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Accidentalidad sobre ruedas

En el centro de monitoreo de tránsito de Paloquemao el intendente Jovani Ferrucho miraba con atención la pantalla de su computador. Los avisos de colores le mostraban cómo se estaba comportando el tránsito aquella noche.

María Camila Peña

10 de octubre de 2008 - 08:27 p. m.
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Eran las 10:00 p.m. y en total se habían presentado 55 choques simples, siete personas heridas y, según el sistema de alertas, dos patrullas se estaban desplazando a un nuevo punto de accidentalidad.

Los 13 agentes del centro de monitoreo estaban conectados a los 1.260 unidades de tránsito que esa noche estaban trabajando y no dejaban de recibir llamadas y de escuchar las órdenes del general Rodolfo Palomino, comandante de la Policía Metropolitana de Bogotá, quien se encontraba en guardia debido a los atentados que se habían presentado el día anterior, y que habían dejado como resultado cinco busetas quemadas. “Hay un incidente de espacio público en Corferias, necesito que una unidad lo conozca”, decía Palomino, refiriéndose a unos vehículos que estaban parqueados en zonas prohibidas.

Según el intendente Ferrucho, la noche iba en calma, pero temía que las lluvias y el pavimento resbaloso aumentaran el índice de accidentalidad. Los sectores más vigilados eran la avenida Primero de Mayo con Boyacá, la calle 80, Fontibón, el Siete de Agosto, la NQS, la carrera 70, la autopista Norte y la avenida Suba con 127.

En las calles los conductores eran sorprendidos por los puestos de control que verificaban su estado de embriaguez y la documentación de los vehículos. Esa noche terminarían inmovilizados en total 127 carros y motocicletas en los tres puestos de control.

En el retén de la avenida Primero de Mayo con Boyacá, los molestos conductores, a quienes una grúa contratada por la Secretaría de Movilidad se les había llevado su vehículo, se enfrentaban con los agentes de tránsito porque según ellos era una injusticia que con sólo tomarse una cerveza se pudiera catalogar a alguien como imposibilitado para conducir. Sin embargo, las pruebas decían lo contrario.

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Cada vez que un conductor era detenido debía bajarse del automóvil y entrar a una carpa de color naranja en donde debía suministrar sus datos personales, responder una encuesta de cuatro preguntas, soplar por una boquilla y esperar a que el alcoholímetro diera el veredicto final. Si el alcohol presente en el cuerpo era superior a 0,44 grados, el vehículo debía ser inmovilizado y el conductor sancionado dependiendo del caso.

En la celebración de los enamorados, en total se presentaron 89 choques simples, con 38 heridos, de los cuales solamente uno resultó hospitalizado y, para sorpresa de los agentes, quienes se habían preparado para asistir las irresponsabilidades de los conductores, nadie falleció aquella noche.

Por María Camila Peña

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