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Con el uniforme siempre puesto

El general Rodolfo Palomino, uno de los protagonistas del reciente debate sobre la  inseguridad en la capital, habló con El Espectador sobre sus temores, su vida y sus más grandes amores: sus hijos y esposa.

Carolina Gutiérrez Torres

22 de agosto de 2008 - 07:09 p. m.
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El general Rodolfo Palomino llegó al portal norte de Transmilenio cuando Javier Andrés Pulido Díaz ya había fallecido era el 29 de diciembre del año pasado. El joven obrero, de 22 años, recibió una puñalada mortal en el pecho exactamente a las 4:51 p.m., mientras atravesaba el túnel de la estación. El verdugo escapó. Cuando el Comandante llegó al sitio la gente estaba enojada, le reclamaba por la falta de seguridad, por la ineficiencia del servicio de las ambulancias, y le exigían que el asesino fuera ajusticiado. En menos de un mes, el responsable, John Fredy Montaño, un sembrador de papa, sería capturado en la vereda Ventalaga de Zipaquirá. El mismo Director de la Policía Metropolitana viajaría hasta el lugar para arrestarlo.

“Era un reto personal contó Palomino. Lo hice yo mismo. Nos fuimos con el equipo investigativo de la Sijin a esa vereda, que queda a 45 minutos de Zipaquirá. Hicimos material la captura el 4 de enero a las 6 de la tarde”. Ese episodio quedaría marcado como el más oscuro de su historia en la Policía de Bogotá, por el enojo de la gente, por lo cruel del asesinato que comenzó con un insulto, porque no es posible que una persona muera dentro del sistema de transporte masivo de la capital.

Ese diciembre el general cumplía ocho meses dirigiendo la Metropolitana, el cargo que quiere desempeñar hasta la jubilación (antes había sido comandante de la Policía de Sucre y de Caldas). “No tengo otra aspiración distinta a seguir trabajando en la dirección de la Policía de Bogotá. Deseo terminar mi carrera aquí, ojalá no muy pronto”, dice con tono de satisfacción, casi dejando escapar una sonrisa, lo que pareciera imposible en ese hombre de aspecto estricto y rígido que da declaraciones públicas. Quizás el tema que sí lo hace reír, de felicidad, de amor desmedido, es hablar de sus tres hijos y de su esposa, Eva Ardila Castillo, una rubia de ojos claros, labios muy rojos y piel blanca que lo enamoró hace 26 años.

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El matrimonio

Se vieron por primera vez en Tuluá, en la oficina de un coronel donde Palomino, ya con el grado de subteniente, trabajaba como secretario privado. No tuvieron que pasar mucho tiempo juntos para embarcarse en una relación furtiva —ambos estaban comprometidos y a larga distancia porque ella vivía en Bucaramanga. Se escribieron muchas cartas de amor, se hicieron decenas de llamadas, se comprometieron también en la distancia y después de un año y cuatro meses, en los que sólo se vieron en 19 ocasiones, ella le propuso matrimonio.


“Respóndame sí o no, pero ya. No me haga esperar”, le advirtió ella tajante, decidida. Y él, siguiendo las instrucciones, dijo sí al instante. La ceremonia se celebró el 17 de diciembre de 1983. La boda se convirtió en el encuentro número 20 de los enamorados. “Él dice que la casada soy yo porque fui quien hizo la propuesta”, cuenta la señora Eva, en medio de risas.

De ese matrimonio nacieron tres hijos: Iván Andrés, Juan Sebastián y José David. Los tres, de 23, 20 y 16 años de edad, heredaron los ojos oscuros, la piel trigueña y las cejas negras de su padre. En cambio, la vocación de militar no continúo en la saga de los Palomino (el Comandante es oriundo de Bolívar, Santander).

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En el oficio

El 28 de mayo dos hombre ingresaron hasta el apartamento de la familia Pinto, en el norte de Bogotá, y secuestraron a Joel, un niño de 22 meses. Sólo pasarían 24 horas para que el pequeño fuera rescatado. Ésa se convertiría en la escena más feliz de la historia del general en Bogotá. “Joel se ha convertido para nosotros en el símbolo de la esperanza, de la alegría. Pocas veces una ciudad y un país se han unido en un propósito”.

