A simple vista, es un puesto callejero más: un carro metálico, con una parrilla encendida, al que llegan clientes por unas empanadas o algo rápido para comer. Debajo, casi oculto, está el corazón del negocio: una pipeta de gas de 40 libras, que se cambia cada ocho días.
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Pero trabajar con una pipeta de gas en el espacio público es un riesgo. Si algo falla, una jornada cualquiera, puede convertirse en tragedia. Don Antonio lo sabe y por eso, antes de prender el fogón, repite siempre el mismo ritual: Toma un estropajo, lo moja con agua y jabón y frota con cuidado el grifo y la válvula del cilindro. Se agacha, observa con atención y espera. “Si burbujea, ese cilindro no sirve”, explica.
No lo aprendió en una capacitación ni en un curso. Lo aprendió al ver las quemaduras profundas en el rostro y manos de otros vendedores, compañeros de oficio que, como él, salen a rebuscarse la vida todos los días cargando con un cilindro.
Don Antonio trabaja todos los días en el norte de Bogotá, desde las 8:00 a.m. hasta las 7:00 de la noche, según el clima. Al terminar la jornada guarda el carro en un parqueadero y, mientras cocina, permanece atento a todo: al olor, a la llama y, sobre todo, a la brisa. “A veces la brisa apaga el fogón sin que uno se dé cuenta. Ahí es donde viene el peligro: queda botando gas, se acumula y cuando alguien prende… ¡pum!. Se han quemado la cara por eso”.
Una válvula mal cerrada, una chispa, una llama que se apaga sin que nadie lo note. “La gente se confía. Piensa que no pasó nada, pero el gas quedó ahí”. A veces basta con no verificar bien el fogón para que, en cualquier momento, un chispazo termine siendo grave. “Yo lo he visto”, dice.
Para Don Antonio, cocinar en la calle es un ejercicio constante de vigilancia. Sabe que un error pequeño puede afectar, no solo a quien atiende el puesto, sino a cualquiera que pase cerca.
Miles de puestos, un riesgo cotidiano
La experiencia de este vendedor no es aislada. En Bogotá, según cifras de la Secretaría de Gobierno, 89.000 vendedores informales han sido caracterizados, y 10.331 corresponden a puestos de comida que cocinan en el espacio público con gas. Es decir, miles de personas trabajan a diario con cilindros expuestos al sol, al viento, a golpes accidentales y a espacios reducidos, muchas veces sin acompañamiento técnico permanente.
De acuerdo con el Instituto para la Economía Social (IPES), el uso inadecuado de pipetas de gas en la calle representa un riesgo latente de fugas, explosiones e incendios, especialmente cuando no se cumplen los estándares de seguridad establecidos en la Resolución 180196 de 2006.
Esta norma fija condiciones mínimas para el manejo seguro del gas licuado de petróleo (GLP): que los cilindros, válvulas y mangueras estén en buen estado; que los equipos se instalen correctamente; que no se expongan a golpes, caídas ni fuentes de calor, y que se realicen revisiones periódicas para detectar fugas.
También establece que los cilindros no deben manipularse sin conocimientos básicos de seguridad ni ubicarse en espacios cerrados o mal ventilados. Sin embargo, en la práctica, gran parte de los vendedores aprende a manejar estos riesgos por experiencia propia, recomendaciones entre colegas o después de presenciar accidentes ajenos.
Emergencias que sí ocurren
Los riesgos no son hipotéticos. El Cuerpo Oficial de Bomberos de Bogotá ha atendido en los últimos años emergencias relacionadas con cilindros de gas GLP en vía pública. Entre los casos reportados se encuentran:
- En 2025, en la calle 172A con carrera 45, un cilindro cayó accidentalmente y provocó un derrame de gas.
- En 2024, en la carrera 91 con calle 20A, un carro de comida ambulante sufrió la caída de una pipeta, lo que generó una llama abierta.
- En 2023, en la carrera 136A con calle 151B, se registró un derrame de gas tras la caída de un cilindro en un puesto de venta ambulante.
