven tantas versiones del vínculo. La que pierde la cabeza en “Nonsense”. La que se sabe irresistible en “Espresso”. La que fantasea sin sonrojarse en “Juno”. La que le ruega a un hombre que no la deje en vergüenza en “Please Please Please”.

La que erotiza la responsabilidad en “Tears”. La que se cansó del inmaduro en “Manchild”. La que se descompone un poco cuando la rechazan en “Busy Woman”. La que deja huella en “Taste”. La que es juzgada por haber querido en “because i liked a boy”. La que ya no sabe si todavía cree en alguien en “Nobody’s Son”. Y la que por fin respira en “Feather”.

En definita, en la música de Sabrina Carpenter nunca se encuentra una sola cara del amor. Y esa es la magia. Quiere contar lo que pasa cuando el deseo se mezcla con la lucidez, cuando el ego entra a la cama, cuando el estándar está por el piso y cuando alguien decide que ya no va a fingir.

Sabrina Carpenter llegará al Festival Estéreo Picnic 2026 como una de las figuras más fuertes del pop actual. También como una artista que encontró una manera muy precisa de cantar lo que hoy mucha gente siente y pocas veces dice tan bien: que amar puede ser delicioso, sí, pero también ridículo. También agotador. También adictivo. También una pérdida de tiempo. Y que, aun así, siempre habrá otra canción para volver a caer con más ironía y deseo.

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Por Kevin Stiven Ramírez Quintero

Formado en la Pontificia Universidad Javeriana. Interesado en temas musicales, deportivos, culturales, turísticos, gastronómicos y tecnológicos. Le gusta realizar crónicas, trabajar temas en tendencias SEO y la cobertura de eventos en vivo de alcance internacional. Ganador del Premio Simón Bolívar en 2021.@kevins_ramirezkramirez@elespectador.com

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