
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Para un caminante desprevenido, lo que viene pasando desde 2011 en un lote en el municipio de Zipaquirá puede ser un simple aprovechamiento forestal de eucaliptos. A simple vista no hay motivos para cuestionar que un día cualquiera el dueño de ese predio decidiera abrir camino con la motosierra para vender la madera de los árboles ya maduros.
Pero si el mismo caminante recorre el terreno con cuidado, se dará cuenta de que debajo de parte del que era un nutrido bosque de eucaliptos y que ahora es apenas un potrero con alguno rebrotes, está el domo salino: la estructura que tiene en su interior nada más y nada menos que la Catedral de Sal y la Mina Salinas de Zipaquirá.
Los efectos que podría tener la tala en estos lugares emblemáticos son claros para los técnicos de la Agencia Nacional de Minería: sin árboles que absorban el agua, el suelo queda desprotegido y en estas condiciones se pueden generar grietas y erosión del terreno. En el peor de los casos esta situación generaría la filtración del agua dentro de la roca salina. Todo un riesgo si se tiene en cuenta la reacción de la sal con el agua dulce.
Eso explica por qué desde que cortaron los primeros árboles a finales de 2011, la empresa Colsalminas y el gerente de la Catedral de Sal intentaron por varios medios evitar la deforestación. Sus denuncias llegaron al Ministerio de Minas. Desde ahí se canalizaron hacia la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca (CAR) y el Instituto Colombiano Agropecuario (ICA). También al alcalde de Zipaquirá y a Diego Alejandro Cardona, quien figura como propietario del predio.
Pero la imagen del lote en este momento es la prueba de que no tuvieron suerte: aunque ya empezaron a brotar nuevos eucaliptos, el terreno, conocido como La Fábrica, es apenas un pastizal en el que todavía queda leña de los árboles que se fueron abajo. De las 37 hectáreas deforestadas, 3,7 están encima del domo salino.
Según el Plan de Ordenamiento Territorial (POT) de Zipaquirá, el terreno hace parte de una zona denominada Área de Cinturón Verde Suburbano-Concesión Salinas, que fue delimitada con el fin de mitigar los riesgos por la actividad minera. Aún así nadie pudo hacer nada para evitar la deforestación.
Desde que se hicieron las primeras denuncias y la solicitud para que se detuviera la tala, la CAR, el ICA y el alcalde han visitado la zona y han hecho sus propias indagaciones. Sin embargo, ninguno pudo ordenar la suspensión de la tala y a la hora de tomar decisiones y de hablar de responsabilidades, la pelota empieza a rodar de mano en mano. Todos coinciden en que el propietario cuenta con la autorización para el aprovechamiento y no está incurriendo en nada ilegal. Además, ninguno encontró razones de peso para suspender la tala.
Según el jefe provincial de la oficina de la CAR, Camilo Zambrano, IFI Concesión Salinas —que para le época tenía la concesión para la explotación de la mina— le solicitó a la CAR en 2005 un registro de plantación de árboles. Esa es la autorización legal con la que se defiende hoy el propietario.
En este momento, la competencia de lo que pase con la plantación es del ICA. Pero según César Padilla, funcionario del Instituto, no hay nada ilegal y si hubieran restricciones ambientales, es la CAR la que tiene que actuar.
A su turno, el alcalde de Zipaquirá, Marco Tulio Sánchez, manifiesta que el asunto se reduce a “una pelea entre privados y que son ellos los que deben llegar a un acuerdo”. Esas son las discusiones en las que se han mantenido desde que denunciaron la tala y en las que continúan, después de que ya no quedan árboles en pie.
Hasta ahora la tala no ha tenido impactos en el domo salino: “desde que se deforestó el lote, un ingeniero hace constantemente mediciones del lugar y no ha detectado ninguna falla”, dice Fernando Duarte, gerente de la Catedral de Sal. Además, la CAR señala que “afortunadamente el tipo de cultivo genera un rebrote inmediato que puede absorber el agua”. Sin embargo, el ingeniero Albeiro Osorio, de la Agencia Nacional de Minería, resalta que “no se puede esperar a que las cosas pasen para comprobar que hubo un riesgo”.
Osorio señala que en 1985 ocurrió un hundimiento a 200 metros de donde avanza la deforestación y tuvo que ser intervenido. “Es una evidencia de que sí pueden ocurrir este tipo de hundimientos en este yacimiento salino”.
En época navideña a la Catedral de Sal pueden entrar hasta 37 mil personas. En cuanto a la actividad minera, de acuerdo con información de Colsaminas, la mina es la segunda productora de sal refinada del país.
Con el terreno deforestado, parecería que queda poco por hacer, pero las preocupaciones de Colsalminas y del gerente de la Catedral de Sal tienen un elemento adicional: además de aprovechar los eucaliptos, una empresa privada está interesada en urbanizar la zona. Así lo demuestra una solicitud que recibió Ingeominas el 24 de mayo de 2012, por parte de Inverzipa S.A.S., solicitando información de los límites del domo salino. Según la solicitud, ya se estaban haciendo estudios y diseños para adelantar un desarrollo urbanístico en la zona.
El propio alcalde de Zipaquirá le dijo a El Espectador que aunque no ha recibido ninguna propuesta formal, sí se ha hablado del asunto.
Construir viviendas en la zona aledaña al domo salino no es muy recomendable. De acuerdo con Ingeominas, el terreno se encuentra en un “área de alto riesgo por presencia de riesgos antrópicos, asociados a la explotación minera de sal”. De manera que la amenaza no sería sólo para el domo salino, sino además para las viviendas y sus habitantes en el futuro por posibles movimiento del suelo.
Hasta 2009 el predio La Fábrica era del Instituto de Fomento Industrial IFI Concesión Salinas, (operador de la época). En 2010 fue vendido a señor Diego Cardona. Hoy nadie puede explicar por qué vendieron una zona que debía seguir siendo parte de la concesión, con el fin de preservar el domo salino. Lo cierto es que gracias al enredo de la venta, hoy el futuro del predio es incierto, así como es incierto lo que pueda pasar con un sitio tan emblemático como la Catedral de Sal. El Espectador intentó comunicarse con Diego Cardona, pero no obtuvo respuesta.
Es cierto que los pequeños eucaliptos siguen creciendo, pero ¿qué va a pasar cuando el propietario vuelva a deforestar o decida impulsar su idea de urbanizar? Tanto el gerente de la Catedral como Colsaminas esperan que para entonces las autoridades hayan tomado decisiones para evitar cualquier riesgo.