Ayda Nova imagina futuros posibles. Si tuviera que elegir uno —asegura agarrando con gus gruesos guantes una “peña”, o roca estéril que se cuela en el carbón— es en el que se convirtió en docente de historia o ciencias sociales. Pero esa era una idea que a sus 18 años ya se difuminaba ante la realidad de crecer en una región en la que las oportunidades para las mujeres jóvenes de municipios como su natal Ubaté, pueden contarse con tres dedos de una mano. “Flores, minas o agricultura”, resume aún concentrada en limpiar el río de carbón que pasa por sus manos, en una banda automática.
Gánale la carrera a la desinformación NO TE QUEDES CON LAS GANAS DE LEER ESTE ARTÍCULO
¿Ya tienes una cuenta? Inicia sesión para continuar
Le puede interesar: Angie Alejandra Rodríguez y el rastro de violencia ligado al CAI Gaitana
Esta es la cruda realidad de la región minera del norte de Cundinamarca, una de las que más regalías obtiene por la extracción de carbón metalúrgico y, en especial, de municipios como Ubaté, donde gran parte de la población deriva su sustento de esta actividad. Es por esto que, pese a las recientes tragedias (la del 4 de mayo, en la mina La Trinidad en Sutatausa, y la del 9 de mayo, en Cucunubá, las cuales dejaron 13 mineros muertos), la vida debe seguir sin mayores sobresaltos.
Aunque el miedo es una sensación a la que se acostumbraron quienes se internan a más de 500 metros de profundidad en las montañas para extraer el mineral, la actividad se ha convertido en casi el único medio de sustento para muchos, incluso para las mujeres, las cuales aprovechan que en este negocio, sobre todo en las minas subterráneas, hay otras tareas afuera del socavón. Por ejemplo el “malacatero”, quien se encarga de la máquina (malacate), con poleas y cables, para subir y bajar el carbón. “El malacatero controla el movimiento del cable y coordina la entrada y salida del material desde el socavón. Es un cargo clave, porque cualquier error puede causar accidentes”, dice Ayda.
Le puede interesar: Abogado de la familia de Yulixa Toloza habla sobre lo que compromete a primeros implicados
También está el “patiero”, encargado del patio exterior de la mina a donde llega el material y se separa el carbón de las rocas o “peñas”; se organiza el mineral, y se alimentan las bandas transportadoras o tolvas. A esto se dedica Ayda, quien para cumplir su labor tiene un palo grueso, que hace de compuerta, para dejar pasar el mineral. En dos turnos, de 7:00 de la mañana al mediodía, y del mediodía a las 7:00 de la noche, los patieros y patieras limpian el carbón.
Aunque las mujeres también bajan al socavón y hacen de medidoras de gases, lo “normal” en muchas minas pequeñas es que ellas trabajen como patieras, como lo hace Ayda, quien empezó a laborar desde los 18 años, primero en una floristería y luego en minería, tras crecer prácticamente sola: “mi mamá murió cuando yo tenía tres años y mi papá se fue con otra mujer”, recuerda.
Ahora ve cómo las nuevas generaciones siguen mirando la mina como su única salida económica: su hijo mayor, cuenta, espera trabajar “otros cinco años”, ahorrar algo de dinero y luego huir del oficio. Pero para Ayda, paradójicamente, la mina fue su escape. Antes del socavón trabajó en cultivos de flores. “allá, por hora, te hacen amarrar 450 flores y si no lo logras te van bajando el puntaje”, lo que implicaba procesar siete flores por minuto, sin pausa. Frente a eso, separar rocas en la mina (ganando un mínimo) le resulta mejor opción.
Siga leyendo: Roles y escenarios de los primeros imputados por la muerte de Yulixa Toloza
Y ya ha pasado por al menos cinco mineras. “Perdí la cuenta”. Porque en la región no solo basta con trabajar para la misma minera durante muchos años; hay más opciones, cambios de funciones, terreno, cercanía, etcétera. “En Guachetá hay buen trabajo, algunas son mejores, otras simplemente iguales. El trabajo es el mismo: recoger peña”.
Hoy Ayda, para llegar puntual a su turno, se calza sus botas y llega atravesando las trochas embarradas en su motocicleta. De la misma manera, cada madrugada, decenas de hombres bajan al socavón, mientras las mujeres siguen clasificando el material. En esta región, donde el sustento depende de un oficio tan riesgoso como inevitable, el miedo rara vez alcanza para abandonar el trabajo. De ahí que ella no se inquiete con lo que ocurre en las minas, ni por sus riesgos. “Son accidentes y suceden todo el tiempo en este trabajo”. A sus 50 años asegura que todavía le faltan 800 semanas para pensionarse (casi 14 años cotizando), pero que seguirá “a ver si alcanza”.
Más de Bogotá: Yulixa Toloza: la mujer detrás del caso
Ese paisaje negro que Ayda clasifica todos los días no es menor. Ella es una de las miles de personas que sostienen el Distrito Minero Especial para la Diversificación Productiva, que reúne 153 títulos para extraer este mineral, que se concentran, en especial, en municipios como Lenguazaque, con 53 títulos, seguido de Cucunubá, con 35; Guachetá, con 16, y Samacá, con 15. En producción, Cucunubá encabeza el ranking con más de 1,6 millones de toneladas extraídas entre 2022 y el primer trimestre de 2025, seguido de Sutatausa, con cerca de 1,46 millones, y Lenguazaque con 1,36 millones. Aunque Ubaté no reporta títulos mineros, sí aporta gran parte del personal.
Mientras las tragedias vuelven a poner los ojos sobre la seguridad minera en Cundinamarca, en Ubaté la rutina no se detiene. “Para los de adentro es un riesgo, pero ¿qué pueden hacer? ¿En qué pueden trabajar?”, dice la patiera, para quien el carbón no solo es un mineral, sino una forma de vida y de sustento. Por eso, muchas familias de Ubaté no tienen opción. “Si se queda sin trabajo, pues grave. La plata hace falta”, dice y explica que incluso para quienes tienen estudios conseguir empleo es difícil y por eso “les toca ir a la mina”.
No deje de leer: “Los hijos de la fría”: rap y tornamesas tras los muros de la Cárcel Distrital
Ayda vuelve a levantar el palo de madera que funciona como compuerta improvisada. Entonces, sobre la banda inclinada de metal, las rocas negras empiezan a deslizarse como por un rodadero oscuro y brillante. Ella apenas las mira, las sigue separando con sus guantes. Con una naturalidad característica de los pobladores de la región habla de explosiones, accidentes y minas. En Ubaté, buena parte de la vida transcurre entre minas y el trabajo continúa incluso después de las tragedias.
Para conocer más noticias de la capital y Cundinamarca, visite la sección Bogotá de El Espectador.