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Crónica: ¿Cómo se rompe la violencia desde el corazón de Bogotá?

En uno de los sectores más complejos del centro de la capital del país hay una casa que lleva casi tres décadas intentando romper las cadenas que convierten el consumo de drogas, el delito y la supervivencia en una herencia familiar.

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Por: Isabella Bernal / Especial para El Espectador
25 de julio de 2026 - 01:00 p. m.
La llegada de los niños y adolescentes a la sede de la fundación empieza a las dos de la tarde cuando la mayoría han terminado su jornada escolar.
La llegada de los niños y adolescentes a la sede de la fundación empieza a las dos de la tarde cuando la mayoría han terminado su jornada escolar.
Foto: Foto cortesía de Victoria Holguín
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En apenas diez cuadras conviven las ruinas del Teatro San Jorge, donde se proyectaron algunas de las primeras películas de la ciudad; la iglesia del Voto Nacional, que aún conserva en sus muros las huellas de bala del Bogotazo; la primera zona de tolerancia decretada en Bogotá y el mayor centro comercial de jeans levantacola del país.

Aquí funcionaron la primera estación del tren de La Sabana y la primera central de abastos. En el Shopping Center se consiguen celulares, muchos de ellos robados, y a pocas cuadras opera uno de los expendios de droga más conocidos entre los consumidores. Este es el corazón de Bogotá, aquí nació la ciudad y aún hoy es el epicentro de muchas realidades que se despliegan en ella, por eso solo quienes viven desde niños aquí saben por qué calles cruzar.

En la localidad de Los Mártires, en el barrio La Favorita, cada día se abre una puerta donde decenas de niños y jóvenes entran para construir otra realidad posible en medio de la rudeza que los rodea. No es un colegio ni un jardín infantil. Desde hace casi treinta años funciona como un lugar donde se aprende a imaginar posibilidades más allá de su entorno.

La mayoría de los niños viven con sus familias en los inquilinatos del sector, espacios donde varias familias comparten baños, cocinas y pasillos. En un solo cuarto, donde se duerme, se cocina y transcurre toda la vida, pueden convivir hasta cinco personas, y el consumo de drogas, en algunos casos, puede llegar a ser cotidiano. El arriendo se paga día a día y cualquier persona puede ocupar la habitación siguiente. En este lugar donde la prioridad es sobrevivir, el futuro pocas veces se puede proyectar más allá de un día.

Nelson Puentes creció así. Su mamá no podía pagar los mil pesos que costaba el colegio y, como eran cuatro hermanos, sólo le alcanzaba para enviar a dos. Él y su hermana quedaron por fuera. Vivían en un inquilinato conocido como el Palacio de Justicia donde su madre fabricaba escobas que vendía en un recorrido que diariamente hacía a lo largo de sesenta cuadras. Con los treinta mil pesos que reunía cada jornada pagaba el cuarto y la comida del día, hasta que una mañana, recibió un volante en la calle que sin saberlo terminaría cambiando el destino de toda la familia.

Nelson cruzó por primera vez la puerta de Cares cuando tenía diez años, veinticuatro años después sigue haciéndolo, aunque ya no como beneficiario sino como profesional. Es comunicador social y hace parte del equipo de planta de la Fundación. Su historia resume la apuesta de todos los que trabajan allí: “Lo importante no es interactuar con una realidad difícil, sino decidir que no quieres quedarte ahí. Elegir quedarse o cambiar el rumbo.”, cuenta.

Nelson pertenece a la primera promoción de jóvenes de Cares. La fundación organiza a los participantes por edades mientras avanzan paralelamente en su formación escolar. Para permanecer deben ir al colegio, asistir de manera constante a la sede de la fundación en La Favorita, mantenerse alejados del consumo de drogas y evitar los embarazos prematuros.

El proceso está dividido en cinco etapas: Exploradores (6 a 8 años), Descubridores (9 a 11), Navegantes (12 a 14), Conquistadores (15 a 18) y la Comunidad Universitaria, que acompaña a los jóvenes desde que terminan el colegio hasta que se gradúan de una carrera técnica o profesional. El Semillero de Familias es un componente fundamental porque fortalecer el entorno familiar es indispensable para que los procesos puedan sostenerse por fuera.

La Comunidad Universitaria constituye el último paso del acompañamiento. Funciona como una comunidad estudiantil donde los jóvenes comparten una casa completamente dotada, se distribuyen las tareas domésticas y aprenden a convivir mientras estudian. Quienes conviven aquí comparten habitaciones y reciben un subsidio de transporte de lunes a jueves que retornan en horas de apoyo a la Fundación.

