Los desafíos en las aulas de clase no son solo de aprendizaje. La atención en salud mental de estudiantes y profesores también lo es. Para 2025, por ejemplo, aumentaron los casos de conducta suicida en los colegios distritales, problemática que obliga a una contención urgente tanto desde el hogar como en las instituciones, en especial del cuerpo de docentes. Sin embargo, ¿qué pasa cuando los profesores no están capacitados para abordar crisis emocionales ajenas o, incluso, cuidar su propia salud mental?
Gánale la carrera a la desinformación NO TE QUEDES CON LAS GANAS DE LEER ESTE ARTÍCULO
¿Ya tienes una cuenta? Inicia sesión para continuar
En Bogotá, el panorama es complejo. Según datos recopilados durante el primer semestre de 2025 en el Observatorio de Convivencia Escolar, de la Secretaría de Educación, se encuentra que 13 de cada 100 estudiantes de colegios públicos tienen cambios de comportamiento, con agresividad, impulsividad, hostilidad o ideas de acabar con su vida, y que en 12 de cada 100 casos, los alumnos reflejaban emociones persistentes como llanto, tristeza, soledad y pérdida de interés en actividades que antes disfrutaban.
Lea más: Coca Cola en La Calera: menos agua para la empresa y más para la gente. Esto dijo la CAR
A esto se suma que en 11 de cada 100 casos se notó baja tolerancia a la frustración o capacidad para resolver conflictos, algo evidente por el abandono de tareas difíciles; el malestar ante situaciones adversas o el evitar actividades en las que no se cumplían las expectativas de pares, familiares o docentes. Este panorama llevó a una reflexión: la necesidad de desplegar estrategias para prevenir estas conductas, en las que, sin duda, el compromiso de padres y docentes es fundamental.
Disyuntiva en la atención de salud mental
Distintos análisis académicos han concluido que los docentes cumplen un papel clave en la detección temprana de problemas de salud mental en los estudiantes, gracias a su contacto casi a diario, que les permite identificar cambios de comportamiento, nivel de participación y rendimiento académico. Sin embargo, esto muchas veces no es intuitivo y se requiere de formación para reconocer los signos de alerta y usar estrategias. Pese a esto, muchos educadores dicen no sentirse suficientemente preparados para esta tarea.
Una reciente investigación del Instituto para la Investigación Educativa y el Desarrollo Pedagógico (IDEP) estudió el rol de los docentes en 19 colegios distritales, para identificar los factores que promueven o dificultan el éxito de programas en pro de la salud mental de los estudiantes.El resultado destaca la complejidad de tocar estos temas, pues el estigma social persiste como una barrera cultural latente, que dificulta la integración plena de las familias en los procesos de apoyo. “Como estamos en edades diferentes y ellos han cambiado tanto, actualmente la salud mental y emocional se maneja desde muchos puntos de vista que a uno, tal vez, se le pueden escapar”, destacó un profesor.
De igual manera, maestros y directivos de las instituciones respondieron que perciben los programas como extremadamente difíciles de administrar y sostener, y la implementación de las actividades supone un desafío en su práctica. “La complejidad es de carácter administrativo (formatos y reportes), de coordinación (articulación de actores y servicios), sobrecarga laboral, de recursos y de integración curricular (esfuerzos paralelos no formalizados)”, detalla el estudio.
También se reportaron barreras externas como los largos tiempos de espera para citas con especialistas (65,35 %) y demoras en autorizaciones médicas, que hacen complejo el apoyo integral fuera de la escuela. Además, factores como la migración y las secuelas de la pandemia incrementaron los retos de socialización y de aprendizaje. “Las intervenciones implican la activación de rutas intersectoriales de atención, en donde se conjuga el sistema educativo con el de salud. Y ahora, bajo una crisis, muchas de estas activaciones de rutas no tendrían la respuesta esperada. Ese es también uno de los grandes problemas que tenemos”.
Mientras tanto, en un contraste develador, el estudio mostró que los estudiantes valoran las iniciativas como sencillas, accesibles y fáciles de entender. Para ellos, la complejidad no es una barrera; por el contrario, la simplicidad de las actividades es un factor que facilita su participación.
Políticas públicas
Para Elena Marulanda, experta en educación inclusiva y atención a la diversidad, de la Facultad de Educación de la U. Javeriana, a nivel gubernamental es clave una política pública nacional de cuidado de la salud mental para los maestros, “la cual debe incluir la creación de servicios de atención psicológica y psiquiátrica especializados, así como la implementación de programas de prevención y diseñados para las necesidades del gremio docente”.
Le puede interesar: Nueva ruta técnica en comisarías de familia: la apuesta para frenar el riesgo de feminicidio
Desde la Secretaría de Educación destacan que su principal bandera son las ‘Escuelas con emociones’. Allí no solo alumnos, sino directivos y docentes reciben acompañamiento. “Los acompañamos en procesos de salud mental, no solo para que apoyen a los estudiantes, sino para que ellos también estén fortalecidos y puedan brindar este apoyo”, señaló la exsecretaria, Isabel Segovia.
Bogotá cuenta en sus colegios distritales con destacadas iniciativas, incluso reconocidas a nivel internacional (gimnasio socioemocional en el colegio La Giralda) en intervención preventiva de la salud mental. Sin embargo, estos procesos, de acuerdo al estudio del IDEP, se ven limitados por barreras operativas y culturales, que ponen en riesgo su sostenibilidad. Para que sean sostenibles, es imperativo crear condiciones institucionales que reduzcan la fricción operativa para los docentes y directivos.
Para conocer más noticias de la capital y Cundinamarca, visite la sección Bogotá de El Espectador.