Una lluvia cristalina cae sobre el Aeropuerto Gustavo Artunduaga, en Florencia (Caquetá), “la puerta de oro” de la Amazonía colombiana. El reloj marca las 9:30 p.m. del 15 de mayo de 2026. Camilo Herrera, médico del Hospital Departamental María Inmaculada, llega con prisa, cargando un maletín de icopor que contiene tubos amarillos y lila. Son unas muestras que deben llegar cuanto antes a Bogotá. Es el último chance para enviarlas y determinar si hay compatibilidad para emprender una odisea única: trasladar un corazón, donado horas antes, 380 kilómetros hasta la capital, a menos de cuatro horas de ser extraído.
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El médico llega ágilmente hasta la puerta de embarque con logos de la aerolínea Clic. Allí recibe una llamada desde Bogotá, contesta y dice: “Estoy listo. Tengo las muestras. A quién se las entrego”. Del otro lado de la línea, la doctora Alejandra Martin, coordinadora de la Regional 1 de Donación y Trasplantes de la Secretaría de Salud de Bogotá, le responde: “Doctor, ya cerraron la puerta. Perdimos la oportunidad”.
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A la barranquillera Soled del Socorro Vizcaíno Bohórguez, de 57 años, la desahuciaron hace dos años. Hace 11 que residía en Sincelejo. Toda su vida trabajó en casas de familia y restaurantes para sacar a cuatro hijos adelante. Al encontrar un nuevo compañero de vida, dejó todo atrás. Su hijo Luis Fernando Vizcaíno, de 20 años, dice que todo estuvo bien hasta una operación por cálculos en la vesícula y una hernia umbilical. “Al mes de estar operada, empezó todo”.
Una noche de 2024, el dolor la despertó. “Todo fue nuevo. A medianoche nos tocó salir corriendo a la clínica. Los médicos no sabían qué tenía, porque decían: ‘eso es por la operación. Es muy reciente’”. Nadie sospechó un problema de corazón, hasta que le empezaron a hacer exámenes en una clínica más especializada de Sincelejo (Sucre). Un médico dio la noticia: ‘le detectamos un corazón muy grande; tiene un trombo, e insuficiencia cardíaca congestiva grave y derrame de líquido a los pulmones”. Al escuchar eso, dice Luis, se preguntó. “¿Qué pasó? Nosotros no veníamos por eso”. Pero los médicos tampoco tenían una explicación.
Comenzaron los tratamientos, pero a los 15 días a Soled le dio un infarto. La subieron a Cuidados Intensivos. Le hicieron un cateterismo y, poco a poco, comenzó a recuperarse. Le dieron salida, pero a la semana volvió a descompensarse. Mientras estaba en urgencias sufrió una parada cardíaca. “Quedó prácticamente en mis brazos. Ahí fue corrieron con ella hacia reanimación. Quedé en shock. Pensé: ‘Hasta aquí llegamos’”.
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Horas antes de que el doctor Herrera cruzara la puerta del aeropuerto, se habían concatenado una serie de sucesos: una familia aceptó donar los órganos de un paciente, lo que activó el cuidadoso proceso liderado en el país por la Red de Donación y Trasplantes de Colombia. “Hablar de donación siempre genera dolor, porque ocurre justo en el momento más difícil para cualquier humano: la pérdida de un ser querido”, dice la directora de la Regional 1 de la secretaría de Salud, que tiene a cargo Bogotá y 12 departamentos, para coordinar traslados y trasplantes, entre esos Caquetá, donde trabaja el doctor Herrera.
Aunque en Colombia existe la Ley 1805 de 2016, que establece que todos somos donantes si no se dejó en vida la expresa voluntad de no serlo, el país aun no cuenta con una reglamentación actualizada. “Llevamos trabajando con un decreto expedido en 2004”, dice Martin. Esto hace que los médicos deban asumir procesos individuales con las familias.
