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Bogotá, la ciudad con las llaves de la Casa de Nariño: así ha evolucionado su voto

Luego de tres décadas de giros ideológicos, definirá las presidenciales. Ante el colapso del centro, determinará si el país sigue el rumbo progresista o gira a la derecha.

Alexánder Marín Correa

12 de abril de 2026 - 11:00 a. m.
AME1781. BOGOTÁ (COLOMBIA), 08/03/2026.- Una mujer marca sus papeletas antes de votar este domingo, en Bogotá (Colombia). Los colegios electorales de Colombia abrieron para una jornada en la que se elegirá a los miembros del Senado y la Cámara de Representantes para el periodo 2026-2030. EFE/ Carlos Ortega
Foto: EFE - Carlos Ortega
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Bogotá es compleja, crítica y electoralmente difícil de encasillar. Y lo ha reflejado en las urnas, donde no ha existido la consistencia de otras regiones. Se han visto contradicciones tan marcadas como el triunfo arrasador de Álvaro Uribe Vélez en 2002 (le sacó casi 700.000 votos a Horacio Serpa) y al año siguiente la elección del líder sindical Lucho Garzón como alcalde.

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Pero hay algo en lo que parece existir consistencia: el candidato presidencial que gana en la capital se queda con las llaves de la Casa de Nariño. Salvo para Gustavo Rojas Pinilla en 1970 —quien denunció fraude en los comicios—, Noemí Sanín en 1998 y Gustavo Petro en 2018, la tendencia se ha mantenido desde 1930, lo que gradúa a la ciudad como plaza clave para cualquier campaña presidencial.

Y lo es no solo por concentrar al 15 % de los votantes del país y reportar un acelerado crecimiento del censo electoral (pasó de 3,1 millones en 1998 a 6,1 millones este año), sino por las particularidades de su electorado: la ciudad, al ser receptora de gente de todas las regiones, ha forjado una mixtura donde las mayorías imponen su opinión, a diferencia de otras regiones donde el voto puede estar mediado por estructuras clientelistas o la influencia de actores armados.

Bogotá: El termómetro electoral que define la Presidencia

Edna Carolina Camelo, docente de la U. Nacional de Colombia, explica que en Bogotá se impone la opinión, ligada a distintas variables como la formación política, el debate social, la organización comunitaria, etc. “Las tensiones sociales, su traducción comunitaria y la interrelación con las instituciones hacen que en la capital predomine el voto de opinión, atravesado por la emocionalidad, la vivencia diaria, las perspectivas de país y el acceso a otro tipo de informaciones y medios más allá de los hegemónicos, lo que permite contar con más herramientas para decidir libremente”.

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Y si bien es alta la abstención (casi 50 %), cuando hay escenarios de alta polarización, como las elecciones de 2018 y 2022, la gente cumple su cita con la democracia. Así lo resalta Patricia Muñoz, analista política y docente de la U. Javeriana, al considerar que Bogotá tiene la particularidad de reflejar el voto nacional con una característica de voto independiente que puede fluctuar entre extremos ideológicos.

“Es un electorado con altos niveles de formación y mayor participación cuando la competencia es alta y siente que su voto aporta a la definición”. Todo esto, resultado de una larga transformación en las últimas tres décadas, durante las cuales la ciudad pasó de ser feudo bipartidista a fortín de la derecha, luego ecosistema de voto útil y hoy bastión del progresismo.

Del bipartidismo al uribismo: La ruptura del sistema en la capital

La transformación se inició en 1994, cuando se estrenó la figura de la doble vuelta presidencial y de paso se dio el declive bipartidismo. Se midieron Ernesto Samper (Liberal) y Andrés Pastrana (Conservador) en una reñida contienda, marcada por las denuncias de financiación del narcotráfico. Al final ganó Samper gracias a sus maquinarias liberales, en las que Bogotá fue contrapeso a las hegemonías conservadoras regionales. No obstante, ese mismo año la ciudad mostró los primeros signos de hastío frente a esas maquinarias, al elegir a alguien fuera del sistema político como alcalde: Antanas Mockus.

