
En Bogotá, de los 89.000 vendedores caracterizados, 10.331 corresponden a puestos de comida que cocinan en el espacio público con pipetas o fogones.
Foto: Tomás Osorio, unidad de video
A simple vista, es un puesto callejero más: un carro metálico, con una parrilla encendida, al que llegan clientes por unas empanadas o algo rápido para comer. Debajo, casi oculto, está el corazón del negocio: una pipeta de gas de 40 libras, que se cambia cada ocho días.
Pero trabajar con una pipeta de gas en el espacio público es un riesgo. Si algo falla, una jornada cualquiera, puede convertirse en tragedia. Don Antonio lo sabe y por eso, antes de prender el fogón, repite siempre el mismo ritual: Toma un estropajo, lo moja con agua y jabón y...

Por Ana Rodríguez Novoa
Periodista y profesional en Opinión Pública desde 2021, formada en la Universidad del Rosario. Con especial interés en temas sociales y culturales de Bogotá. Ha trabajado en redacciones universitarias y proyectos editoriales, con experiencia en reportería y escritura narrativa. Actualmente hace parte del equipo de Bogotá en El Espectador.amrodriguez@elespectador.com
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