Publicidad

Síndrome de Marilyn Monroe: la necesidad de agradar y el costo de vivir para otros

Vivir en función del mundo puede erosionar nuestra identidad real.

Sigue a El Espectador en Discover: los temas que te gustan, directo y al instante.
Redacción Bienestar
14 de enero de 2026 - 01:00 a. m.
Además de querer agradar, la persona siente que, sin validación externa, su identidad se desmorona.
Además de querer agradar, la persona siente que, sin validación externa, su identidad se desmorona.
Foto: getty images
Resume e infórmame rápido

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

0:00

/

0:00

Marilyn Monroe: el rostro, la cabellera y el alma del cine en la década de 1950. Y se preguntarán por qué este síndrome lleva el nombre de la recordada actriz y modelo estadounidense.

En distintos acercamientos y relatos biográficos se ha señalado que Marilyn Monroe encarnó, llevándolo al extremo, ese límite desdibujado entre lo que somos, lo que queremos y lo que esperan los demás. Detrás de sí misma, de lo que todos veían como un ícono deseado y admirado, existía una mujer que había atravesado una infancia más que traumática. De allí que las consecuencias se hicieran visibles en distintas de sus relaciones afectivas —inestables— y ese anhelo de sentirse acompañada. En ella jamás cesó ese deseo involuntario de querer agradar.

Entonces, ¿por qué no siempre alcanza con ser aprobado o admirado? ¿Qué hay detrás de la necesidad de ser querido todo el tiempo? Así lo explica este síndrome.


Interpretar un papel para ser amado

Monroe pasó por largos procesos de terapia psicológica y de psicoanálisis, y a lo largo de su vida se le atribuyeron múltiples diagnósticos como depresión y borderline (es decir, trastorno límite de la personalidad); diagnósticos que siguieron vigentes incluso tras su muerte. Y, más allá de los términos clínicos que pudiéramos explicar, lo que aparece de forma reiterada es un sufrimiento a nivel psíquico.

Podemos pensar en este síndrome como un Jenga, el juego de mesa que la mayoría conoce: se va armando pieza por pieza, pero una de las más importantes, la base, es inventarse un personaje para poder sobrevivir. En el caso de la actriz, era ese rol de mujer ingenua, siempre luminosa, siempre deseable. Además de ser una decisión artística enlazada con algunos de sus personajes, también era una exigencia del entorno que la rodeaba. Porque esa imagen era la que realmente vendía, la que generaba atención y la que le garantizó, por mucho tiempo, un lugar en la industria.

“Aunque la propia Marilyn intentó crear su propia productora (Marilyn Monroe Productions), tal osadía le fue duramente recriminada y considerada como un desafío a las industrias del cine. Así que rendida, volvió dócilmente a su papel de mujer ingenua”, explica Valeria Sabater en El síndrome de Marilyn Monroe, publicado en La mente es maravillosa.

Este es un patrón que aparece con mayor frecuencia en quienes, sean hombres o mujeres, se esfuerzan por mostrarse impecables —en lo físico, en lo profesional, en lo social o lo emocional— aun cuando internamente no se sienten conformes y lidian con inseguridades, vacíos o una sensación persistente de no ser suficientes.


¿Por qué vivir de la aprobación ajena?

Como lo mencionábamos, este síndrome suele desarrollarse en contextos en donde la apariencia, el éxito y la aceptación funcionan como una moneda de cambio. Cuando una persona siente que es evaluada o siempre calificada por su cuerpo, su atractivo físico (que puede llegar a convertirse en hipersexualización), o su desempeño en ciertas áreas, comienza a vivir bajo una autoexigencia que luego le es incontrolable.

Si hablamos del síndrome de Marilyn Monroe no estamos haciendo referencia a un diagnóstico médico “real”, sino a una forma específica de malestar psicológico que ha sido descrita desde hace varios años y que se asocia, sobre todo, a personas cuya identidad termina construyéndose alrededor de la mirada del otro: la aprobación, el deseo o el reconocimiento social se convierten en su motor de vida.

El problema radica, en realidad, en que ese personaje deja de ser una máscara y se convierte en la única forma posible de ser aceptado. Pero la admiración, aunque parece reconfortante, no reemplaza el reconocimiento genuino ni la tranquilidad.


La necesidad de agradar y cumplir expectativas es muy común en los seres humanos debido a nuestra dimensión social: ¿y quiénes somos cuando dejamos de interpretar el papel que los demás esperan? ¿Qué nos queda?

Pasa más de lo que creemos, pero ser deseados, admirados o exitosos no siempre compensa esa sensación de vacío. Vivir en función del mundo puede erosionar nuestra identidad real.

Abordar estos síntomas en terapia nos invita a mirar hacia adentro: a revisar la forma en que nos tratamos, trabajar la autoaceptación y la autocompasión, entender de dónde vienen la baja autoestima, la dismorfia corporal u otros malestares asociados, y —con acompañamiento— empezar a encontrar la raíz de esas carencias. Y así, evitar que el personaje consuma a la persona.


🌿✨🧘‍♀️ Entérese de otras noticias sobre Bienestar en El Espectador.

Por Redacción Bienestar

Temas recomendados:

 

Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación
Este portal es propiedad de Comunican S.A. y utiliza cookies. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso, de acuerdo con esta  política.