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Anarquista

Tal vez todo fue una venganza contra los Reyes Magos, porque ella les dejaba tres vasos con leche y galletas inglesas en la sala cada cinco de enero sobre la medianoche, pero al día siguiente, y al otro, sus dádivas amanecían intactas.

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Fernando Araújo Vélez
02 de abril de 2011 - 08:59 p. m.
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Así fue desde que cumplió 3 años hasta que llegó a los 7 y un primo le contó la gran verdad. A nadie le comentó nada. La humillación era mayor que el deseo por compartir su indignación. Quería saber si a los demás, a sus compañeros de escuela, por ejemplo, les sucedía algo similar. Sin embargo, soberbia, prefería cantar “que nadie sepa mi sufrir”. Diez años más tarde revelaría su secreto, entre risas y bromas, y escucharía a otras niñas de su edad contar sus iras y rabietas contra Dios o los Reyes pues jamás les llevaban lo que pedían en sus cartas, hubieran sido juiciosos, buenos, malos, regulares o pérfidos.

Fue por esos tiempos que decidió no entrar nunca más en un McDonalds ni tomar Coca-Cola. Sólo veía películas europeas, partidos de tenis y leía. Se clavaba cuchilladas con las biografías de María Antonieta y Sissi La Emperatriz, todas disímiles, contradictorias pero apasionantes, unas más humanas, trágicas; otras, idílicas. Un día la invitaron a Viena y casi que con alfombra roja la depositaron ante el Palacio de Sissi, Elizabeth de Bavaria, pero ella no quiso traspasar el portón. Se sentó en un banco a releer la historia de su asesinato a manos de un anarquista italiano, Luis Lucheni. Hacía muchos años ya que prefería las muertes  al engaño.

Por Fernando Araújo Vélez

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