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Chorrillos: postales del abandono

Existe desde hace 60 años y aún sus habitantes no cuentan con agua potable. Algunos denuncian ‘ollas’ para la venta de drogas. Retrato del descuido estatal.

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Laura Ardila Arrieta
17 de octubre de 2009 - 10:00 p. m.
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Uno

Llevan el mismo nombre. El niño que corretea en el barro tirando de un triciclo roto se llama igual al perro vagabundo negro con gris que agoniza a un lado de la calle. Ángelo, y algunas veces han jugado juntos. El chiquillo tiene tres años, las mejillas rosadas y un cuerpo redondo. Calza botas de plástico, de las que se usan en invierno. Su tocayo es una bola grande de pelos que yace en el suelo indiferente, incluso, a la lluvia que hoy tiene a esta vía destapada más imposible que de costumbre.

Los dos representan el abandono en una triste postal: un cielo perverso color cemento, el agua que cae implacable sobre las estrechas casas de la calle marrón, el juguete al borde de la ruina, la sudadera sucia del niño, el tormento del perro. La escena está plagada de elementos que le confieren un aura especial de desventura, de miseria.

Es claro que Ángelo y Ángelo comparten más que un nombre. Comparten un mundo completo en un terreno de no más de 20 hectáreas en los extramuros de la capital, fundado hace 60 años en una antigua finca que hoy alberga a 700 familias y 350 niños.

La vereda Chorrillos queda aproximadamente a una hora de Bogotá y, sin embargo, bien podría asegurar que se ubica junto al pueblo más pobre de Colombia, o en otro planeta, o quizás en otro tiempo. Todo el supuesto progreso se desvanece de un tajo al pisar la primera de sus calles repletas de tierra, piedras y basuras.

Seguramente, si se enumeraran los males que padecen los caseríos olvidados de este país, se encontraría que en Chorrillos los resisten todos. Carecen de agua potable, de alcantarillado, de empleo, de salud, de autoridad, de un parque, de una biblioteca. El colegio más cercano lo encuentran en el municipio de Cota, a media hora en bus y a unas dos a pie, y ni pensar en un centro de salud. Aquí los médicos sólo existen en la imaginación.

Dos

Maribel Yaima tiene 25 años y es la mamá del pequeño Ángelo. Esa mañana, cuando despidió a su esposo que se iba al trabajo en una de las empresas floricultoras de la zona, cayó en la cuenta de que apenas le queda un litro de agua para tomar y cocinarles a sus tres hijos, de 3, 8 y 10 años, de aquí y hasta dentro de un día, cuando tenga derecho a ir nuevamente a llenar un balde con el líquido.

Así las cosas, Maribel no se preocupa mucho por el baño diario. Para eso, con paciencia espera que el agua llegue al aljibe de su calle —cada calle y algunas viviendas en Chorrillos tienen su depósito subterráneo— y la lluvia de estos días ha ayudado mucho.

Esta agua empozada, sin embargo, no es apta para el consumo. Si acaso es recomendable para limpiarse el cuerpo. El recuerdo de la fiebre de 39 grados que padeció Ángelo hace menos de dos meses, luego de tomar agua del estanque, hace desistir a la mujer de utilizarla para cocinar.

No hay remedio. La lugareña toma el recipiente blanco que alguna vez sirvió para envasar pintura y sale rumbo a los tanques de agua que hace ocho días donó a la comunidad la Alcaldía de Suba. La sigue Ángelo, quien ha dejado atrás al perro moribundo y ahora juega a picar piedras por el camino. María Clara Pérez, una psicóloga que nos acompaña y quien desde 2007 trabaja con los residentes de Chorrillos, comenta que el animal padece de leptospirosis, una enfermedad transmitida principalmente por excrementos de roedores. “¡Ah!, es que por aquí viven muchas ratas”, dice Maribel.

Frente a la llave del tanque, un candado. Justo al lado, un recordatorio: “El agua se entregará los días lunes, miércoles y viernes, de 6 a 7 de la noche”. Hoy es jueves y Maribel quiere cocinar papas, arroz y plátano.


Tres

La psicóloga María Clara Pérez creció en un colegio vecino a la vereda Chorrillos, así que no es gratuito que este haya sido el primer lugar que se le ocurrió para trabajar su tesis sobre una fundación de ayuda comunitaria. En las esquinas del pueblo nunca se ahorran un “¿cómo le va doctora?”. Después de todo, ella los escucha en momentos en que pocos se acercan. Los defiende con lo que puede. Ella ha luchado, sin ningún arma distinta a la palabra, por sus servicios públicos. Desde la línea de emergencias 123 hasta la Contraloría General. La mujer toca puertas y clama y exige, aunque hasta ahora nadie la ha atendido.

Hoy han sido doña María, doña Amparo, Maribel y don Pablo, el jardinero, quienes se han acercado a saludarla. Todos cargan encima el mismo discurso: “Se acaba el agua potable, falta el empleo, la violencia no da tregua”.

En las semanas más recientes, sin embargo, a todas las penurias se ha sumado una nueva queja. Instalaron en Chorrillos una ‘olla’ para vender drogas a los jóvenes de la zona y a otros de barrios de la localidad de Suba. Una casa desvencijada de ladrillos naranja, polvorienta, muy polvorienta, justo al lado de un potrero aparentemente abandonado.

La situación del poblado, dice, es de una tristeza para la cual no parece haber remedio a la vista. “Es una total paradoja que siendo un sector tan rico hídricamente no cuente con agua para tomar. Ahí no más tenemos el humedal La Conejera y más allá está Guaymaral… No es sino que pongas a sembrar aquí algo, cualquier cosa, y con seguridad verás la cosecha… ¡Ah!, y lo de las drogas, ¿qué más se puede esperar en medio de unas condiciones tan precarias? Si no se toman medidas esto se puede convertir en otro Cazucá”.

María Clara sentencia y toma aire: “Hace poco me llamaron a mi celular a decirme que si no sabía con quién me estaba metiendo acá en Chorrillos, y realmente no le veo problema a eso. No me intimidan. En todo caso, pienso que la responsabilidad es de la autoridad. ¿Crees que no es para que la Alcaldía hubiese hecho acá un colegio para campesinos, una biblioteca, un parque?”.

Bueno, al menos un alcantarillado, para que 700 familias dejen de verter sus aguas negras a las zanjas que bordean la vereda, atiborradas de desechos, miserias, malos olores, moscas y enfermedades.

Historia de contrastes

La vereda Chorrillos nació a fines de la década de los 40 en terrenos de la antigua hacienda La Conejera. Sus habitantes cuentan que ha sido durante los últimos diez años que, especialmente, se ha incrementado la población, que es mayormente campesina y se dedica a cultivar mazorcas, tomates de árbol, moras, fresas, papas, calabazas y arvejas. El poblado pertenece a la localidad de Suba y el único servicio público con el que cuenta es la luz, cuyos recibos de pago sin embargo no llegan directamente a los residentes. Paradójicamente, está rodeada de dos exclusivos clubes sociales y colegios de alto estrato. La zanja en la que se vierten las aguas negras es de dos kilómetros de largo y unos cinco metros de profundidad. La poca agua potable que les donan es administrada por la Junta de Acción Comunal.

Por Laura Ardila Arrieta

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