Entonces se empezó a hablar de cultura ciudadana y el electorado a exigir resultados, a valorar la gestión técnica y la ética pública por encima de la lealtad partidista. En las elecciones presidenciales de 1998 se hizo más notoria esa visión cuando la mayoría de los bogotanos votó por Noemí Sanín, con Mockus como fórmula vicepresidencial. Pero su triunfo en 12 de las 20 localidades, aunque fue un campanazo, no le alcanzó para llegar a segunda vuelta. En ella se midieron Andrés Pastrana y Horacio Serpa. Con los ecos del 94, Pastrana recogió los votos de Sanín, ganó en la capital y se instaló en la Casa de Nariño.

Tras el fracaso del proceso de paz y el fortalecimiento de las Farc en la zona de despeje, los capitalinos ratificaron en las urnas que su voto era más de convicción que de maquinaria. Al entender la necesidad de seguridad que reclamaba el país, en las elecciones de 2002 y 2006 apostaron por Álvaro Uribe Vélez, quien ganó con contundencia en primera vuelta y se impuso en 17 de las 20 localidades. Sin embargo, para administrar la ciudad querían algo diferente y prefirieron administraciones enfocada en derechos civiles y política social, eligiendo en 2003 a Luis Eduardo Garzón (el primer alcalde de izquierda por voto popular) y en 2007 a Samuel Moreno, ambos candidatos del Polo.

El ascenso de la izquierda: De la Alcaldía de Petro a la Casa de Nariño

Pero para las elecciones de 2010 y 2014, el comportamiento de Bogotá fue el reflejo de una ciudad dividida entre el deseo de seguridad y estabilidad económica contra los que querían una salida negociada al conflicto, que se notó con la transición de Juan Manuel Santos en sus dos mandatos presidenciales. Si bien, en 2010 ganó su primera elección con el respaldo de Uribe, en 2014 logró su reelección con las banderas de la paz y el respaldo de la izquierda.

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En este tránsito, la figura de Gustavo Petro fue clave. No solo ganó la alcaldía en 2011 tras recoger los electores de una izquierda golpeada por los escándalos de corrupción, sino que hizo crecer ese capital político en torno a su figura.

En 2014, tal vez, la capital mostró la mayor independencia de su voto, al repartirse casi por igual entre los candidatos de izquierda, centro y derecha. En primera vuelta, Óscar Iván Zuluaga se impuso en la capital con 542 mil votos, seguido por Clara López con 500 mil. Santos fue tercero con 444 mil sufragios, pero el voto de las regiones lo llevó a segunda vuelta, donde conquistó el voto de izquierda, que garantizó su reelección.

Su victoria sobre Zuluaga se interpretó como un “voto castigo” al uribismo y un espaldarazo al proceso de paz, marcando el inicio del declive de la derecha en Bogotá y el fortalecimiento del progresismo, que se ratificó en 2018 cuando Gustavo Petro se impuso en primera y segunda vuelta. El uribismo tuvo que trabajar más en las regiones para ganar la presidencia. Esta es, tal vez, una de las pocas ocasiones en las que el ganador absoluto en la capital no es presidente.

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Finalmente, en 2022, todo el trabajo del progresismo rindió frutos. No solo fue la fuerza más votada del país en el Congreso, sino en las presidenciales. Duplicó la votación del uribismo y conquistó 15 de 20 localidades (como lo hizo Uribe en 2002). Petro ganó con suficiencia y se convirtió en el primer presidente de izquierda, tras décadas de transformación ideológica.

Voto de opinión y estratos: ¿Cómo vota el norte y el sur de Bogotá?

