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Agujas, ganchos y catarsis: el dolor como lenguaje artístico en Bogotá

Un colectivo freak en Bogotá explora el dolor no como castigo, sino como trance, elección y expresión artística. Acompañamos su última presentación.

Camilo Tovar Puentes

21 de febrero de 2026 - 07:06 p. m.
Alejandra es lectora voraz de literatura de terror. Para este show eligieron un performance basado en el Frankestein de Mary Shelley.
Foto: Nicolás Achury González
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“No hay nada más doloroso para el alma humana, después de que los sentimientos se han visto acelerados por una rápida sucesión de acontecimientos, que la calma mortal de la inactividad y la certeza de que nos privan tanto del miedo como de la esperanza”.

Frankenstein o el moderno Prometeo”, Mary Shelley.

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Es la primera vez que Alejandra Rodríguez se perforará el pecho. Esta noche le van a traspasar dos ganchos de 3 mm a centímetros de sus clavículas, así como varias agujas en su rostro. Las agujas son viejas conocidas, pero los ganchos son una novedad que la “hace feliz”, según cuenta. Todo forma parte de un performance que evocará al Frankestein de Mary Shelley. El show, que promete dejar a la concurrencia boquiabierta, se desarrollará así: ella encarnará a la criatura que vuelve a la vida, y Laura Peña (o Rosada), su dupla en estos espectáculos donde se difumina el límite entre placer y dolor, se pondrá bata y guantes para ser la doctora que experimenta con cadáveres.

Minutos antes, en la casa de Rosada, mientras se maquillan y afinan detalles de la presentación, preparan los “juguetes”. “Son ganchos especiales para suspensión. Toca pedirlos afuera, porque acá no se consiguen. Hoy la que se chuza es Aleja: en la cara serán 10 perforaciones con agujas hipodérmicas. Nos presentamos en un concierto de psychobilly, el escenario perfecto para hacer un ‘show freak’”, dice Rosada, mientras sube el volumen del parlante de su casa. Suena Iggy Pop.

Los ganchos de 3 milímetros se importan desde Estados Unidos o Europa; en el país no se consiguen. Para una suspensión corporal total, se necesitan, al menos, seis ganchos como estos.
Foto: Nicolás Achury González

Del rito ancestral a la contracultura

La modificación corporal —tatuajes, perforaciones, escarificaciones— ha acompañado a la humanidad durante milenios como marca de pertenencia, tránsito y sentido colectivo. Hallazgos como los más de 60 tatuajes de Ötzi, la momia neolítica encontrada en los Alpes, evidencian que intervenir el cuerpo no es una moda contemporánea, sino una forma temprana de lenguaje social. En distintas culturas, el dolor ritual validó el paso a la adultez, por ejemplo, y selló jerarquías o reforzó vínculos comunitarios.

En el siglo XX, esa dimensión simbólica encontró nuevas formas en la cultura urbana. Con el auge del rock y, especialmente, del punk en los años setenta, el cuerpo volvió a convertirse en territorio de disputa y expresión política: perforaciones visibles, estéticas transgresoras y gestos corporales funcionaron como rechazo al orden. Así, lo que antes fue rito y pertenencia colectiva mutó en afirmación individual manteniendo intacta una constante histórica: el cuerpo como espacio donde se inscriben sentido, identidad y conflicto.

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Laura Peña, o Rosada, es la dupla de Alejandra en los shows de play piercing. Se ha suspendido, al menos, ocho veces.
Foto: Nicolás Achury González

Rock y violencia

¿Pero por qué alguien quisiera atravesarse la piel con ganchos? Alejandra lo señala sin rodeos: antes de que la aguja atraviese la piel hay nervios, ansiedad, anticipación. Después el cuerpo se relaja. Para atravesar ese umbral piensa en experiencias más dolorosas. El ejercicio no es negar el dolor, sino ponerlo en perspectiva... domesticarlo. “Fui mamá. Maternar es hermoso, pero trae un dolor tremendo. Me acuerdo de ese dolor físico o de los emocionales que me han roto. Para muchos suena imposible, pero se puede transmutar ese dolor en otra cosa”.

Rosada tiene 28 años y lleva en su espalda los rastros de al menos ocho suspensiones corporales. Dice que perdió la cuenta. Para ella todo se resume en aceptación. “Cuando uno deja de huir del dolor y se asume como parte del proceso, ocurre casi una catarsis. Ese dolor se puede transformar en placer, emoción o en lo que cada quien decida”. Aunque para muchos estas acciones resultan perturbadoras, quienes las practican insisten en que hay técnica, preparación mental y una ética clara del cuidado.

