23 Apr 2021 - 3:00 p. m.

Al rescate del hijo adicto por las ollas de Bogotá

Relato de cómo una madre buscó a su hijo perdido hasta encontrarlo y rescatarlo del mundo de las drogas y los peligros de las ollas del centro de Bogotá. Es una de las muchas historias que evidencia que la intervención del Bronx solo destruyó cierta infraestructura, pero no acabó con la problemática de fondo.
A pesar de múltiples intervenciones, Samper Mendoza, Santa Fe, La Favorita, Cinco Huecos y Plaza España siguen operando como puntos de venta y consumo de drogas.
A pesar de múltiples intervenciones, Samper Mendoza, Santa Fe, La Favorita, Cinco Huecos y Plaza España siguen operando como puntos de venta y consumo de drogas.

Nancy Contreras es docente de primaria en una escuela del Distrito. Nos hicimos amigos cuando fui su profesor en un curso para ascender en el escalafón. Me buscó porque su hijo Jairo, de 16 años, se hizo adicto al bazuco y lleva tres meses sin volver a casa. “Soy madre soltera y Jairo es mi único hijo -me explicó llorando-. Cuando me percaté de su vicio lo llevé al psiquiatra y no le sirvió. Lo interné en un centro de rehabilitación carísimo, del cual se escapó y salió peor de ansioso”.

“Me robó dinero, joyas, libros. Lo último que se llevó, para cambiar por droga, fue mi computador portátil. Me dio mucha rabia y lo eché de la casa. Le dije que no quería verlo más y hasta cambié las guardas de la entrada. Pero ahora tengo un dolor en el alma horrible. Mi hijo no ha vuelto al barrio. Me dicen que lo han visto por el centro, como un ñero de la calle, que se mete a consumir en una olla del barrio Santa Fe”. Así comienza su relato.

Nancy supo que trabajé para habitantes de calle, que soy defensor de los derechos humanos y de quienes usan sustancias psicoactivas, y que frecuenté el Bronx y las ollas del centro. Con ese precedente, me pidió que le ayudara a encontrar a su hijo. Le advertí que los consumidores y expendedores de drogas ilícitas en las zonas de tolerancia son una sociedad aparte, prevenida, desconfiada y, por lo mismo, la incursión en sus territorios podía ser peligrosa. Pero eso no la persuadió. En cambio, fue tal su decisión que no pude negarme a su ruego y acepté acompañarla en la búsqueda de Jairo.

Nancy es inteligente, así que durante el viaje le conté sin remilgos lo que sé del mundo en el que nos íbamos a meter. San Victorino, desde la primera República, fue un cruce de caminos en donde confluían migrantes de todo el país. Por ahí llegaba furtivamente tabaco, café, caucho y animales selváticos. A mediados del siglo XX, la Estación de la Sábana vivió el auge de los ferrocarriles nacionales. Al lado estaban las terminales y empresas del transporte intermunicipal, por lo cual, toda la localidad de Los Mártires prosperó con características de puerto: mercado del contrabando, hostales baratos, zona de chicherías, juegos ilegales, cafetines y prostíbulos.

Todo lo prohibido se conseguía en Mártires. Allí tuvo fama una tienda de “pipo” (destilería hechiza que producía licor artesanal sin licencia.). Aún hoy se sabe que existen fábricas caseras de licor adulterado o falsificado. En 1970, los periódicos de la época, reseñaron decomisos de cargamentos de marihuana y allanamientos de lugares destinados a la venta y consumo de la hierba prohibida. Ella me escuchaba sin comentarios. Yo sabía que su mente convertía mi relato en imágenes del peligro que suponía debía estar corriendo su hijo.

En los años 80 el narcotráfico alimentó también el mercado nacional y la zona era perfecta para el narcomenudeo. Abundaban expendios de estupefacientes en Samper Mendoza, Santa Fe, La Favorita, Cinco Huecos, Plaza España y el sector al norte del barrio Santa Inés, conocido como El Cartucho, que sería el epicentro del narcomenudeo en Bogotá. En sus inicios, cada expendio podía ser la sede de un proveedor o sucursales satélite de un capo más grande. Unos y otros eran reconocidos como un “gancho”, que bautizaban con la marca que aparecía en las papeletas de droga o simplemente con el remoquete del capo (Manguera, Panadería, Gemelos, Chela, Campos, Conejo, El árabe, El Nohora, La Picasso...).

