Si hoy se sube a Monserrate y se mira Bogotá desde arriba, resulta difícil imaginar la ciudad de comienzos del siglo XX. Donde ahora aparecen cientos de edificios, conjuntos residenciales y torres de apartamentos, hace más de cien años predominaban casas de uno o dos pisos, muchas de ellas construidas alrededor de patios centrales, con habitaciones amplias, cocinas grandes, patios traseros y espacios destinados incluso al personal de servicio.
La transformación no fue solamente arquitectónica. Cambiar de una casa a un apartamento significó también modificar las formas de convivencia, el tamaño de las familias y la relación de los bogotanos con el espacio. La ciudad creció y, con ella, la necesidad de encontrar nuevas maneras de alojar a sus habitantes.
A comienzos del siglo XX, las viviendas bogotanas utilizaban materiales disponibles en el territorio: tapia pisada, tierra arcillosa, madera, ladrillo y tejas de barro. Los muros podían alcanzar unos 60 centímetros de grosor y contribuían a proteger los interiores del frío de la sabana.
Pero Bogotá comenzó a cambiar con mayor velocidad a partir de la industrialización. Durante la década de 1930 llegaron nuevos materiales y tecnologías, entre ellos el concreto, el acero y el vidrio. Al mismo tiempo, comenzaron a llegar miles de personas atraídas por las nuevas oportunidades económicas. La ciudad pasó de unos 100.000 habitantes en 1900 a 335.000 en 1938.
El suelo urbano empezó entonces a adquirir un valor diferente. Una casa ocupaba un terreno que podía albergar, mediante la construcción vertical, a muchas más personas. En el centro comenzaron a desaparecer algunas viviendas para dar paso a edificios con apartamentos. La ciudad empezó a crecer hacia arriba.
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Una casa que todavía resiste
En el barrio Molinos, al suroriente de Bogotá, Yanira Jerez y Edilberto Piza viven en una casa que parece contar otra versión de esa historia.
La vivienda, de más de seis décadas, tiene seis habitaciones, dos cocinas, dos baños, terraza, patio, sala, comedor y dos garajes. Yanira tiene 61 años y Edilberto 68. Sus hijos ya tienen sus propias viviendas, pero ellos permanecen en la casa junto con sus perros, Doña y Rufo.
La compraron en 2015 por 180 millones de pesos, después de haber vivido durante aproximadamente 25 años en Providencia Alta. La ubicación y el tamaño fueron determinantes. Sus hijas todavía estudiaban en la universidad y necesitaban un lugar con buenas conexiones de transporte.
La casa ha cambiado con ellos. Reemplazaron los antiguos mosaicos por cerámica blanca, modificaron baños y cocina, cambiaron algunas puertas y pintaron varias paredes. Pero conserva elementos de otra época, como una estufa de carbón que todavía permanece en uno de sus espacios.
Hoy viven allí solamente ellos dos. No imaginan fácilmente su vida en un apartamento pequeño.“No me imagino viviendo en un apartamento de esos pequeños”, dice Yanira.
Para la pareja, el tamaño de la vivienda está relacionado con su manera de vivir. Tienen espacio para sus perros, para recibir visitas y para mantener objetos que han acumulado durante décadas. También valoran que los gruesos muros de ladrillo reduzcan el ruido proveniente de la calle. Pagan aproximadamente 450.000 pesos mensuales por los servicios, incluido internet.
La paradoja es que esa casa que alguna vez representó una forma común de vivienda hoy se ha convertido en un activo cada vez más costoso. Según sus propietarios, actualmente podría valer cerca de 400 millones de pesos debido a la transformación del sector, la llegada de nuevas vías, el comercio y el transporte público.
El apartamento como nueva promesa
A varios kilómetros de Molinos, en Usme, la relación con el espacio es completamente distinta. El conjunto residencial Altavista del Portal reúne 816 apartamentos distribuidos en torres de seis y doce pisos. Hay parqueaderos comunales, salón comunal, parques infantiles y una cancha sintética. Es una ciudad dentro de la ciudad.