Detrás de este giro, hay una capa que viene creciendo: el voto de clase, apuntalado en la interpretación de la realidad más que en las ideas. Al menos es lo que sugiere el estudio “Votos y estratos”, del politólogo Yann Basset, que documenta cómo desde 2006 se viene profundizando la correlación entre la posición socioeconómica y la preferencia política.

Según el estudio, los estratos 1 y 2, con preocupaciones por inequidad, desempleo y hambre, así como los jóvenes entre 18 y 32, marcados por el activismo y las redes, tienden más a votar por la izquierda; los estratos medios, preocupados por la movilidad y el costo de vida, prefieren la centroizquierda, y finalmente los pensionados y estratos altos, preocupados por la seguridad, protección a la propiedad y el temor al cambio, lo hacen por la derecha.

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En la capital esta segmentación es hoy más notoria que hace 20 años, como lo dice el artículo “La votación de clase en las elecciones presidenciales 2006-2018”, que muestra cómo “en las elecciones presidenciales de 2018 creció el voto de clase, en comparación con otros comicios, probablemente por la polarización ideológica entre candidatos”.

Por ejemplo, mientras Iván Duque recibió una votación superior entre las clases altas, Gustavo Petro dominó la clase baja y los sectores juveniles. Esto se valida al analizar los resultados y los mapas de los comicios en los últimos años, que muestran cómo localidades como Usaquén y Chapinero, en el norte, representan el núcleo del voto de derecha. Allí cala con fuerza el discurso de estabilidad económica y mano firme.

En contraste, el sur, con localidades como Kennedy, Bosa, Ciudad Bolívar y Usme, es donde la izquierda y Petro han plantado su principal fortín. Allí triplica los votos de cualquier contendor. Sin embargo, hay una zona por conquistar: el occidente y el noroccidente, con localidades como Suba, Engativá y Fontibón, con un amplio volumen poblacional y alta mezcla de estratos. Por esto suelen ser los escenarios más reñidos, donde el voto útil para definir la segunda vuelta es clave.

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El futuro electoral: ¿Por qué Bogotá es el pulmón del progresismo?

Hoy Bogotá y Colombia están de cara a una nueva elección presidencial y los últimos resultados en los comicios legislativos revelan una realidad irrefutable: para la izquierda Bogotá es su pulmón electoral y sin él sería difícil repetir presidencia.

En el progresismo, de momento, hay tranquilidad. El Pacto Histórico obtuvo casi un millón de votos y su triunfo en 15 localidades afianza una tendencia que parece difícil de revertir este 31 de mayo. Sin embargo, la capital no es fácil de descifrar, en especial con un electorado en el que persiste la desconfianza institucional y que ha ratificado que su lealtad no pertenece a los partidos, sino a los relatos de transformación y a la gestión de las crisis urbanas.

Si bien el giro hacia el progresismo es resultado de un largo proceso, mientras un bloque de centroderecha siga en el norte así como la clase media oscilante de localidades como Suba y Engativá, la capital seguirá siendo un territorio por conquistar. “Esto demuestra que la participación ciudadana será crucial. El objetivo de la oposición al Pacto Histórico es tener claro que gran parte del posible éxito futuro está en revertir esa tendencia. En ese orden de ideas, Bogotá será definitiva en la escogencia del próximo presidente”, resalta el analista Bernardo Henao.

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Por eso, el éxito de cualquier proyecto presidencial dependerá de su habilidad para descifrar a una capital que exige simultáneamente orden técnico, justicia social y ética pública. Sin conquistar a Bogotá, el camino de cualquier candidato a la Casa de Nariño se hace más largo.

Para conocer más noticias de la capital y Cundinamarca, visite la sección Bogotá de El Espectador.

Por Alexánder Marín Correa

Periodista con experiencia en periodismo judicial, investigación, local y de datos. Actualmente editor de la sección Bogotá, del diario El Espectador y asociado de Consejo de Redacción (CdR), organización que promueve el periodismo de investigación en Colombia. @alexmarin55jamarin@elespectador.com
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