La policía no asumía estos ganchos como carteles de la droga, porque eran estructuras delictivas de carácter familiar, intermediarios abastecidos por las cocinas de cocaína y los cultivos de marihuana de los llanos orientales, el Eje Cafetero, Tolima y el Valle del Cauca. El mercado de la droga era escandaloso y descarado, porque intimidaba a los vecinos y compraba a la Policía, así que se veían, en horas estratégicas, colas de compradores tan largas como las de que en aquella época hacían para comprar leche.

“Ahora debe haber más ollas y más peligrosas”, comentó Nancy. Preferí no enfatizar en sus temores y continué contextualizado lo que ya estábamos viendo en el trayecto. Al principio del siglo, en la primera alcaldía de Enrique Peñalosa, la Policía intervino por la fuerza y desalojó El Cartucho. Tras eso se distinguieron bandas más organizadas y complejas, ya que incluían otros negocios ilícitos y delitos conexos (robo y compra de partes de autos, bandas de atracadores callejeros, reducidores, apartamenteros). El abrupto desalojo generó una diáspora que se reflejó en localidades como La Candelaria, Santa Fe y Los Mártires, con la presencia en andenes y parques de habitantes de calle consumiendo psicoactivos y el fortalecimiento de los expendios de droga con mayor tradición como lo fue “La L”, de la carrera 15, que los medios de comunicación llamarían el Bronx.

Nancy Contreras llevaba la foto ampliada de su hijo. La ponía en su pecho como el amuleto, que le garantizaba el éxito de la búsqueda. Le propuse empezar preguntando en el Idipron que, por ser la entidad que atiende a jóvenes habitantes de calle, podían orientarnos para una búsqueda más segura. De hecho, un funcionario nos pidió el número de la tarjeta de identidad de Jairo y lo encontró en la base de datos, con un ingreso a la Unidad “El Oasis”. Por la planilla de registro se sabe que fue recogido en la calle sexta, por lo que, suponen, ha de ser de los que se parchan entre el caño Comuneros.

Los del Idipron nos advirtieron que podía ser peligroso preguntarlo en ese lugar, pero Nancy estaba decidida a encontrar a su hijo, así que, sin dudarlo, partimos hacia el caño de la sexta. En la ruta, pasamos por el extinto Bronx, ahora proyectado como centro de emprendimiento para la economía naranja. Ella, tal vez para distraer su ansía, me pidió que le hablara de como era el Bronx antes del operativo, entonces le conté que en la década de los 80 ya era famosa la cuadra vecina de la iglesia del Voto Nacional y contigua al Batallón de reclutamiento. Le decían “La Ele”. Allí había ventas de cachivaches, cosas de segunda o robadas, habitaciones paga diario, restaurantes de comida barata y expendios de droga con fama de buena calidad.

En 2005, muchos de los desalojados del Cartucho llegaron a La Ele, entre ellos los capos de “ganchos” poderosos, como Manguera, Homero, América, Mosco y Morado. Por supuesto, el choque entre originales y advenedizos fue violento, hubo traiciones y balaceras, hasta que se ajustaron las cuentas y se impusieron los más fuertes. La Ele se convirtió en un emporio de negocios ilícitos, con una gran demanda de drogadictos de toda la ciudad, al colmo del hacinamiento. Varias paradojas se daban simultáneas: la cuadra más peligrosa del centro era a la vez la más segura para los drogadictos; las recias vendedoras de marihuana eran también abnegadas madres cabeza de familia, y el millonario negocio tenía como mejor cliente al estrato cero, a los habitantes de calle.

A esa altura de la charla, llegamos a la avenida Sexta por cuyo separador se pasa el mentado Caño Comuneros. Allí vimos varias personas que se guarecen en la parte del ducto techado por la carrera 30. Son desalojados del Bronx que encontraron allí refugio para su desamparo. Algunos son proveídos de droga por gancho Mosco y la venden entre ellos mismos. Nancy comentó que había visto en el telenoticiero un operativo del ESMAD y a una señora asegurando que, desde su apartamento en un octavo piso, los veía consumir bazuco día y noche. Me dijo con humor que una mejor solución sería “vendarle los ojos a la señora”.

