El silencio de la zona boscosa que rodea exclusivos conjuntos residenciales, en la vereda Yerbabuena, de Chía, era en junio de 2024 sinónimo de tensión. Lo que solía ser un territorio donde el zorro cangrejero (Cerdocyon thous) transitaba con la cautela que lo caracteriza, se había convertido en un paso peligroso que podía costarle la vida.
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En contexto: Perseguidos, desplazados y envenenados: el drama del zorro cangrejero en Chía
En esa época y en menos de dos meses hallaron a ocho ejemplares muertos, tras consumir carne y otros cebos impregnados de potentes venenos. La denuncia, que publicó este diario, encendió las alarmas sobre un conflicto histórico que la expansión urbana y la falta de educación ambiental habían llevado al exterminio por retaliación.
Hoy, dos años después, la historia ha dado un giro que demuestra que la conservación y el respeto por la montaña van más allá de una decisión o una orden gubernamental. El pasado 26 de abril de 2026, una cámara trampa instalada en el corazón de la reserva Santuario Norte registró una esperada imagen:
Un ejemplar de zorro cangrejero, posiblemente una hembra adulta, robusta y de pelaje sano, caminaba con paso firme a través de un denso corredor de vegetación nativa. La imagen, además de refrendar los esfuerzos de protección de la zona, confirma que la especie, poco a poco, vuelve a entender las inmediaciones de la vereda Yerbabuena, en límites entre Chía y Sopó, como su casa.
De la producción lechera a la protección
La transformación de Santuario Norte va de la mano con un inesperado llamado. El predio de 75 hectáreas, ubicado a casi 3.000 metros sobre el nivel del mar, fue durante décadas un hato lechero de tradición familiar. Sin embargo, el trauma de los envenenamientos de 2024 funcionó como una epifanía para las familias de Paula Romero y Emanuel Laverde, los artistas y conservacionistas que decidieron reconfigurar una tradición de negocio, difícil de intervenir.
“Este año se acabó oficialmente el negocio de las vacas”, relata Emmanuel con una mezcla de nostalgia y determinación. La decisión de cerrar la actividad lechera, que históricamente sostenía la economía del predio, se tomó bajo la convicción de que el valor ecosistémico del territorio superaba con creces cualquier rentabilidad comercial de la explotación lechera.
Hoy, el lugar donde antes se guardaban las cantinas y se realizaba el ordeño está siendo restaurado para convertirse en un centro de interpretación ambiental; el pastoreo intensivo dio paso a la regeneración, y el ruido de la maquinaria agrícola es un recuerdo lejano, que advierten las aves que han regresado, como la pava andina y los tororois.
Desde que se hizo pública la matanza de zorros, la labor de reforestación se intensificó exponencialmente. Si en 2024 la reserva contaba con 10.000 árboles sembrados, hoy la cifra supera los 30.000. “El mejor momento para sembrar un árbol es hoy. Nos cansamos de pedir apoyo a instituciones y de la burocracia hasta para sembrar árboles. Entonces decidimos hacer el proceso por nuestra cuenta y riesgo”, cuenta Emmanuel.
Este incremento no es un número al azar. Representa la creación de un escudo biológico, que conecta los fragmentos de bosque que la urbanización desordenada de Chía y Sopó había dejado aislados. En últimas, eso es lo que ha facilitado que el zorro y otras especies insignes como el tigrillo lanudo estén rondando de nuevo.
Ingeniería forestal con nombre propio
El éxito del regreso del zorro reside en la creación del “corredores biológicos de conexión”, término con el que Emmanuel describe las zonas por las que el tránsito del mamífero no se entiende como amenaza y, a la vez, esté libre de riesgos. “Históricamente, los zorros cangrejeros en Yerbabuena debían atravesar potreros abiertos, entre los parches de bosque, y ahí quedaban vulnerables: eran presa fácil de perros ferales o de personas que, por temor o ignorancia, decidían dispararles o envenenarlos”, cuenta.
Para mitigar este riesgo, la reserva diseñó un corredor específico, usando especies de crecimiento rápido y denso como el aliso, el chilco y el arboloco. Estos árboles, que hoy alcanzan alturas de hasta cinco metros, funcionan como un aislante del hábitat del animal. “Pensamos en especies arbustivas que permitieran al zorro desplazarse sin ser visto desde lejos. El resultado es que ahora pueden ir desde la parte alta de la montaña, que conecta con Sopó, hasta los bosques más pequeños dentro de la reserva sin tener que pisar un centímetro de potrero despejado”, explica Laverde.
Esta infraestructura verde ha permitido que la reserva potencie la biodiversidad. Al proteger el hábitat del zorro, se ha beneficiado una cadena entera de fauna silvestre. Las cámaras trampa y los monitoreos han detectado el regreso de la mustela frenata (comadreja), el cuzumbo (coatí de montaña) o la zarigüeya de montaña. Incluso el camaleón de páramo, una especie sensible a los cambios de temperatura, ha vuelto a ser visto entre las ramas de los árboles nativos recién plantados.