La ley dicta que, cuando una persona presenta condiciones médicas que podrían terminar en una “muerte encefálica” (única condición para ser donante) hay equipos dispuestos las 24 horas, para seguir los procesos clínicos, hablar con las familias y activar un eventual traslado. En medio de ese panorama, la Regional Bogotá recibe las llamadas relacionadas con los pacientes que ingresan a la ‘Ruta de Atención de Pacientes Neurocríticos’.
“Cuando llega un paciente en una institución de nuestra jurisdicción, tienen la obligación de alertarnos, para hacer seguimiento y determinar si eventualmente evoluciona a una muerte encefálica”. Todo esto convierte el proceso en un reto, porque se desarrolla en medio del dolor de una familia que acaba de perder a un ser querido. Por eso existe un componente emocional para el personal de salud.
Los médicos, enfermeras y demás profesionales sienten empatía por la familia. Fue el caso del doctor Herrera, quien luego del diagnóstico de un paciente en el hospital de Florencia, contactó a la familia para hacerles una pregunta difícil: si aceptaban que fuera donante. Y ese abordaje implica acompañar. Escuchar. Entender. Explicar. Volver a explicar. Luego esperar. Responder. Aceptar la negación. El dolor. Comprender la historia que existe detrás de cada familia. “Porque ninguna muerte ocurre aislada”.
En Florencia, por más dura que fue esa conversación, la familia aceptó y de inmediato se activó la red. La doctora Alejandra comenzó los preparativos en coordinación con la red de salud de Bogotá. Al tiempo que se evaluaba el traslado, se analizaban las listas de espera de los casos más urgentes y las compatibilidades para ser receptores. Todo se hizo en menos de una hora y la Fundación Cardio Infantil fue la que confirmó que una paciente cumplía las condiciones.
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Soled recuerda: “a los 18 años tuve una niña, pero la perdí. Nació con un soplo en el corazón y murió a los nueve meses”, lo dice como presagio de lo que sucedería años después, cuando le diagnosticaron su condición. Luis todavía se sorprende de que su madre no huiera muerto en aquella recaída, cuando la sostuvo moribunda en sus brazos. Para entonces, Luis, de 18 años, estaba tomando una difícil decisión personal.
Era el menor de los hermanos, con menos obligaciones, pero a punto de iniciar una carrera. “Antes de que comenzara su enfermedad, me había matriculado en la universidad, pero tuve que renunciar para centrarme en su cuidado”. En su momento, los médicos le dijeron que su estado era crítico y la trasladaron a la UCI. “Los intensivistas me dijeron que probablemente no pasaría la noche”.
Fue entonces cuando le explicaron a Luis que su mamá estaba en fase terminal. La insuficiencia cardíaca tiene cuatro niveles. En el nivel cuatro no existe tratamiento. “La única alternativa es un trasplante”, le decían. Entonces la remitieron a Montería. “Duramos meses hospitalizados”, dice como si él lo hubiese estado. “Pasamos Navidad y año nuevo encerrados en una UCI”.
Llegó un momento en el que ninguna institución de la Costa Caribe la aceptaba. Todas decían lo mismo: “No podemos hacer nada por ella. Agotamos todos los tratamientos”. Hasta que llegaron a Barranquilla, donde prácticamente la desahuciaron. Entonces él les preguntó: “¿Por qué no la envían al interior del país, donde hay más tecnología y más especialistas?”. Dice que al principio no querían hacerlo. “Pero cuando volvió a entrar en estado crítico decidieron trasladarla a Bogotá”.
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La aceptación de la familia de Florencia puso en relieve una realidad que Camilo Herrera entiende perfectamente: en su región ser coordinador operativo de donación implica enfrentarse a muchas barreras. Hay dificultades logísticas; limitaciones en los tiempos; problemas de transporte; retos en la comunicación entre instituciones, y limitaciones de recursos. Con estas condiciones, después del diagnóstico de muerte encefálica y la aceptación de la familia, todo se convierte en una carrera contra el tiempo.