En uno de esos apartamentos vive Leidy Johana Villa, de 35 años, junto con su esposo, su hija Celeste, de siete años, y su madre Brenda. El apartamento tiene 49 metros cuadrados.
La primera impresión puede ser la de un espacio reducido. La sala funciona también como comedor. Una mesa pequeña debe moverse para dejar espacio a la bicicleta y al monopatín de Celeste. La cocina ocupa apenas unos metros y algunos electrodomésticos deben adaptarse a los lugares disponibles. Leidy, por ejemplo, quisiera tener un nevecón, pero no puede comprarlo porque no cabría.
Sin embargo, la familia no describe su vivienda como un problema. “Nosotros nos adaptamos al apartamento. Cuando nos vinimos a vivir acá, cada cosa la compramos a la medida. Además nos hacía ilusión por fin tener algo propio”, explica Leidy.
El apartamento incluso ha cambiado de acuerdo con las necesidades familiares. Originalmente tenía dos habitaciones. La familia levantó una pared para crear el cuarto de Celeste. Ahora, ante la posibilidad de que Brenda se vaya en unos años, Leidy contempla derribarla nuevamente para ampliar la sala.
En esa vivienda el espacio se administra de otra manera. La mesa se mueve. Los objetos se organizan contra las paredes. La sala se convierte en comedor y, después, nuevamente en lugar de descanso. Las tareas escolares se hacen con los libros sobre un cojín. La casa cambia durante el día según la actividad de quienes la habitan.
Una ciudad que creció hacia arriba
La transición de la casa al apartamento no puede explicarse únicamente por una preferencia estética. Detrás de ella está el crecimiento de Bogotá. La ciudad que comenzó el siglo XX con alrededor de 100.000 habitantes terminó el siglo con más de seis millones. El crecimiento más acelerado se produjo desde mediados de la década de 1960 hasta comienzos del siglo XXI y estuvo acompañado por procesos de migración interna relacionados con la violencia política y el conflicto armado.
La construcción vertical apareció como una respuesta a esa presión. En lugar de extender indefinidamente la ciudad sobre el territorio, los edificios permiten concentrar más viviendas en una misma superficie.
La Secretaría Distrital del Hábitat plantea precisamente la construcción vertical como una alternativa para optimizar el suelo urbano y reducir costos de construcción, con el propósito de facilitar el acceso a vivienda. Pero el problema no termina con construir más alto.
Entre 2021 y 2024 se iniciaron, en promedio, 41.195 viviendas por año, mientras que las proyecciones estiman una necesidad de 75.000 viviendas anuales entre 2025 y 2035. La diferencia revela la magnitud del desafío: Bogotá necesita producir muchas más viviendas para responder al crecimiento de sus hogares.
El tamaño de una ciudad también se mide desde adentro
La historia de Bogotá puede leerse desde sus fachadas, sus calles y sus edificios, pero también desde el interior de sus viviendas.
Una casa como la de Yanira y Edilberto representa una ciudad donde el espacio doméstico podía crecer alrededor de la familia. Un apartamento como el de Leidy representa una ciudad en la que cada metro cuadrado debe cumplir varias funciones.
En la casa de Molinos todavía hay espacio para una terraza, un patio, seis habitaciones y dos garajes. En el apartamento de Usme una mesa puede convertirse en comedor durante el almuerzo y desaparecer después para darle lugar a otros objetos. En uno, el tamaño permite acumular años de recuerdos; en el otro, obliga a seleccionar, organizar y adaptar.
Bogotá no dejó de necesitar casas. Lo que cambió fue la cantidad de personas que necesitaban vivir en ella y el valor del suelo sobre el que esas viviendas podían construirse. Por eso la ciudad se hizo vertical.
Entre una casa de 160 metros cuadrados y un apartamento de 49 hay mucho más que una diferencia de tamaño. Hay un siglo de transformaciones sociales, económicas y urbanas.
Nikoll Daniela Sabi - CrossmediaLab de la Utadeo.
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