La casa queda en el barrio Eduardo Santos, apenas a quince minutos de donde muchos crecieron. Sin embargo, esa corta distancia representa un cambio de percepción que les permite experimentar otra forma de vivir y descubrir que existen otras maneras de relacionarse.

Diego Amézquita, coordinador de Cares, lo explica así: “Para que una persona pueda desarrollarse profesionalmente necesita unas condiciones mínimas. Si no los sacamos de aquí, difícilmente podrán imaginar lo que existe afuera. Aquí aprenden nuevas formas de convivencia: cocinar para todos, hacerse cargo del aseo, respetar los espacios comunes. Son aprendizajes básicos que muchas veces nunca tuvieron en sus casas”.

Buena parte de este proceso se sostiene gracias al Plan Padrino, un programa que no solo financia la educación de los jóvenes, sino que crea vínculos de acompañamiento ético, personal y profesional. Personas como Nelson no llegaron hasta aquí únicamente por una donación económica, sino porque alguien decidió acompañarlos durante años y este es tal vez uno de los motores que ha mantenido el proyecto por tantos años.

“El afecto y el amor son pilares de la transformación humana; ese es el engranaje de Cares. Para restablecer la sensación de seguridad en cualquier persona se necesita cuidado. Solo así se puede reconocerse como alguien capaz de aportar a la sociedad. Afuera, para muchos, el mundo consiste en sobrevivir; aquí se trata de pertenecer. Nuestra misión es ofrecer las herramientas para que puedan sostenerse por sí mismos porque llegan con un mapa emocional fragmentado y el trabajo consiste en acompañarlos a reconstruirlo”, cuenta Diego Amézquita.

La presencia física hace parte del método. Ocho personas mantienen la operación de la fundación y todo comienza cuando se abre la puerta de hierro. Afuera, todo funciona como lo vieron desde niños, pero adentro la bienvenida siempre empieza con una mirada y un abrazo. El vínculo nace del reconocimiento y de la posibilidad de sentirse aceptado.

Para la hermana María del Carmen González, directora de Cares, la espiritualidad y la creatividad nacen del mismo lugar. “La educación tiene que ser liberadora. No se trata de reeducar, sino de desarrollar recursos para que los niños puedan enfrentar la vida”, cuenta.

La fundación nació en 1997 en la parroquia San Judas Tadeo como un proyecto de atención a personas en procesos de post-rehabilitación al consumo de drogas, la actividad sexual paga y, en algunos casos, exconvictos, liderados por las Hermanas de la Presentación de la Virgen María de Granada. Con el tiempo entendieron que la transformación debía comenzar mucho antes del consumo y reorientaron su trabajo hacia la infancia y la juventud. Aunque conserva una inspiración espiritual, Cares no es un centro de rehabilitación sino un centro de asistencia preventiva e inclusión social.

César Sánchez tiene 18 años y hoy hace parte de la Comunidad Universitaria. Creció en la casa de su abuela, en la calle contigua a Cares. Entró cuando tenía seis años y, después de graduarse del colegio, comenzó a estudiar en la Escuela Superior de Administración Pública (ESAP).

“Cuando uno crece rodeado de habitantes de calle y de venta de drogas termina normalizando muchas cosas. Pero también aprende a moverse en ese contexto. Aquí conocí a otros chicos de mi edad y a mi mejor amiga. Este es un lugar tranquilo, donde uno disfruta estar. Hay muchas actividades, pero ninguna te presiona; al contrario, te motivan. Ahora practico capoeira con Diego y eso me ha ayudado muchísimo a conocer mi cuerpo”.

Las artes y el deporte son herramientas pedagógicas importantes dentro del proceso de formación. En un entorno donde las oportunidades para el juego, la creación y el ocio son escasas, la capoeira, el jiu jitsu, la danza, la pintura y la música abren espacios para tramitar emociones y descubrir otras formas de expresión. Así mismo, el acompañamiento emocional, educativo y familiar son ejes que garantizan la continuación de los procesos a largo plazo.

Mientras muchas familias concentran sus esfuerzos en resolver las necesidades más inmediatas, por vías legales o ilegales, estos niños encuentran un lugar donde la imaginación deja de ser un lujo para convertirse en una posibilidad de futuro.

Todas estas personas conviven todos los días con los problemas de su entorno. El trabajo al interior de la puerta ocurre exactamente donde empiezan muchos de los problemas de la ciudad y donde muchas historias de violencia se manifiestan antes de hacerse visibles. Por eso, aquí trabajan para intervenir el origen y no la consecuencia. Quizá por eso su apuesta demuestra que la violencia no empieza con un disparo ni termina con un operativo policial, sino que puede detenerse mucho antes, en la infancia de alguien que un día encuentra una puerta abierta.

Por Por: Isabella Bernal / Especial para El Espectador

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