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Afuera del ruedo

Sí señor, yo estuve ahí, lo vi todo, lo sufrí todo, porque ante el absurdo uno es impotente.

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Fernando Araújo Vélez
29 de enero de 2011 - 08:59 p. m.
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La situación, la tragedia diría yo, te agarra tan de repente que no puedes reaccionar, y cuando te das cuenta de lo que ocurrió ya es muy tarde. El señor estaba botado en el piso del ascensor, la puerta se cerraba y se tropezaba con su cuerpo sangrante y entonces volvía a abrirse. La gente gritaba. Las señoras gritaban. Todas, abogadas, ejecutivas, aseadoras, secretarias.

El toro, por fortuna, ya se había ido. Después de su gran faena pegó media vuelta, y como pudo, resbalón tras resbalón, salió a la calle. Por la noche me contaron que lo habían atrapado con unos lazos. Una corraleja en pleno centro de Bogotá. Al día siguiente se supo parte de la historia. Que al camión en el que iban varios toros de lidia se le había roto el eje por una piedra que voló de otro camión. Que los toros rompieron el cercado de tabletas y madera que los tenía presos y entre empujones y bramidos se desparramaron por el centro de la ciudad.

Yo oí el estruendo que llegaba de muy lejos y me asomé a la puerta del edificio, pero el estruendo se me vino encima. Un toro, los transeúntes, el pánico, algunas bromas, pitos, carreras. ¿La verdad?, yo creí que el animal iba a seguir de largo, pero no, de repente giró y subió las escaleras del banco, de tres en tres o en cuatro o en cinco. Entonces me escondí detrás de la puerta, aunque allí también habría podido ser alcanzado, ¿qué más podía hacer?

Cuando el toro atravesó por la entrada principal llevado por el miedo, diría yo, la aguja que señalaba los pisos del ascensor iba por el Dos. Y bajaba con la lentitud de esas viejas agujas. No me pregunte usted por qué la vi, no podría responderle. Son gestos que exceden lo racional. La vi, punto, tal vez porque los celadores no tenemos mucho que ver. Y vi al toro por detrás, sus patas desordenadas, el piso de mármol, el logo del Banco Ganadero en una esquina, la muchedumbre enloquecida, las puertas del ascensor que se abrieron, el señor vestido de corbata que nunca entendió nada, el toro que lo embistió, los aullidos, la muerte, la sangre, el dolor, el fin.

Por Fernando Araújo Vélez

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