Sumado a que nunca habían realizado un traslado desde este municipio, la doctora Alejandra siempre compara la donación con una carrera de relevos: una competencia en la que participan cuatro corredores. Cada uno tiene una responsabilidad específica y cada uno debe entregar correctamente la posta —el objeto o vara que entregan los corredores de relevos— al siguiente. “Generalmente, el último corredor es el más rápido”.
En una donación sucede lo mismo. Cuando aparece un caso como el de Florencia, el doctor Camilo Herrera recibe esa primera posta. Su responsabilidad consiste en cuidarla durante todo el tiempo necesario, para entregarla en perfectas condiciones. No puede caerse. No puede dañarse. No puede perderse.
Y esa primera “posta” eran las muestras infecciosas que había que enviar en unos tubos a la capital del país el mismo día de la aceptación de la familia, uno de los muchos pasos obligatorios en este proceso. Las posibilidades se reducían a una. Esa posibilidad implicaba también coordinarse con la aerolínea para buscar un pasajero “buen samaritano” que acepte llevar las muestras: en Colombia solo Avianca acepta llevar este tipo de biológicos. Alguien aceptó.
“Fue un gesto absolutamente desinteresado. Un verdadero héroe sin capa”, señala Alejandra. Todo quedó coordinado. Pero ocurrió algo que no estaba en sus planes: cuando finalmente avisaron quién sería la persona que transportaría las muestras, ya era tarde. El doctor se quedó sin poder entregar la primera posta de la ronda uno.
Entonces tomaron una decisión: despejarían algunas dudas con las pruebas infecciosas haciéndolas en Caquetá y enviarían un vuelo chárter al día siguiente. Ese vuelo no solamente transportaría al equipo extractor de órganos, sino también los tubos que hacían falta y el material necesario para el procedimiento. Mientras tanto, el doctor Camilo y el equipo de la Unidad de Cuidados Intensivos continuaban haciendo una labor extraordinaria: había que mantener estable al donante durante toda la noche. “Cuidar de cada célula”.
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“Nunca imaginé que un corazón pudiera dañarse de esa manera”, dice Soled al contar su llegada a Bogotá el 22 de mayo del 2025. “Cuando mi mamá llegó aquí, todo cambió”, dice Luis. Los especialistas lograron controlar mucho mejor su enfermedad. “Aun así, cada 15 días terminaba nuevamente en Cuidados Intensivos”.
Entonces comenzaron los estudios para un trasplante. Ese proceso duró aproximadamente un año, pero los especialistas dijeron que todavía podía esperar un poco más y la devolvieron. “Apenas llegamos a Sincelejo volvió a quedar hospitalizada. Llamé inmediatamente a los especialistas de la Fundación Cardio Infantil y volvieron a trasladarla a Bogotá”.
El doctor John Alexánder Ramírez, líder clínico del grupo de Falla Cardíaca y Trasplante Cardíaco de la Fundación, explica que existen tres escenarios principales: una falla cardíaca avanzada; arritmias graves con riesgo de muerte súbita, o una enfermedad coronaria sin posibilidad de tratamiento mediante cirugía o cateterismo. En el caso de Soled, fue una insuficiencia cardíaca progresiva, que agotó todas las alternativas terapéuticas.
Un mes y medio después de una cirugía, a las 11:00 de la noche del 15 de mayo, recibió una llamada. Nos dijeron: “apareció un corazón para su mamá”. La alegría fue inmensa. No volvieron a dormir. Se alistaron inmediatamente y llegaron a las 4:00 a.m. a la clínica, a pesar de haber sido citados s las 6:00 a.m.
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A primera hora de la mañana siguiente (16 de mayo) el avión charter que coordinó el equipo interno de la Cardio Infantil con la Secretaría despegó hacia Florencia. Sin embargo, apareció otro obstáculo. Las condiciones meteorológicas eran complejas. En Florencia estaba lloviendo y existía la posibilidad de que el aeropuerto cerrara sus operaciones. “Nosotros seguíamos cada actualización del clima prácticamente minuto a minuto. Había mucha incertidumbre”, dice la doctora Alejandra. “No sabíamos si el avión iba a poder aterrizar. Recuerdo perfectamente la tensión que se vivía. Todos estábamos pendientes del teléfono esperando noticias. Hasta que finalmente recibimos la confirmación. El avión había logrado aterrizar en una ventana muy corta de operación, antes de que las condiciones climáticas obligaran a suspender los vuelos”.
