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13 mil años atrás

Un estudio sobre la genética de los primeros pobladores de Bogotá, realizado por la Universidad Nacional, reveló que los hombres que habitaban las cavernas de los cerros orientales tenían prácticas sexuales tan diversas como las actuales.

María Camila Peña

01 de noviembre de 2008 - 05:00 p. m.
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Los intensos fríos que resultaron de la última glaciación del planeta componían el ambiente de lo que hoy es conocido como la sabana de Bogotá. Criaturas de tamaños incalculables, que con cada paso hacían retumbar la tierra de las cuevas habitaban los hombres en los bosques de niebla. Entre los resguardos rocosos de los cerros orientales vivían los pobladores primitivos. Era la época de los mamuts, los toros gigantes, los mastodontes y los peces de aspecto aterrador, como el capitán, que vivían en la inmensa laguna que 13 mil años después sería una extensa urbe con ocho millones de habitantes.

Hasta la sabana de Bogotá habían llegado numeroso grupos de hombres de estatura baja: 1,55 m, cuerpo robusto, piel cobriza y cabellos oscuros, que se dedicaban a la lucha contra las criaturas gigantes y que recorrían los sectores de Chía y Cota en busca de semillas y bayas. Las buenas condiciones del clima de la Sabana y la abundante provisión de alimentos y agua de estas tierras habían hecho que los pobladores provenientes de Asia, que habían aprovechado el congelamiento de la tierra para atravesar el Estrecho de Bering hasta Suramérica, se establecieran de manera indefinida.

“Las faenas de caza eran verdaderas guerras cuerpo a cuerpo por conseguir un bocado de carne. Sin más protección que una afilada flecha de piedra, estos pequeños hombres se enfrentaban valientemente a criaturas gigantescas. Las múltiples fisuras óseas que se encuentran en los restos dejan ver que era común que estos hombres murieran en plena batalla”, relata Javier Darío Burgos, investigador del Instituto de Estudios Ambientales de la Universidad Nacional, uno de los cinco investigadores que desde 1992 se han dedicado a analizar el ADN de los cuerpos de los primeros habitantes de la sabana de Bogotá. Este estudio recibió este año un apoyo de 500 millones de pesos por parte de Colciencias.

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En ese entonces, los hombres no tenían dioses ni mucho menos grupos familiares establecidos ni tampoco conocimientos tecnificados sobre el trabajo de la tierra. Fabricaban utensilios de piedra y vestían pieles que tomaban de los animales que cazaban para complementar su dieta. Vivían hasta los 30 años. A esa edad se convertían en ancianos y morían de enfermedades que les resultaban indescifrables.

Una de las más comunes era la sífilis, una infección de transmisión sexual que iba invadiendo, lentamente, cada uno de los rincones del cuerpo de estos hombres y mujeres cazadores, hasta que los llevaba a la muerte. Las infecciones eran tan


severas que 13 mil años después sus restos aún conservan las marcas de este mal incontrolable. Este es uno de los más recientes descubrimientos de la investigación.

“Para esa época cada mujer tenía en promedio siete hombres a su disposición, porque los grupos eran predominantemente masculinos. Quizá esta fue la razón que llevó a que se dieran relaciones homosexuales y con animales, que pudieron haber sido la causa de la aparición de sífilis en los primeros habitantes de Bogotá”, dice Burgos.

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Según el biólogo, es posible que estos cazadores tuvieran prácticas sexuales tan diversas como las actuales. El descubrimiento desmiente la tesis de que la sífilis había sido traída a América por los españoles. Las investigaciones concluyeron que la sabana de Bogotá ha estado habitada de forma continua durante los últimos 13 mil años. “Mediante el seguimiento de la línea genética materna de cada individuo pudimos establecer que estos primeros pobladores son nuestros ancestros directos, que de ellos evolucionaron los posteriores miembros de la cultura Herrera, que años después fueron conocidos como los chibchas”.

Para los investigadores del estudio sobre la genética poblacional de Bogotá, uno de los mayores objetivos es poder calcular cuándo llegó el habitante más antiguo y cómo los patrones de cambio climático han afectado a estas culturas.

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 Después de 16 años de análisis, Burgos asegura que los fenómenos ambientales actuales del calentamiento de la Tierra no acabarán con la especie humana, como los pronostican varias teorías científicas y religiosas. “Si los habitantes más antiguos, que eran más pequeños y contaban con menos tecnología, no desaparecieron, a pesar de las fuertes oleadas de deshielos, nosotros tampoco”, dice el científico.

Actualmente, el mundo se encuentra en un período de interglaciación —tiempo entre una glaciación y otra—. Es posible que Bogotá vuelva a convertirse en una extensa laguna, que aparezcan nuevas criaturas y que el clima, al igual que en la era de los mamuts, cambie en proporciones desmedidas. Es posible.

Por María Camila Peña

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