Bogotá produce el 26 % del PIB de Colombia y concentra casi 430.000 mipymes, responsables del 80 % del empleo en la ciudad. No obstante, el futuro de sus grandes apuestas depende de una relación fluida con el Gobierno nacional. Un ejemplo claro: sin el 70 % de cofinanciación de la Nación, hoy la primera línea del metro seguiría en el papel. Por eso, en las elecciones de este domingo no solo se definirá al nuevo inquilino de la Casa de Nariño, sino con quién (Iván Cepeda o Abelardo de la Espriella) se dará ese diálogo, clave para trazar el rumbo de la capital ante desafíos ligados a la voluntad del nivel central.
Gánale la carrera a la desinformación NO TE QUEDES CON LAS GANAS DE LEER ESTE ARTÍCULO
¿Ya tienes una cuenta? Inicia sesión para continuar
La discusión tampoco ocurrirá en abstracto. Durante los próximos dos años, el próximo presidente deberá relacionarse con una administración distrital encabezada por Carlos Fernando Galán, cuyo mandato se extenderá hasta finales de 2027. El resultado electoral definirá si Bogotá entra en una etapa de mayor coordinación institucional o si persisten las tensiones que marcaron buena parte de la relación entre la ciudad y el Gobierno saliente. En la práctica, esa dinámica influirá sobre la velocidad con que avanzan proyectos, se asignan recursos o se resuelven diferencias regulatorias entre la Nación y el Distrito.
Más información sobre Bogotá: Bogotá construye como nunca: el desafío sigue siendo terminar las grandes obras.
Llave de grandes proyectos
Si se analiza la relación del gobierno saliente con Bogotá, se evidencia que en público fue tirante en temas como los proyectos férreos, la protección de la sabana, las rutas de acceso a la ciudad y la seguridad. Sin embargo, fuera del foco del debate, se alcanzaron consensos, por lo que se esperaría una mejor dinámica en el próximo cuatrienio. Esto es fundamental, pues de ello depende el futuro de proyectos como la segunda y tercera línea del metro, el Regiotram del Norte, la ampliación de El Dorado, la PTAR Canoas y las ampliaciones de la Autopista Norte y de la calle 13, entre otros.
Aunque en todos ya existen compromisos institucionales, una de las tareas principales del próximo presidente, según María Carolina Castillo, directora ejecutiva de ProBogotá Región, será “crear las condiciones para hacerlas realidad”, garantizando los recursos, la estabilidad institucional y los mecanismos de financiación en medio de un escenario fiscal complejo para el país, lo que podría obligar a priorizar unas obras y pausar otras.
El desafío se vuelve aún más complejo por las restricciones fiscales que heredará el próximo gobierno. Tras los recortes aplicados al Presupuesto General de la Nación y la creciente presión del servicio de la deuda sobre las finanzas públicas, la competencia por los recursos será más intensa que en años anteriores. En ese contexto, proyectos como las futuras líneas del Metro, la PTAR Canoas o las grandes obras de movilidad regional dependerán no solo de la voluntad política, sino de la capacidad del Gobierno Nacional para priorizarlos dentro de un margen presupuestal cada vez más estrecho.
El Ejecutivo tiene las herramientas para marcar el ritmo, ya que influye en otro frente crítico: la celeridad de las decisiones regulatorias y ambientales. Los retrasos en estas áreas podrían frenar planes clave, tal como se alertó durante uno de los principales focos de tensión de los últimos años: la discusión sobre el desarrollo urbano de Bogotá y las determinantes ambientales de la Sabana, expedidas por el Ministerio de Ambiente.
Una vez entren en vigencia, su impacto sobre los proyectos de infraestructura será definitivo. Al respecto, el analista político Carlos Arias resalta que, si bien Bogotá tiene la capacidad para blindar varios de sus proyectos estratégicos, hay otros en los que simplemente no podría avanzar sin el concurso de la Nación.
El debate adquiere una dimensión mayor si se observa desde la escala regional. La discusión sobre las determinantes ambientales no solo afecta a Bogotá, sino también al futuro de la Región Metropolitana Bogotá-Cundinamarca, una figura llamada a coordinar el crecimiento urbano, la movilidad y la provisión de servicios para millones de habitantes. Dependiendo de la visión que llegue a la Casa de Nariño, el énfasis podría recaer en una protección más estricta de la sabana o en una mayor flexibilidad para ejecutar proyectos de infraestructura y conectividad regional.