La pedagogía del gallinero: Coexistir es posible
Uno de los puntos álgidos de 2024 era el conflicto entre los zorros y su incursión en los galpones de las fincas. De hecho, si bien el caso nunca tuvo rostro responsable, para los vecinos esa era la principal causa. El envenenamiento era la respuesta desesperada de propietarios de aves de corral, ante la pérdida de sus gallinas (que advierten vecinos, no era considerable ni afectaba su economía).
En una lección de coherencia, Emmanuel y Paula enfrentaron recientemente el mismo problema. “Adoptamos 10 gallinas de las personas que trabajaban en el ordeño y, a la segunda noche, un zorro se llevó una”, cuenta Emanuel, feliz por la evidencia del zorro, pero con el peso de la muerte de la gallina. En lugar de buscar represalias, aplicaron lo que llaman la “pedagogía del gallinero”.
Investigando modelos de coexistencia en Europa y Estados Unidos, donde el conflicto con el zorro rojo es centenario, implementaron sistemas de cercado eléctrico de baja intensidad y horarios estrictos de encierro. “Desde que pusimos la línea de corriente, no hemos vuelto a perder una gallina. El zorro sigue ahí, nosotros seguimos aquí. Solo hacía falta entender que nosotros fuimos los que invadimos su espacio y debemos proteger nuestros animales de cría, con inteligencia, no con violencia”.
Este mensaje ha empezado a calar en la comunidad. Tras el impacto de la denuncia de 2024, los administradores de condominios de estratos altos, en la zona de Sindamanoí y el Castillo, empezaron a solicitar charlas de educación ambiental. La percepción alrededor del zorro ha pasado de ser la de una “plaga ladrona de gallinas” a la de un indicador de salud del ecosistema que todos, “desde el campesino hasta el propietario de la mansión en la cima, deben custodiar”.
La paradoja
Sin embargo, no todo es celebración en la montaña. El éxito de la sociedad civil contrasta drásticamente con lo que Laverde califica como “el palo en la rueda que ponen las instituciones”. A pesar de que el predio es reconocido como Bosque Protector de la Cuenca Alta del Río Bogotá, se mantiene una categorización del suelo que ignora la realidad ambiental. “Nos están cobrando impuestos como si fuéramos una urbanización de lujo lista para ser loteada”, denuncia Emmanuel. Esta asfixia tributaria es paradójica: mientras el Plan de Ordenamiento Territorial (POT) prohíbe explícitamente cualquier construcción o actividad agropecuaria intensiva, el cobro señala otra realidad.
A esto se suma la alarmante falta de control en el municipio de Chía. Según los voceros de la reserva, mientras se les exige una rigurosidad extrema para cualquier trámite, en los predios colindantes se observa el movimiento constante de volquetas y la tala de árboles nativos de más de 60 años, para abrir paso a nuevas construcciones residenciales. “Es una lucha desigual. Vemos cómo pelan lotes sin presencia de la CAR o la Secretaría de Ambiente, mientras nosotros peleamos para que nos reconozca como reserva de conservación”, señalan.
La carretera, otro sinónimo de muerte
Si bien el veneno parece haber desaparecido de la ecuación, la fauna de Yerbabuena enfrenta hoy una amenaza más, rápida y letal: el tráfico vehicular. La pavimentación de las vías internas, para facilitar el acceso a los exclusivos condominios de la zona, ha convertido el corredor biológico en una pista de alta velocidad.
A pesar de las promesas de las autoridades ambientales, tras la crisis de 2024, la señalización de paso de fauna es prácticamente inexistente en la vereda. Los conductores de vehículos de gama alta y los camiones de materiales de construcción transitan a velocidades que no permiten reacción ante el cruce de un animal silvestre. “Seguimos escuchando de atropellamientos constantes. Es doloroso ver que no hay voluntad política para poner un reductor de velocidad o una valla informativa”, lamenta Laverde.
Arte y Conservación: El modelo de sostenibilidad
La resiliencia de Santuario Norte se apoya en un modelo económico singular. A través de su editorial Arte y Conservación, Paula y Emmanuel han logrado que el arte científico financie la naturaleza. Su reciente éxito en la Feria del Libro de Bogotá (FILBO), con una obra dedicada a los Páramos de Colombia, es el motor que compra las plántulas de su bosque y mantiene los monitoreos. El 30% de las ventas de sus publicaciones se reinvierte directamente en la siembra de nuevos parches de bosque.
Incluso la tragedia del zorro se transformó en arte. Una ilustración de una mamá zorro con su cachorro se ha convertido en un símbolo de la vereda, y la venta de sus reproducciones ha permitido la compra de nuevas cámaras trampa, como la que captó el histórico regreso del pasado abril.
El caso demuestra que la denuncia pública tiene el poder de frenar crímenes ambientales, pero que solo la persistencia en el territorio puede restaurar lo dañado. Mientras el zorro registrado en video se adentra nuevamente bajo las sobras de los alisos, queda claro que la batalla por el corredor biológico que recorre la especie y que comprende, además de Chía, y Sopó, parte de Cajicá, está lejos de terminar, pero hoy, al menos, el cazador más icónico de la montaña ya no camina sobre veneno, sino sobre un bosque pensado para su subsistencia.
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