8 Jun 2020 - 3:36 p. m.

Adiós, General Sandúa

El pasado fin de semana, a sus 92 años, murió Aníbal Muñoz Valencia, conocido en las calles del centro de la capital como ‘General Sandúa’. Falleció solo, en su cama, por cuenta del COVID-19 y una afección urinaria. Así lo recuerdan quienes más lo quisieron.

Erick C. Duncan

Adiós, General Sandúa

La última vez que vi a Aníbal Muñoz, el General Sandúa, fue una mañana de abril del 2017 en la que el sol arrojaba tenues rayos de luz. Estaba sentado en el bordillo de sus últimos años y sus ojos se cerraban por el sueño. Me vio y me saludó con su sonrisa habitual. Aunque los encuentros habían sido pocos, recordaba mi nombre. Estuvimos charlando toda la tarde, conocí su historia y el lado b que todo relato de vida guarda en el lado oculto, como un misterio insondable.

El General Sandúa era un hombre menudo y chiquito con un corazón tan grande y noble que, a ratos, yo pensaba que no le cabía en el cuerpo y que, para compensar la estrechez de su pecho, botaba por la boca en pequeños pedacitos cada vez que tosía. Me contaba sus historias de cómo había defendido a los habitantes de calle, sus amigos, como él, muchas veces, con discursos y arengas que utilizaba para mediar ante cualquier atropello. "Aunque soy un hombre que ama al pueblo y quiere la paz, soy consciente de que todos los políticos, toditos, han intentado tenerme de su lado. Yo los acompañé a todos, pero al final siempre me fui con los que no se olvidaban de nosotros, los pobres. Un general de izquierda y del pueblo" me decía entre risas infantiles que se desvanecían en segundos. Era un hombre rodeado de afectos anónimos, de personajes tristes y corrientes que al finalizar su jornada se acercaban a preguntar ¿Cómo está mi viejo?

En el fondo de su noble corazón guardaba la esperanza de querer volver a su familia, a sus hermanos perdidos hacía años. También, es cierto, quería ser Santo. El Santo de la paz que desde su rinconcito de rezos y susurros nos ayudaría a terminar la guerra. “No necesitamos más Uribe Balas, este país ya ha echado mucha bala” decía con una mueca de risa.

En esa última tarde con el General Sandúa, cada vez más lejana en el tiempo, nos metimos a un restaurante destartalado a tomar sopa. Luego lo acompañé por las calles del centro y descubrí que quería invitarme una paleta, pero la tarde se difuminaba y él necesitaba llegar al hogar de paso para evitar pasar la noche en una banca inclemente del parque Santander. Se quejaba del cierre de hogares, del que había sido el suyo en los últimos meses, y del abandono a los que nunca tuvieron techo. Caminamos por la Jiménez y llegando a la 13 se paró y me señaló, con el índice como si apuntara al infinito, la inmensa imagen que habían hecho de él en la pared lateral de un edificio amarillo. Después caminamos, perdidos entre el ruido y la gente, los vendedores callejeros que sonreían al verlo pasar mientras recogían sus negocitos de las aceras. Sin darme cuenta, al rato, el General estaba tomando el bus que lo llevaría al hogar esa noche. Antes de subir, volteó a mirarme y soltó una sonrisa triste que hoy sigo viendo y que espero que el tiempo no se lleve. Me dijo adiós con la mano, dio media vuelta y subió con ligereza al bus mientras yo miraba y descubría, incrustadas en su pequeña espalda, unas alas inmensas. ¿Una visión atormentada viciada de nostalgia? Tal vez, o no.

Aunque la memoria todo lo trastoque y lo borre, a veces vuelvo a esa tarde de abril en el bordillo con el General. Le prometí escribir un perfil que nunca escribí, las palabras que convocaba eran inferiores a su retrato y por la mala suerte de que, al cabo de los días de haber empezado un borrador, me robaron la grabadora que atesoraba su voz y la fidelidad de sus peripecias. A pesar de ese olvido, vuelvo a verlo, sus ojos azules llenos de belleza y de mar, y una sonrisa de la que, estoy seguro, le volaban mariposas sin darse cuenta.

Tampoco dudo que sigue ahí, con su gorra de comandante y sus medallitas invisibles, sacando de una bolsita sus poemas a la paz mezclados con galleticas de soda para las palomas, que nunca dejaron de visitarlo.

Hoy le rindo todos mis tributos, General Sandúa. Un día, cuando la memoria me exceda y me pierda, le encenderé una velita a ese hombre inmenso y diminuto que hoy camina por otros senderos y que, como un Santo, orará bajito, como un susurro, por la paz que no alcanzó a ver.

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