Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
“Mañana regresa, pidió el día”, respondió con su sonrisa pintada y un “suerte” que a don Augusto le pareció de coquetería. Cinco minutos después, ante un café y un par de panes, en la tienda de todos los desayunos, comprendió que aquel “suerte” había sido una propuesta en un papelito que se deslizó del diario con una dirección que apuntaba hacia la sesenta y tantos debajo de la Caracas y hacia esa noche a las ocho en punto.
Como en una película negra, la nota no tenía caligrafía. El mensaje había sido armado con recortes de prensa. Si él iba, si decidía arriesgarse y algo le ocurría, nadie podría investigar procedencias o sospechosos a través de la letra, porque en cuanto a la cita, estaba claro que si en cuatro horas tomaba la determinación más absurda de su vida, iría en absoluto silencio, sin haberle comentado nada a nadie. Se creyó tonto. Luego pasó a una profunda tristeza, porque una cosa era pensar que estaba solo en el mundo, y otra sentirlo hasta en lo más profundo de sus huesos.
Y estaba solo, cómo dudarlo. Estaba solo porque le tenía pánico al ridículo, porque el qué dirán lo asfixiaba. Entonces elegía el anonimato y desde allí se metía en un inmenso hueco negro que cada vez era más hondo. ¿La invitación de la rubia era para él?, se preguntó cientos de veces mientras pasaron las horas. ¿Importaba? Repitió: “Prefiero la infinitud del goce en un instante a la eterna condena del hastío”. Se arregló. Se vistió como si fuera para la mejor de las fiestas. Se tomó una cerveza. Se fumó dos Cohíbas que le había regalado una amiga. A las siete y 20 salió de su casa y recorrió las 20 cuadras hasta su destino a pie, en parte para relajarse, en parte para que el azar lo llevara a otro sitio. A las ocho en punto llegó a la dirección señalada. Tocó a la puerta y la puerta se abrió, ¡tschk! Recorrió una sala, dos pasadizos y llegó a otra sala con un escritorio. Se sentó. La rubia de la mañana surgió por detrás. “Cómo está”. Puso dos revólveres sobre el escritorio, sonrió y se marchó con una venia perfecta.
Don Augusto quiso huir, pero antes de que se levantara ingresó una mujer de cuarenta y tantos, medio morena y medio todo, la repartidora de los periódicos de los otros días. No le dijo nada. Tomó uno de los revólveres y le ofreció el otro. Abrió el tambor del suyo, le dio vueltas, lo devolvió a su lugar, le apuntó y disparó. Clic. “Se salvó. Si quiere dejar así, acá está su dinero, dos millones. Si desea continuar, hágalo”, dijo la señora. Él la miró. Aún temblaba. Al parecer, no dejaría de temblar nunca más en su vida. No musitó palabra. No podía. Tomó “su” revólver, hizo girar el tambor, le apuntó a la mujer y luego le dio vuelta al cañón. Cerró los ojos. Se disparó, “clic”. Dejó de temblar.