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Hace unos días el niño cumplió dos años. En la Policía Metropolitana Joel sopló las velas y recibió una moto como regalo de los uniformados. No sonrío para los fotos, como tampoco lo hizo el día de su rescate, porque “él sí tiene mal genio”, dice el general, riéndose y haciendo referencia a un rumor de los periodistas según el cual Palomino tiene un temperamento airado. Él lo acepta y se excusa. “Tengo un afán de autoexigencia. Sufro cuando las cosas no salen bien, como yo quisiera. Cuando algo sale mal, no espero a que alguien me haga el cuestionamiento, el primero que se lo hace soy yo. ¿En qué fallamos?”.

Cuando habla de este tema cambia la sonrisa que le produce hablar de su amor por unos labios tensos, frunce las cejas, acelera el discurso y enumera de memoria uno a uno los episodios violentos que todavía lo atormentan: porqué no evité ese suicidio, por qué no logramos impedir esa violación, por qué no llegamos minutos antes de que esa madre arrojara a su bebé por la ventana, por qué no estuvo la Policía requisando adecuadamente a ese joven para impedir que matara a otro.

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Llevar el uniforme

Los sábados y domingos también tiene puesto el uniforme. Muchas mañanas, cuando sube a Monserrate trotando, también lo usa, y cuando toda la familia rodea la mesa para el almuerzo acostumbrado de los domingos sigue utilizando el uniforme. Esa obsesión, que es más bien amor por la institución y el trabajo, explica él, tiene una justificación: “Cuando me pongo de civil pienso que le estoy sustrayendo parte de mi tiempo a la obligación que tengo con la seguridad y la comunidad”. La respuesta tiene el mismo tono diplomático y riguroso que utiliza cuando habla de su labor.


El uniforme siempre está intacto: en el almuerzo, subiendo al cerro oriental, en un consejo de seguridad, después de una explosión, cuando un bus acaba de ser incinerado. Siempre el uniforme impecable, y siempre el Comandante Palomino de primero en llegar al lugar del atentado o del robo o del homicidio. El primero en dar la cara y decirle a los medios qué o quién fue el responsable de ese infortunado episodio.

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“Es una persona que tiene las manos encima de todos los hechos en la capital de la República. Está siempre vigilante. Le brinda la misma atención, inmediata y personalizada, a los casos grandes y a los pequeños”, dice la secretaria de Gobierno, Clara López. La misma que, según rumores que circularon estas últimas semanas de tantos debates por la seguridad, le llamó la atención en algún momento porque se apresuró a responsabilizar a lar Farc de un atentado en el norte de Bogotá. Hay quienes dicen que esa no fue la primera vez que le llamaron la atención sus jefes por el afán de revelar algún dato. Pero él afirma que cada vez que habla lo hace con plena seguridad. “Nunca he tenido que hacer una rectificación”.

En estas últimas semanas las jornadas han sido más largas y agotadoras. Llega a su casa pasadas las 11 de la noche. Sus hijos lo esperan. Algunas veces hablan de la rutina del día. Quizás el general les hizo algún comentario sobre la encrucijada entre el ministro de Defensa, Juan Manuel Santos, y el alcalde de Bogotá, Samuel Moreno Rojas, por los consejos de seguridad, o seguramente les contó que en las últimas semanas los concejales y congresistas los habían cuestionado duramente por la seguridad y por las 20 acciones terroristas que van en lo corrido del año (la última de ellas de gran impacto fue en dos almacenes de Carrefour). En su momento, el General respondió que las cifras de seguridad han mejorado, que este año los homicidios han disminuido en un 2%, las lesiones 38% y el hurto a residencias un 44%.

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Quizá, también, en los últimos días Palomino ha preferido guardar silencio sobre su trabajo y se ha dedicado a escuchar a sus hijos y a su esposa. Cualquiera de las dos escenas es probable, porque, como dice su hijo Iván,  “la casa es su refugio, su única  posibilidad de estar tranquilo. Cuando él quiere hablamos del trabajo, o si no, conversamos de cualquiera otra cosa”.

Lo que sí es seguro es que prefiere cocinar salmón y ensalada en su casa antes que comer en restaurantes; que su bigote (que conserva hace 20 años porque en su pueblo natal todos los hombres llevan uno tupido) sólo lo puede manipular él; que le gusta el deporte pero no es bueno para el fútbol; que desearía no tener que caminar con un escolta; que es fanático del arequipe y adora su uniforme, el mismo que lleva siempre limpio y pulcro.

Por Carolina Gutiérrez Torres

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