De no ser por la columna de fuego y humo de ocho metros, que se desató con el impacto, Jhon Fredy Guzmán habría podido salvar al menos tres vidas más. Alcanzó a auxiliar a por lo menos seis personas, quienes encontraron en sus brazos y en los de otros vendedores de tintos una ayuda milagrosa frente a una tragedia que pudo ser peor.
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Sobre las 5:45 de la mañana, un vehículo de carga, repleto de bolsas de leche, se quedó sin frenos y corrió vía abajo varios kilómetros, desde el puente de La Ruidosa hasta el peaje de Casablanca, en la vía que comunica a Zipaquirá con Ubaté. Una ráfaga de viento, que precedió el choque del camión contra la infraestructura del peaje, fue lo último que vio Jhon mientras recargaba sus dos termos de tinto.
Otra vendedora, que aún intenta procesar lo ocurrido, cuenta que el vehículo venía a tal velocidad que sacaba chispas y raspaba la parte inferior contra el pavimento. Minutos después, tras destruir por completo una de las casetas, el tractocamión arrolló una fila de vehículos —al menos 10, según los reportes preliminares— y terminó volcado sobre un costado de la carretera.
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“Todo ocurrió en cuestión de segundos”, agrega Jhon, quien, apenas vio lo ocurrido, se lanzó con un extintor a ayudar a la mayor cantidad de gente posible. La violencia del impacto desató una explosión y una bocanada de fuego que se propagó por nueve de los casi 50 carros que hacían fila para atravesar el peaje. Mientras Jhon corría los escasos metros que separaban su puesto de la zona del desastre, el fuego le ganó terreno al concreto y al cielo que apenas despuntaba.
Mientras apagaba focos de conflagración, logró sacar a tres miembros de una familia, atrapados en un vehículo azul, reducido a una compresa de hojalata. “Ella estaba inconsciente. El esposo estaba consciente. Tenían una niña como de 11 años y una gatica. Yo saqué a la niña, saqué al señor, pero la señora estaba atrapada”, relata. Pidió un extintor, llegaron más manos, arrastraron el carro varios metros y rompieron la puerta con una barra. Lograron sacarla.
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La victoria duró poco. A pocos metros, una camioneta Hilux ardía con tres personas a bordo. Jhon y otros campesinos de las veredas cercanas lograron rescatarlos. Pero los gritos no cesaban. Venían del otro lado de la cortina de fuego. Eran personas —y al menos una niña— que pedían ayuda. No pudieron llegar. La columna de fuego, de más de cinco metros, se los impidió.
Cinco horas después, hacia las 11:00 a. m., con al menos 22 heridos trasladados a hospitales de Zipaquirá, Cajicá y Bogotá, agentes de la Sijín seguían buscando entre los vestigios de los vehículos restos de cuerpos humanos. Encontraron, por desgracia, en uno de los carros más afectados, un Renault Logan negro que colisionó directamente con el cabezote del tractocamión, los cadáveres de cuatro personas, dos mujeres, una menor de edad, un hombre y un animal de compañía.
De ahí venían los gritos de ayuda que Jhon no logró socorrer. Ellos se sumaban al otro fallecido, quien, al parecer, se movilizaba en una motocicleta cuando el camión de leche impactó. “Los organismos de socorro llegaron 45 minutos después. Apagaron el fuego, pero el daño ya estaba hecho”, dice Jhon, mientras intenta procesar las imágenes del horror.
La emergencia la atendieron bomberos de Gachancipá y Tocancipá, y en la operación se sumaron 19 ambulancias: 3 de Élite, dos de Ubaté y dos del hospital de Cajicá, así como una de Tausa, de Sutatausa, de Nemocón, de la clínica San Luis de Cajicá, de Funcional de Zipaquirá, de Regional de Zipaquirá, de Continental y la de los bomberos Tocancipá, Zipaquirá, Cogua y Gachancipá,
Hipótesis del siniestro
Las primeras hipótesis apuntan a una pérdida de control del tractocamión tras quedarse sin frenos varios kilómetros antes del peaje. Según el teniente coronel, Justo Rivero, de la Policía de Tránsito, se investiga una posible impericia en la conducción, que habría derivado en la pérdida de maniobrabilidad del vehículo.
Por su parte, el alcalde de Cogua, Cristian Chávez, confirmó a El Espectador que el siniestro se reportó hacia las 5:50 a.m. y obligó a activar de inmediato los protocolos de gestión del riesgo a nivel municipal y departamental, con ambulancias de varios municipios y la articulación con la red hospitalaria.
Desde la Gobernación de Cundinamarca, el despliegue se centró en atender la emergencia y restablecer la movilidad en uno de los corredores más transitados durante el inicio de la Semana Santa, mientras avanzan las investigaciones para esclarecer las causas exactas del siniestro.
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El relato de las familias
Mientras las autoridades consolidaban cifras, las familias empezaban a reconstruir lo ocurrido desde los hospitales. Desde el hospital regional de Zipaquirá, César Chizao, familiar de uno de los sobrevivientes, relata que su hermano quedó atrapado entre dos vehículos cuando el camión impactó la fila. Él iba en el carro rojo e iba a pasar los días de Semana Santa en su pueblo natal de Boyacá.
“Me llamó a decirme: ‘Mi carro se está incendiando, mi esposa está atrapada’. Le tocó romper el vidrio para sacarla”, cuenta. Ambos sobrevivieron con ligeros golpes y fueron los primeros en recibir el alta. Para su familia, fue un milagro, teniendo en cuenta el estado en el que quedó el automotor.
En otro caso, Sandra Milena Castro, su esposo e hija iban de vacaciones a Santander, cuando fueron alcanzados por la tragedia. Según César Castro, hermano de Sandra, quien se encontraba a las afueras del hospital de Zipaquirá, la menor sufrió una laceración en el párpado, mientras su padre fue remitido a Bogotá con quemaduras en los brazos y problemas de visión. “Mi cuñado se quemó los brazos por sacar del carro en llamas a mi hermana y a la niña”.
Por desgracia, esta poca de Semana Santa suele ser uno de los picos más altos de siniestralidad vial en el país, incluido Cundinamarca. Para 2025, en el departamento murieron al menos 13 personas y 65 resultaron lesionadas, en medio del aumento de desplazamientos por carretera.
A nivel nacional, el panorama es más complejo: en ese mismo periodo se registraron 460 siniestros viales, 540 personas lesionadas y 128 fallecidas, cifra que sigue siendo alta, pese a una reducción frente al año 2024.
La noche cae sobre la sabana y los familiares aguardan ansiosos un nuevo parte médico de sus familiares. Por fortuna, se encuentran con vida, y atendidos en las mejores condiciones. Por el momento, además del seguimiento, solo queda resaltar la importancia de la prevención —mantenimiento mecánico, control de velocidad y conducción responsable—, ya que hacerlo puede marcar la diferencia entre un viaje seguro y una tragedia.
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