Bogotá es hogar de cerca de 400.000 víctimas, entre ellas más de 78.000 niños y niñas, una población que enfrenta secuelas emocionales y brechas sociales que pueden prolongarse por generaciones. En entrevista con El Espectador, Isabelita Mercado, consejera de Paz y Víctimas del Distrito, explicó el enfoque de este año, el panorama actual de la ciudad y las estrategias que se están implementando para atender, integrar y construir memoria desde la mirada de los niños y niñas.
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¿Cuál es la visión que tienen en la conmemoración del 9 de abril este año?
El 9 de abril es un día muy importante, no solamente para la ciudad, sino para el país. Es el Día Nacional por la Memoria y la Solidaridad con las Víctimas del Conflicto Armado y cada año ha tenido una temática especial. El primer año lo concentramos en la necesidad de tejer entre todos un futuro para no olvidar a las víctimas. Al final, los ejercicios de reconciliación, inclusión e integración tienen que ser entre todos; no es un ejercicio exclusivo de las víctimas o de la institucionalidad, sino que requiere del esfuerzo colectivo.
Este año decidimos concentrarnos en los niños y las niñas. Cuando ellos viven hechos del conflicto armado, se genera un desarraigo y una ruptura con sus raíces, especialmente en casos de desplazamiento. Además, hay estudios que muestran que el trauma no se acaba con la generación que lo vive, sino que se hereda.
¿Cuál es el contexto actual de Bogotá en términos de víctimas del conflicto?
Bogotá es la ciudad que más víctimas ha recibido históricamente en el país. Actualmente viven cerca de 400.000 víctimas del conflicto armado y cada año llegan entre 20.000 y 30.000 más. El año pasado fue atípico: en el primer semestre hubo un aumento del 30% debido al recrudecimiento del conflicto, especialmente por el desplazamiento masivo en el Catatumbo.
¿Por qué la ciudad es centro de llegada de víctimas?
Bogotá sigue siendo un destino por varias razones: oportunidades, un sistema de atención humanitaria robusto, posibilidades de empleo y reconstrucción de proyectos de vida. Cerca del 70% de las víctimas que llegan deciden quedarse.
Sin embargo, mientras el conflicto se mantenga, seguirán llegando más víctimas. Tras el acuerdo de paz hubo una disminución entre 2016 y 2018, pero luego ha habido un aumento progresivo.
¿Cuántos niños y niñas víctimas hay en Bogotá y cuáles son sus principales afectaciones?
Hay cerca de 78.000 niños y niñas víctimas en la ciudad. También necesitamos que los niños construyan memoria. Ellos vivieron el conflicto: fueron desplazados, secuestrados, torturados. Esa es una memoria a la que no se le ha dado suficiente atención y que tiene mucho que enseñarnos para la no repetición.
¿Cómo es la atención a las niñas y niños víctimas en Bogotá?
La atención es un esfuerzo conjunto del Distrito. La Secretaría de Educación garantiza acceso y permanencia en el colegio, con alimentación y transporte. La Secretaría de Integración Social tiene el programa Atrapa Sueños, que trabaja en rehabilitación emocional y reparación simbólica.
Desde la Consejería tenemos dos momentos clave: la llegada a la ciudad, donde entregamos el kit psicosocial, y luego la integración local en territorios con alta presencia de víctimas, promoviendo proyectos de cohesión social y entornos seguros.
¿En qué localidades se concentra esta población?
Principalmente en Ciudad Bolívar, seguida de Suba, Bosa, Kennedy y Usme.
¿De que otras formas sufren los niños y niñas la violencia?
La Universidad de los Andes presentó un estudio comparando familias desplazadas y no desplazadas, donde se evidenció que el trauma persiste incluso en generaciones que no vivieron directamente el conflicto. Esto genera brechas en habilidades socioemocionales, desarrollo, bienestar y salud mental.
¿Cómo se garantizan los derechos de la niñez víctima del conflicto?
Si no atendemos a esa niñez, será muy difícil hablar de igualdad de oportunidades en el futuro. Desde el Distrito hemos fortalecido la atención: acceso a educación, transporte, alimentación, jardines infantiles y comedores comunitarios. Además, creamos un kit de estabilización psicosocial para niños desplazados, que busca fortalecer la regulación emocional, reconectar a las familias y brindar herramientas para identificar señales de alerta y rutas de atención.
¿Qué contienen los kits y cómo se entregan?
Los kits son para niños recién llegados. Bogotá tiene un sistema de ayuda humanitaria que garantiza alojamiento y alimentación. Sin embargo, identificamos que esto era insuficiente. Por eso hicimos varios cambios: aumentamos las ayudas económicas que no se actualizaban desde 2016, entregamos tarjetas de transporte con 50 pasajes para facilitar la movilidad y comenzamos a caracterizar socioeconómicamente a las víctimas para conectarlas con empleo.
En ese proceso vimos que los niños estaban quedando rezagados. El kit busca dar herramientas a los padres para manejar emociones como ansiedad, miedo o angustia. Incluye juegos, cartillas, información y un peluche diseñado con niños, que sirve como medio para expresar lo que sienten. También incluye rutas de atención en salud mental e instituciones a las que pueden acudir.
¿Cómo es la situación educativa de estos niños?
De los cerca de 74.000 niños registrados, unos 55.000 están matriculados. Hacemos cruces de información y búsqueda activa para garantizar que todos accedan al sistema educativo. En los colegios, la integración suele ser positiva. Bogotá es una ciudad receptora y muchos estudiantes también provienen de otras regiones o países, lo que genera entornos de acogida más que de segregación. Sin embargo, existen protocolos para atender casos de matoneo.
¿Cómo participan en la construcción de memoria histórica?
Rescatar la memoria del conflicto a través de la niñez es primordial. Estamos presentando el libro Cuando los pájaros no cantaban, basada en testimonios del informe final de la Comisión de la Verdad, adaptados al lenguaje infantil para trabajar en colegios, bibliotecas y espacios pedagógicos. Recoge seis testimonios del informe de la Comisión de la Verdad. Muestran cómo los niños vivieron el conflicto: secuestro, tortura, desaparición y la exposición a la violencia contra sus familias.
¿Qué cuentan estas historias?
Hay historias como la de una niña secuestrada al bajarse del bus escolar para proteger a su hermana. También relatos que incorporan elementos culturales, como el “ave de malagüero”, que simboliza presagios en las regiones. La colección busca ser una herramienta pedagógica, ya que en Colombia hay pocas herramientas para hablar del conflicto con niños. Está dirigida a mayores de 8 años e incluye guías para docentes.
Se usará en colegios públicos, bibliotecas, servicios de integración social y se espera expandirla a colegios privados y universidades.
¿Qué retos enfrentan en la atención a víctimas?
El principal reto es que el conflicto no ha cesado, pero existe un agotamiento social frente al tema. Es cada vez más difícil sensibilizar sobre sus impactos. Además, el tema se polariza fácilmente. Mientras tanto, hay generaciones enteras afectadas por el trauma, no solo en términos de pobreza, sino de salud mental.
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