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Alejandra, de 29 años, es lectora voraz de literatura de horror, aficionada al cine del género y encuentra en Frankenstein una metáfora precisa. El monstruo, dice, es una criatura hecha de dolor, pero también de deseo de vida. No se trata de una alegoría al sufrimiento, se trata de “problematizarlo”, de dejar de pensar que es algo que nunca nos llegará. Su vínculo con Rosada nació en otro territorio: el BDSM (término que abarca prácticas eróticas consensuadas como bondage, dominación, sumisión, sadismo y masoquismo).

Para el show, los ganchos de 3 milímetros se importan. En este performance se usaro dos ganchos y 10 agujas hipodérmicas que se atravesaron en el rostro de Alejandra Rodríguez, conocida artísticamente como Hiena Fire.
Foto: Nicolás Achury González

Ambas se conocieron a través del interés compartido por prácticas donde el dolor, el control y la confianza se entrelazan con toda una estética del placer. En especial las unió el shibari, una técnica japonesa de cuerdas que, históricamente, fue una forma de tortura y que hoy se resignifica como experiencia de restricción, disfrute y conexión entre quien ata y quien es atado o atada. Hoy conforman el colectivo Pain Collective.

Es viernes 13, el clima es cómplice, la bruma y la lluvia son el telón de fondo para el espectáculo que se avecina. Secta Colectiva, uno de los bares más concurridos del repertorio de lugares donde aún suena rock subterráneo en vivo, recibe a los habitantes más singulares de la noche capitalina. El cartel lo completan Los Tajos, Fantasmatik y Hell Dogs, grupos locales, que bien podrían aportar la banda sonora de una película serie B. Alcantarillas, monstruos, bailes entre vivos y muertos, ratas y otros elementos que conforman la densidad de la noche bogotana se evocan en sus repertorios.

Dolor en escena

Llega el momento, y la escena responde a la música. Cuando las agujas atraviesan la piel el público contiene la respiración, evita la mirada directa y sonríe para atenuar la confusión y el impuso de omitir escenarios de dolor. Las 10 perforaciones en el rostro de Alejandra se minimizan ante la contundencia visual que ofrecen los ganchos que atraviesan su pecho. Cuando el show transita a la etapa donde la criatura descrita por Shelley vuelve a la vida, tras una descarga eléctrica, el show finaliza con un beso entre la doctora y su creación, mientras sube la música y empieza un baile tétrico, que aleja cualquier atisbo de padecimiento.

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Alejandra es lectora voraz de literatura de terror. Para este show eligieron un performance basado en el Frankestein de Mary Shelley.
Foto: Nicolás Achury González

Los ganchos están atados a una soga que Rosada jala con firmeza. La piel de Alejandra se estira y en su rostro se adivina emoción. Sus pupilas dilatadas por el dolor sugieren más fuerza. Es entonces cuando Rosada les pasa el mando a los asistentes. Mientras Alejandra baila con las sogas atadas a los ganchos en su pecho, varios jalan tímidamente, impresionados por una piel que cede y no sangra, pero tras unos segundos la fuerza de cada jalón aleja el miedo inicial.

Al final, Alejandra se deja ir hacia atrás y su peso recae sobre una de las asistentes, quien responde al llamado impresionada. Pareciera que le doliera más que a Alejandra. Nadie aplaude de inmediato. El silencio se extiende durante el acto de “pulling” (jalar de los ganchos). “Me gusta que no se trata de un espectáculo para consumo rápido. Te obliga a mirar, a pensar, a ponerte en ese lugar, a preguntarte si harías algo así y cuál sería tu límite. Creo que la gente se lleva algo de ahí”, asegura Alejandra mientras le retiran las agujas de la cara. De fondo suena alguna banda de punk inglés.

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Para preparse, durante los minutos previos a las perforaciones, Alejandra reuerda viejos dolores físicos y heridas emocionales.
Foto: Nicolás Achury González

“Es normal. Todos le huimos al dolor, porque es señal de peligro, para asegurar nuestro bienestar. Por eso resulta impensable que alguien haga esto, porque se piensa que es atentar contra el cuerpo, pero hay algo más allá del impacto visual: un proceso mental, un trance y una búsqueda de estados desconocidos a los que puede llegar el cuerpo”, explica Rosada. Su expresión de fascinación muestra que pocas cosas la llenan tanto como explorar los límites del cuerpo.

Cuando las agujas salen y la piel vuelve lentamente a su forma, no queda sangre ni cicatriz visible. Queda otra cosa: un cansancio lúcido, una calma distinta. El cuerpo, intervenido por unas horas, recupera su silencio, pero no vuelve intacto: guarda memoria.

En esa noche bogotana el dolor no fue un fin ni un exceso, sino un lenguaje preciso. Una forma de decir, con la carne, aquello que no alcanza a decirse con palabras. Al final, el corolario lo pone Alejandra. Mientras le retiran los ganchos y las perforaciones faciales, con la sangre aún como vestigio, con una sonrisa rebosante, repite lo que parece ser un mantra “el sufrimiento es opcional”.

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