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Antígonas en Colombia

A propósito de las muertes de jóvenes de Soacha y Bogotá, ocurridas en tierras de Norte de Santander y presentadas a la opinión pública como ejemplos de lo que se ha llamado falsos positivos, es necesario reiterar que los horrores de la confrontación y la degradación del conflicto en Colombia no deja de sorprendernos y que mucho se teme que el problema tenga dimensiones nacionales y se convierta en otro lugar común de la guerra.

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FERNANDO ESCOBAR*
30 de noviembre de 2008 - 10:00 p. m.
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En medio del sinsabor que deja esta terrible situación en la boca de los colombianos y del dolor de las familias que están involucradas en este trágico desenlace, se destaca el valor y compromiso de las madres, esposas, hijas y hermanas que han perdido a sus seres queridos y claman justicia de la estructura del Estado, definiendo responsables y sancionándolos; de los medios de comunicación, reivindicando la condición de víctimas de los jóvenes asesinados; y de los diferentes niveles del Gobierno en espera de obtener ayuda para el sostenimiento de las familias que han quedado sin el pan en la mesa.

Son las mujeres —madres, esposas, hermanas, hijas—  quienes asumen cada día con más vehemencia la lucha por los Derechos Humanos, reclamando el respeto de las garantías, la primacía de la justicia y el conocimiento de la verdad. Son ellas quienes no están dispuestas a permitir la impunidad. En un diálogo pregunté a una de las madres de Soacha si no tenía miedo y me contestó implacable: “Sí, pero yo era la mamá de mi bebé y tengo ese derecho y nadie me lo puede negar”.

Las palabras contundentes y valientes de esta madre, que no se inclina ante los violentos y desafía al miedo, recuerdan a la trágica Antígona de Sófocles, que no obedeció la orden del tirano Creonte, según la cual, su hermano muerto en guerra no podía ser objeto de honras fúnebres y su cadáver condenado a insepulto debía ser consumido por las aves y las bestias, en una infracción de las leyes divinas y eternas proclamadas entre los griegos.

La valerosa Antígona desconoció la orden con pleno conocimiento, sin vacilar frente a la amenaza de pagar con su vida semejante ofensa. Alegó su vínculo de sangre, la superioridad de las normas sacras frente a las profanas y el imperio del amor: “no he nacido para compartir el odio, sino el amor”, expresó antes de oír su sentencia. Igual que las madres, esposas, hermanas e hijas de muchos de nuestros muertos, las cuales en actos de lealtad y amor claman justicia por encima de los desvaríos de la ley, los legisladores y los jueces.

*Personero de Soacha

Por FERNANDO ESCOBAR*

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