Como nos lo advirtieron en Idipron, corríamos peligro si intentábamos buscar a Jairo en ese parche. De suerte vi salir del caño a un reciclador que conocía desde mis tiempos callejeros. Lo invitamos a una panadería, le enseñamos la foto y le ofrecimos dinero para que averiguara si Jairo permanecía entre el caño. “No, ese pelao no es de aquí, estoy seguro -afirmó-. Yo, a veces, campaneo, y trabajando en la seguridad y uno aprende a reconocer caras. Ese pelao no lo he visto por aquí”. La noticia le causó a Nancy doble sentimiento: de tranquilidad, porque su hijo no vivía en tan ignominioso lugar, y de tristeza, por no tener pistas de su paradero.

En un lote baldío, cerca a San Andresito, vimos una escena espeluznante. El celador de uno de los negocios vio que un joven habitante de calle defecaba en un rincón del baldío y soltó su perro para que lo atacará. La escena fue macabra, el perro enfurecido y el muchacho con los pantalones abajo intentado en vano esquivar los mordiscos.

Por insistencia de ella nos dirigimos hacia el Santa Fe. Por el camino vimos en La Estanzuela, en Plaza España, en Cinco Huecos y en La Favorita a mucha gente consumiendo y ventas clandestinas de droga en dos modalidades, vendedores a pie, que atienden a sus clientes furtivamente, y casas que expenden a puerta cerrada. Nancy se puso a llorar, le dolía ver a tantos jóvenes a la intemperie, desesperanzados, cautivos del vicio. Sabía que su hijo Jairo debía estar en iguales condiciones. La consolé abonándole la esperanza de que en el Santa Fe lo íbamos a encontrar.

Buscar al hijo de Nancy en las ollas del barrio Santa Fe también era arriesgado, pero ella iba tan ilusionada, tan decidida, que no fui capaz de disuadirla. En esta etapa del periplo fue ella quién habló. Me conto, con ideas atropelladas, lo que ha vivido y sentido durante los dos años que lleva su hijo Jairo consumiendo bazuco. Cree que la ausencia del padre podría ser causa del extravío del muchacho. También se culpa por permisiva y por no haberle ofrecido actividades agradables para su tiempo libre. Maldice la hora en que lo dejó jugar fútbol con los viciosos del barrio. Sufrió a solas su drama, evitando que parientes y vecinos recriminaran el modo de su maternidad o que discriminaran a Jairito. Peor la sensación de impotencia, ya que ni en la EPS, ni en ninguna parte la orientaron. La drogadicción es como un pecado o un karma, es vergonzante ser madre de un vicioso.

“Mi hijo es noble e inteligente. Mire que el año pasado, todas las tardes fumaba esa porquería y, sin embargo, terminó el noveno grado con buenas calificaciones. En las vacaciones se deschavetó. Empezó el grado décimo con problemas, faltó a clases dos semanas, ahora, con tres meses de ausencia, perdió el cupo”. Cuando llegamos a la avenida calle 19 dejó de hablar. En el separador había recicladores seleccionando el material que venderían en las bodegas de por ahí y fumándose sus cosos con otros “ñeros”, que departían al pie de los árboles. Por ese lado están los negocios de refrigeradores y los talleres de metal-mecánica que, a esa hora, últimos rayos del ocaso, cierran y dan paso a la vida festiva y licenciosa del barrio. Ya había trans y prostitutas exponiendo sus voluptuosidades.

Es un secreto a voces que en el Santa Fe un solo cartel domina el narcomenudeo. Por eso, luego del operativo del Bronx, al barrio llegaron clientes desalojados, pero no los ganchos. Nunca han permitido que entre la competencia. Expenden en cuatro ollas la tradicional “Panadería”, en la Favorita, que hace rato pasó a sus manos y en su propia zona atienden “Fortaleza”, “Campos” y “Carrilera”. Se rumora que también tienen ollas exclusivas en el sector de los bares. Las evidencias de que venden muchísimo son los papelitos blancos, rosados, azules y amarillos tirados en los andenes. Cientos de papeletas, envolturas de bazuco, veíamos al paso.