Seguridad: frente sensible
Si existe un tema que resume la dependencia de Bogotá frente a la Casa de Nariño es la seguridad. La capital cuenta actualmente con 16.356 policías, es decir, 206 por cada 100.000 habitantes, cifra inferior a los 300 que sugiere el estándar internacional. El panorama real es aún más complejo: según Castillo, si se descuentan los turnos, las licencias y el personal asignado a especialidades, la disponibilidad efectiva se reduce a 130 agentes, lo que impacta directamente en la percepción y los índices de seguridad.
A esto se suman el déficit en inteligencia policial y militar, las deficiencias estratégicas para desmantelar organizaciones criminales y las dificultades para judicializar rápidamente a los detenidos debido a la insuficiencia de fiscales, jueces y unidades de reacción inmediata (URI), asuntos cuya solución está bajo la exclusiva competencia del Gobierno. “Hoy, a un delincuente capturado en Usaquén lo deben llevar a la URI de Paloquemao para legalizar su captura”, explicó el concejal Juan David Quintero. La pregunta para el próximo mandatario es: ¿tendrá Bogotá una estrategia de seguridad acorde con su tamaño y complejidad?
Dos visiones de ciudad
Las diferencias entre los proyectos políticos de Cepeda y De la Espriella permiten anticipar los matices de la relación con la capital. Algunos analistas consideran que la eventual continuidad del proyecto de Gustavo Petro, a través de Cepeda, mantendría el énfasis en la protección ambiental, el fortalecimiento de la economía popular, las políticas sociales y una mayor intervención estatal en asuntos como vivienda y ordenamiento territorial. Esto profundizaría el debate sobre temas que ya han marcado la agenda, como la expansión urbana, el uso del suelo y la prioridad de determinadas obras públicas.
Por el contrario, un gobierno de De la Espriella podría concentrarse en acelerar los proyectos estratégicos de infraestructura, fortalecer la seguridad y reducir las trabas regulatorias para la ejecución de obras. Arias sostiene que el candidato ha planteado la seguridad como eje central y mostraría más disposición para “destrabar proyectos” mediante decisiones relacionadas con licencias ambientales.
Estas discrepancias se reflejan con claridad en la forma en que los distintos sectores conciben las prioridades de la ciudad. Mientras sectores cercanos a Cepeda, representados por voces como la de la concejal del Pacto Histórico, Heidy Sánchez, consideran prioritario fortalecer la economía popular, ampliar las políticas dirigidas a mujeres y población LGBTIQ+, promover nuevas alternativas de acceso a la vivienda y consolidar la integración regional; otros actores, como el concejal Quintero, ponen el acento en el déficit de policías, la judicialización de delincuentes, la ejecución de obras de infraestructura y la competitividad económica.
La discusión también atraviesa la vivienda y el empleo. Las más de 430.000 mipymes que operan en Bogotá dependen en buena medida del dinamismo de sectores como la construcción, uno de los principales motores de la economía urbana. Las modificaciones recientes en los subsidios nacionales para vivienda y la desaceleración de la vivienda de interés social han impactado a una cadena productiva que involucra decenas de actividades económicas. La definición de una política de vivienda para las grandes ciudades será, por ello, una de las decisiones más relevantes que deberá adoptar el próximo Gobierno Nacional.
El próximo presidente llegará a interactuar con una ciudad que necesita con urgencia no solo atender sus problemas sociales, sino expandir su sistema de transporte, asegurar nuevas fuentes de agua, robustecer su sistema de justicia y responder a la creciente demanda de vivienda. Aunque Bogotá posee uno de los presupuestos más robustos del país, sigue dependiendo de decisiones que se toman fuera de sus límites administrativos. Por ello, las elecciones de 2026 serán, en gran medida, un plebiscito sobre el futuro de la capital.
Le puede interesar: Agua, suelo y expansión: el nuevo plan para redefinir el crecimiento de la sabana.
Para conocer más noticias de la capital y Cundinamarca, visite la sección Bogotá de El Espectador.