En varios de estos casos, el peligro se intensificó, porque el gas siguió saliendo después de que el fogón se apagara o porque alguien intentó encenderlo sin notar la fuga. La acumulación del gas y una chispa bastaron para provocar quemaduras y situaciones de alto riesgo para vendedores, peatones y residentes del sector.
Inspecciones, controles y una brecha persistente
Frente a este panorama, el Distrito ha intensificado las acciones de inspección, vigilancia y control. Durante 2025 se realizaron 13.079 acciones de este tipo, que derivaron en 1.792 suspensiones de actividades relacionadas con riesgos en el espacio público, entre ellos el manejo inadecuado de cilindros de gas.
Para quienes cocinan en la calle, sin embargo, estos operativos no siempre se traducen en mayor seguridad. “A uno casi siempre le piden los papeles y miran si puede estar aquí o no, pero nadie revisa el cilindro ni le explica cómo manejar el gas mejor. El gas lo aprende uno a manejar a las malas”, dice don Antonio entre risas.
Desde el Distrito explican que estos controles buscan reducir riesgos mayores y evitar emergencias que puedan afectar a vendedores, peatones y residentes. En paralelo a las inspecciones, el IPES ha venido fortaleciendo procesos de formación y acompañamiento dirigidos a la población vendedora.
Formación como apuesta de prevención
Durante 2025, el IPES otorgó 685 certificaciones laborales enfocadas en fortalecer habilidades prácticas para el trabajo. De ese total, 403 vendedores se capacitaron en manipulación de alimentos en nueve escenarios de seis localidades, con el objetivo de mejorar prácticas de higiene y manejo seguro.
También se ofrecieron formaciones en áreas como marketing digital, mantenimiento básico de computadores, sistemas, inglés, comportamiento emprendedor, mercadeo, comunicaciones y negocios digitales. A esto se suman talleres de habilidades blandas, comunicación, trabajo en equipo, manejo emocional y proyecto de vida, que beneficiaron directamente a 795 personas, entre vendedores informales y sus familias, en 14 localidades.
Durante este mismo año, el Instituto garantizó la operación de los Puntos Vive Digital de Veracruz y Kennedy; asumió la gestión del Centro de Innovación Gastronómico de la Plaza del 12 de Octubre y, en alianza con la Secretaría de Educación, acompañó la graduación de 38 bachilleres en modalidad flexible.
“Detrás de cada proceso de formación hay historias de esfuerzo y ganas de salir adelante. Nuestro compromiso es acompañar a los vendedores y vendedoras con herramientas reales que les permitan trabajar mejor, cuidar su entorno y abrir nuevas oportunidades para ellos y sus familias”, señaló Catalina Arciniegas, directora del IPES.
Un riesgo que sigue siendo individual
Aun con controles, formación y acompañamiento institucional, para muchos vendedores el riesgo sigue siendo personal. El sueño de Don Antoniovendedor no es grande ni abstracto. No habla de crecer, ni de expandirse, ni de volverse empresario. Habla de un local. Un espacio cerrado, fijo, donde el gas no esté a la intemperie y el miedo no se le pegue al cuerpo todos los días.
“Un almacén propio”, dice, como si eso bastara, para que el riesgo deje de ser cotidiano. Mientras ese anhelo llega, cada ocho días sigue destinando cerca de 100.000 pesos a la pipeta de 40 libras, que le permite trabajar. Es un gasto fijo, inevitable, que sale antes de cualquier ganancia. El gas cuesta, pero no tenerlo cuesta más. De eso depende lo que entra a la casa; lo que comen las cuatro personas que viven con él, y la posibilidad de no quedarse sin nada mañana.
Así, entre el miedo y la necesidad, cocina todos los días. Con cuidado, con rituales aprendidos a la fuerza y con la esperanza de que el gas no falle, porque en la calle, para miles de vendedores como él, el riesgo no es una opción: es parte del oficio. Y aun así, hay que prender el fogón.
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