Hace unos meses, el thriller La empleada, adaptación del libro de Freida McFadden, se convirtió en uno de los grandes éxitos de taquilla de la temporada. La historia sigue a Millie, una joven que intenta reconstruir su vida trabajando como empleada doméstica en la casa de una familia adinerada. Al principio, el conflicto parece centrarse en la relación extraña entre Millie y Nina, la dueña de casa, cuya conducta errática vuelve el ambiente inquietante.
Sin embargo, hacia el final de la trama aparece una revelación distinta. Ambas mujeres, cada una a su manera, han estado bajo la influencia de Andrew, el esposo de Nina, un hombre manipulador y violento que termina afectando el comportamiento de las dos. Durante gran parte de la historia, incluso cuando aparecen señales claras de peligro, ambas parecen dispuestas a permanecer cerca de él.
Ese tipo de dinámica no pertenece únicamente al terreno de la ficción. En psicología existe un término para describir la atracción romántica o sexual hacia personas que han cometido delitos graves o hechos violentos, se llama hibristofilia.
La hibristofilia es un fenómeno psicológico complejo y aunque no aparece como diagnóstico formal en manuales clínicos, sí se utiliza en la literatura psicológica y criminológica para describir este patrón de comportamiento. En muchos casos se observa en personas que establecen vínculos afectivos con criminales condenados o que los defienden públicamente, incluso frente a evidencias contundentes de su violencia.
El fenómeno ha aparecido con frecuencia en casos de asesinos seriales. Durante el juicio de Ted Bundy a finales de los años 70, por ejemplo, docenas de mujeres asistían a las audiencias para verlo y le enviaban cartas de admiración a la cárcel. Algo similar ocurrió con Jeffrey Dahmer o con los Lyle y Erik Menendez, cuyas historias han generado comunidades de seguidores y defensores en internet.
En muchos de estos casos aparece un elemento común, la percepción de que el criminal es carismático, atractivo o incomprendido. Esa combinación de fascinación y negación del peligro es precisamente lo que la psicología intenta explicar.
Atracción hacia el agresor
La psicoterapeuta Nancy Becerra, psicoterapeuta con perspectiva de Género y cofundadora de la Fundación Sergio Urrego, señala que la hibristofilia no suele tener una causa única. Desde su perspectiva, el fenómeno debe entenderse integrando varios enfoques, entre ellos el sistémico, el conductual y el neuropsicológico, porque intervienen factores personales, culturales y biológicos.
En primer lugar aparece el aprendizaje social. Según explica, muchas personas han sido expuestas a narrativas donde la violencia se asocia simbólicamente con poder o dominación. Con el tiempo, esas asociaciones pueden convertirse en estímulos que despiertan interés o curiosidad.
También influye la forma en que el cerebro responde a ciertas señales sociales. Becerra explica que, “desde la neurociencia social, se sabe que variables como el riesgo, la jerarquía o la dominancia activan circuitos de dopamina vinculados con el sistema de recompensa”.
En ese contexto aparece lo que algunos investigadores describen como “carisma oscuro”. La violencia, la transgresión de normas o la capacidad de intimidar pueden percibirse erróneamente como señales de fuerza, hipermasculinidad o invulnerabilidad. El problema es que el cerebro puede confundir esa intensidad con deseo.
La terapeuta señala que otra explicación importante proviene de los estudios de género. Durante mucho tiempo, a muchas mujeres se les ha enseñado a desempeñar un rol de cuidado emocional dentro de las relaciones. Esa socialización puede traducirse en una tendencia a comprender o intentar reparar a personas con conductas destructivas.
En ese punto aparece el mito del “hombre que puede ser salvado”. La idea de que el amor o la comprensión de una pareja pueden transformar a alguien peligroso es una narrativa muy presente en historias románticas y culturales.
Según Becerra, esta fantasía puede llevar a minimizar conductas violentas o a justificar comportamientos abusivos. Frases como “yo soy la única que puede cambiarlo” o “nadie lo entiende como yo” suelen aparecer en este tipo de dinámicas.
La especialista también distingue entre fascinación y vínculo real. Consumir historias de criminales o sentir curiosidad por ellas puede tener un componente narrativo o simbólico. El problema aparece cuando esa fascinación se convierte en relación directa con personas violentas.
Una idea clave desde la neuropsicología relacional es que “el cerebro humano puede confundir intensidad con amor. Pero las relaciones saludables no se caracterizan por intensidad extrema, sino por seguridad, previsibilidad y respeto mutuo”, señala Becerra.
Dimensión social
Mientras tanto, la socióloga Mariana Castro propone mirar el fenómeno desde un ángulo diferente. Aunque aclara que la hibristofilia es una patología de la salud mental, su campo se centra en analizar los factores sociales que rodean esa fascinación.
Según explica, no todos los criminales se construyen de la misma manera dentro del imaginario colectivo. Existe una diferencia notable entre cómo se percibe a personas empobrecidas que cometen delitos menores y cómo se narran los crímenes de ciertos asesinos seriales.
En algunos casos, figuras como Bundy o Dahmer son presentadas en la cultura popular como hombres perturbados pero también inteligentes, manipuladores brillantes o incluso carismáticos. Esa representación produce una especie de glamorización de la violencia.
Castro señala que muchas personas con rasgos psicopáticos desarrollan habilidades sociales superficiales muy eficaces. Ese carisma funciona como una herramienta, ya que permite generar confianza y evitar sospechas durante largos períodos.
También interviene un factor cultural más amplio relacionado con los modelos de masculinidad. Dentro de ciertos imaginarios sociales, la dominación, la crueldad o el control pueden percibirse como atributos de poder masculino.
Desde esa perspectiva, la hibristofilia puede entenderse como el extremo patológico de una lógica cultural previa. La atracción hacia hombres dominantes o agresivos, que en algunos contextos se presenta como señal de masculinidad, puede escalar hasta convertirse en fascinación por figuras violentas.
El papel del cine y la televisión
El cine y la televisión también influyen en la construcción cultural de estas figuras. El crítico de cine Christian Ramírez explica que las historias suelen resultar más atractivas cuando el antagonista tiene una personalidad compleja. Explorar la mente del agresor o mostrar su vida privada permite construir narrativas más profundas y cautivadoras.
Algo similar observa el crítico de series Rodrigo Munizaga. Cuando un villano aparece como alguien amable, inteligente o con una vida aparentemente normal, el público se involucra más con la historia. Esa humanización puede generar curiosidad e incluso cierta empatía hacia el personaje.
El problema aparece cuando la violencia se vuelve parte del espectáculo. Actores atractivos, narrativas dramáticas y retratos psicológicos complejos pueden transformar a criminales reales en figuras casi pop.
En ese cruce entre cultura, ficción y morbo, la hibristofilia encuentra un terreno fértil. La fascinación por el peligro puede parecer intrigante cuando se observa a distancia, como ocurre en las historias de ficción o en los relatos mediáticos. Sin embargo, cuando esa fascinación se transforma en vínculo real con personas violentas, la narrativa cambia por completo. Entonces deja de parecer un thriller y se convierte en una relación marcada por el riesgo y el daño emocional.
¿Le ha pasado que viendo un documental o una película de crimen, el protagonista le parece extrañamente atractivo a pesar de lo que hizo? Los leemos en los comentarios
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