En cuanto el equipo llegó al hospital, comenzó inmediatamente la valoración presencial del donante. Aunque toda la información clínica ya había sido revisada desde Bogotá, los especialistas debían confirmar personalmente que el corazón y los demás órganos mantenían las condiciones necesarias para el trasplante. Solo después de esa evaluación se tomó la decisión definitiva de proceder con el rescate.
A partir de ese momento ya no había margen para perder tiempo. El quirófano estaba preparado. Los equipos estaban listos. Y comenzaba la fase más crítica de toda la operación. Mientras un equipo trabajaba en Florencia, en Bogotá había otro. A la receptora ya la habían llamado y había ingresado a la institución. Le estaban realizando los últimos exámenes y preparándola para entrar al quirófano.
Cuando extrajeron el corazón, comenzó otra carrera contra el tiempo. Otro relevo. Otra entrega de posta. Y las cuatro horas. No había espacio para retrasos. Todo el operativo estaba diseñado para que el corazón llegara lo más rápido a Bogotá. La posta estaba ahora en manos del equipo de extracción de la Cardio Infantil. Ellos lograron traer el corazón en un vuelo charter de más de 50 minutos, llegando a la ciudad con poco tiempo antes de que se cerrara la ventana de las cuatro horas.
En la capital, la Secretaría tenía todo listo para habilitar un carril de Transmilenio y llevar el corazón en el último tramo, “el actor más veloz”, desde la calle 26, por la NQS y la Autonorte para llegar justo a donde se encontraba la paciente lista para recibirlo.
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La cirugía de trasplante duró 10 horas. Soled del Socorro Vizcaíno Bohórquez despertó aturdida sin saber todo lo que había pasado. Un corazón, que antes latió en el pecho de alguien más, ahora lo hacía en el suyo. Solo el equipo interno y algunos especialistas de la Cardio Infantil, cada uno por separado, sabía lo que habían vivido todos, del Caquetá hasta la capital. Las normas son estrictas: ni la familia del donante, ni el doctor Camilo, podían saber detalles de lo que pasaba en Bogotá, ni de quién recibiría el órgano. Soled no puede saber quién se lo donó.
Ella dice que Dios se lo reveló en un sueño. Luego agrega que regresará a su casa en la costa. “Voy a comenzar una nueva vida. No puedo coger rabias ni preocupaciones. Ahora debo cuidarme. Me honraron con su corazón. Ese corazón salvó otra vida”.
Luis Fernando Díaz Vizcaíno dice que todo fue “milagroso”, no porque ignore el enorme esfuerzo que hubo detrás sino por las tantas veces que creyó que tendría que despedirse de su madre. “Hubo días en los que sentía que no podía más. Que el mundo se me venía encima”. Espera poder retomar la idea de estudiar Administración de Empresas.
De lo único que se enteraron fue de que el corazón vino del departamento del Amazonas y que el “helicóptero” casi no aterrizaba en Florencia; de que mucha gente lo hizo posible. Si ambos pudieran hablar con la familia donante, le darían las gracias. No hay otra palabra. “Donar órganos es donar vida”, dice Luis, abrazando a Soled.
Para la red de donación, la Regional 1 y sus departamentos, este traslado es la muestra de que con más herramientas, las donaciones y los trasplantes pueden llegar desde cualquier rincón del país. Muchas de las donaciones aceptadas se pierden durante el proceso por los retos logísticos que implica.
Y al final de todo, no solo se salvó el órgano que recibió la barranquillera. Los demás órganos se pudieron rescatar y salvaron más vidas, así como la de Soled, la primera mujer barranquillera en recibir en Bogotá un corazón amazónico.
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