El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Cuando la muerte es redonda

Las barras bravas, una amenaza que ya ha arrojado más de 50 muertos en los estadios colombianos. Este martes se firma protocolo contra violencia en el fútbol.

Fernando Araújo Vélez

06 de octubre de 2008 - 04:06 p. m.
PUBLICIDAD

Fue de repente, casi que de un día para otro, que el fútbol en Colombia comenzó a llenarse de muertos. Los más crueles se registraron en el año 2005, cuando diversos enfrentamientos entre barras de Santa Fe finalizaron con el asesinato de Andrés Garzón. Un sinfín de cuchilladas en plenas graderías de El Campín terminaron con su vida. Entonces se pactaron las venganzas, como en cualquier película de gangsters años 30.

En donde fuera y como fuera, los presuntos agresores de antes eran perseguidos, emboscados, atacados y heridos. Unos murieron, pero murieron lejos del estadio, lejos de los testigos y a manos de muchos. La lista creció. Algunos de los presuntos culpables fueron detenidos. Quedaron libres a los pocos días, o porque eran menores, o porque no había pruebas contra ellos.

Fue imposible detectar a los culpables, simplemente porque los culpables podían ser dos, cinco, diez o mil, todos protegidos por su vecino, y sobre todo, por la impunidad del anonimato. Como decía Pedro Navajas, “no hubo preguntas, no hubo curiosos”, aunque sí hubo llanto. “A Andrés lo mataron porque defendía sus principios, él había salido de su casa para ir al partido contra América y nos dijo que regresaría con el sabor de la victoria, pero ya sabemos que no volverá jamás”, dijo una prima. Los medios denunciaron, criticaron. Recordaron que después de la tragedia de Heisell, 1985, el gobierno británico les prohibió a los clubes ingleses salir del país por un período de cinco años, y los multó con cientos de miles de libras esterlinas. Más de 200 “hooligans” del Liverpool habían dejado 39 muertos en la final de la Copa Europea de Clubes.

Mucho más atrás en el tiempo, años 70, el sociólogo Desmond Morris hablaba del fútbol como un reemplazo de las antiguas guerras en el que los hinchas eran parte activa y representación de una nación, una ciudad, un barrio o una esquina. Ya habían surgido los barras bravas argentinos, que empezaron a sembrar las tribunas y las calles de terror para hacerse ricos, para influir con su violencia en las decisiones de los técnicos y los clubes, para viajar gratis por el mundo, pagados por directivos y políticos, y en cientos de ocasiones, para generar pánico en manifestaciones en contra o a favor de los gobiernos.

Aquellos que armaban lío en la Plaza de Mayo, por ejemplo, regando las calles con millones de bolitas de cristal para que los caballos de la PFA (Policía Federal Argentina) se resbalaran, eran los que el domingo cantaban e insultaban a propios y extraños, y los que el lunes se presentaban en las concentraciones de “su” equipo buscando un cambio, un pago, una boleta o una decisión. “Yo los tuve que parar una mañana, cuando se presentaron en Casa Amarilla (sede de Boca Juniors) a exigirnos un montón de boludeces. Los saqué”, recordaba Diego Maradona a comienzos del 2001, evocando sus tiempos de jugador en Boca, año de 1981.


Antes de 1995, nadie tenía en cuenta a los barras bravas en Colombia. No existían. En las graderías, fanáticos azules, rojos, verdes o amarillos se sentaban unos al lado de los otros. No había cánticos. Los visitantes se sorprendían de la decencia y cultura bogotanas. Apenas si se silbaba el himno de los rivales en épocas de Eliminatorias y se les tiraban unas cuantas naranjas a los jugadores más temidos.

Sin embargo, de un día para otro, algunos vivos, los vivos de siempre, descubrieron que también podían chantajear con la violencia y convencieron a otros tantos con argumentos “pasionales”. Que el rojo, que el azul, que el verde… En el fondo, ni les importaba el fútbol ni sabían nada de fútbol, pero herían, amedrentaban, señalaban, y así se volvieron “importantes”.

Entonces surgieron la droga, la venta ilícita, los puñales, el comercio de armas, la sangre y los cadáveres. En diciembre del 2004 un hincha de Nacional, Alexánder Herrera, de 21 años, fue apuñalado  por otro del Tolima por celebrar un gol. En mayo del mismo año, Miguel Herrera Redondo, de 17 años,  juniorista de ley, murió por el estallido de una papa explosiva durante un partido con el Huila en el Metropolitano. A fines del 2003, 37 fanáticos del Júnior se habían caído del segundo piso del estadio y dos murieron al desprenderse las barandas de la tribuna sur a raíz de una gresca sin límites.

No ad for you

Dos meses antes, un enfrentamiento en el Pascual Guerrero de Cali entre hinchas de América y de Nacional dejó cinco heridos. En noviembre del 2002, un aficionado fue acuchillado en el Pascual y ese mismo mes integrantes de las barras de Nacional asaltaron a fanáticos del Tolima entre Cajamarca  y Calarcá. De las peleas pasaron a los combates, de las lesiones a los asesinatos. En julio pasado un santafereño fue linchado, según la nueva moda de la sociedad, y otro, molido a palos. Nadie quedó nunca más a salvo, ni en un estadio ni en los alrededores ni con una camiseta de fútbol ni con otra.

Los clubes dijeron que ellos no podían solucionar la violencia. Incluso, el presidente de Millonarios declaró que la solución era quitarles los respaldares a las sillas de El Campín. La Policía habló de investigaciones exhaustivas, los congresistas, de reformas y reformas a la ley, la Justicia, de un condenado a tres años de prisión. Mientras tanto, los barras bravas siguen actuando y cantando, como Pedro Navajas, “quien a hierro mata, a hierro termina”.

Por Fernando Araújo Vélez

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias
Read more!
Read more!
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.