Súbito apareció y me saludó “Manotas”. Nos conocimos en el “Oasis”, nos hicimos buenos amigos y ahora estaba ahí como un envío providencial. Le enseñamos la fotografía de Jairo y su reacción fue una bendición. Sin dudarlo dijo: “¡Ah, el “Flaco”! A ese pelao lo encuentran, fijo, en Campos. Lo he visto campaneando en esa olla, haciendo puerta, sacando la basura, como sea ya es de los de la casa…”

A Nancy el corazón se le quería salir del pecho. Abordó a Manotas con preguntas de mamá: “¿Cómo está? ¿Muy flaco? ¿Lo han herido?”. Quería que fuéramos a buscarlo de una vez. Manotas y yo le explicamos que, por su atuendo, por su aspecto y por ser desconocida para los del ruedo, era muy peligroso su ingreso a la olla. Entraríamos solos “Manotas” y yo. A regañadientes, aceptó esperarnos en una cafetería.

La olla Campos es casi una tradición. Ubicada en la acera norte de la calle 20, existe desde 1985 con el nombre de quien la fundó para el jibareo. En su fachada todavía se conserva el balcón con ventanas de madera, vestigios de la arquitectura señorial que se dio en el esplendor del barrio, cuando el alcalde Fernando Mazuera construyó los puentes de la 26 en 1959. Hasta hace poco los consumidores la apreciaban, porque sus salones, aunque ruinosos, brindaban un relativo confort.

Ahora es una pocilga antrosa. La ventana y la puerta de acceso fueron lapidadas por la Policía durante el sellamiento que practicaron en varias ollas del país la semana en la que el presidente Duque decretó la prohibición de la dosis de aprovisionamiento. Ahora se entra por el boquete en la pared que abrieron los policías con un ariete. Un portero o campanero avisa las rondas de los “tombos” y autoriza los ingresos y salidas, según como esté la situación en la cuadra.

Me dieron entrada porque Manotas es cliente. Adentro, todo es a oscuras, se veía gente borrosa, alumbrados con luz de vela, sentados en el suelo metiendo su vicio en pipas. Los que tienen más plata se hacen acompañar de muchachas, que les consiguen los cigarrillos o lo que necesiten a cambio de que las traben y les regalen la “liga”. Para comprar había cola como de 30 personas, porque en ese momento se había agotado la mercancía. En algún lugar del barrio hay gente armando los baretos de marihuana, empacando las papeletas de bazuco, las bolsitas con perico y cripi, que son llevadas hasta la olla, preferiblemente, por mujeres allegadas a la empresa y que saben pasar desapercibidas.

Cuando llegaron las trabas se vivió en la casa una inquietud general. Los de seguridad tuvieron que poner orden. Ahí fue cuando vi a Jairo. Ayudaba a que la gente conservara la fila y a que atendieran primero a los de la casa, que se ganan monedas por comprar los encargos. Me salí de la fila, me acerqué a él y le dije en voz baja que su mamá estaba afuera esperándolo. Se puso nervioso. Manotas, entre tanto, compraba lo suyo en la taquilla, que es un agujero por el que se mete la mano con la plata. Con eso el comprador nunca le ve la cara al jibaro.

Íbamos a salir los tres, pero un tipo alto y calvo agarró a Jairo por el cuello.

- “Usted se queda, Flaco -dijo y lo arrastró por la fuerza-. Quise interceder, pero Manotas me tomó del brazo y me sacó de la olla”.

-”La embarró, hermano- me acusó Manotas-. Usted hizo visajes raros y la gente se mareó, deben estar creyendo que es un raya y al que se la van a cobrar será al Flaco”.

Ahora el nervioso era yo. ¿Cómo explicarle a Nancy lo sucedido? Ella ya estaba ahí, frente a la casa, esperándonos. Ciertamente nuestra presencia ahí era rara. Manotas lo entendió mejor que yo y se fue sin despedirse. Al poco rato vimos que botaron a Jairo por el boquete de acceso. Cayó en el suelo como un bojote. Nancy y yo corrimos a socorrerlo. Tenía moretones en los brazos, sangraba por la nariz y lloraba adolorido por la paliza. También con rabia.

Tomamos un taxi y lo llevamos a urgencias del Hospital San José. Jairo está viviendo otra vez con su mamá. Sé que trabaja en una panadería, porque la mamá le exigió que se pagara él mismo su vicio. Ella ya tolera su situación, con la condición que no consuma en los parques del barrio ni se lleve las cosas de la casa.

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