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Detrás del ruido: el banco de los cantos de las aves de Bogotá

La plataforma reúne 150 registros sonoros de 60 especies y convierte sus cantos en una herramienta para entender y proteger la biodiversidad urbana.

Camilo Tovar Puentes

04 de agosto de 2026 - 08:40 a. m.
El Banco de Cantos reúne 150 registros sonoros de 60 especies que habitan los ecosistemas de Bogotá.
Foto: EFE - Mauricio Dueñas Castañeda
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Bogotá tiene una banda sonora permanente y relegada a la vez. Entre el esmog y el afán de siempre se parapetan los vecinos más antiguos, los testigos silencios que sostiene la salud ambiental de la ciudad. Habitan parques y humedales; se refugian en canales y cornisas y aunque muchos bogotanos los escuchan pocos podrían decir con certeza quiénes son.

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En contexto: Guía de aves Bogotá 2025: hay 240 especies ocultas como tesoros citadinos

Cualquier caminante medianamente atento sabrá que esos vecinos, decenas de especies de aves entre residentes permanentes y visitantes migratorias, son indivisibles del paisaje urbano. Sobreviven en ecosistemas cada vez más reducidos y enfrentan múltiples amenazas asociadas al crecimiento urbano. Todas, sin embargo, comparten una característica: muchas se escuchan más de lo que se ven.

Tal riqueza convierte a Bogotá en uno de los principales escenarios urbanos para la observación de aves en América Latina. Su ubicación entre humedales, cerros, bosques altoandinos y ecosistemas de sabana la ha consolidado como destino clave para “pajarear”.

De acuerdo con la Guía Ilustrada de Aves de Bogotá, publicada en 2025 por la editorial Arte y Conservación, en Bogotá y su entorno se han registrado cerca de 240 especies, entre ellas aves endémicas y más de 80 especies migratorias que llegan periódicamente a la región.

Esa constatación fue precisamente la que dio origen al Banco de Cantos de Aves de Bogotá, una plataforma digital desarrollada por la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá (EAAB) y Aguas de Bogotá que en su primera fase compiló 150 registros sonoros de 60 especies presentes en la estructura ecológica principal de la ciudad. El proyecto, que acaba de ser presentado al público, permite escuchar sus vocalizaciones, conocer sus características y acercarse a una biodiversidad que suele pasar inadvertida en la vida urbana.

“Son las personas, la academia y las instituciones educativas los principales aliados para la protección de nuestros humedales, y ahora cuentan con esta herramienta para que los escuchen, los observen y los cuiden”, aseguró la gerente general de la Empresa de Acueducto, Natasha Avendaño, la semana pasada durante el evento de lanzamiento.

El banco lo soportan ocho años de investigación, recorridos, observación, monitoreo y escucha en humedales, parques y otros ecosistemas de Bogotá.

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Ilustración de un copetón, una de las 240 especies reunidas en la Guía ilustrada de aves Bogotá 2025, editada por la editorial Arte y Conservación.
Foto: Editorial Arte y Conservación

“Advertimos que la riqueza que observábamos no era la misma que percibíamos al escuchar: en estos ecosistemas habitaban muchas más aves de las que era posible ver”, explica la entidad.

La frase resume el origen de un proyecto que comenzó como un complemento a los registros fotográficos realizados durante las labores de seguimiento ambiental. Aunque las imágenes permitían documentar numerosas especies, los investigadores empezaron a notar que los sonidos revelaban una realidad más amplia. Había aves ocultas entre la vegetación, especies difíciles de observar a simple vista y visitantes ocasionales cuya presencia solo podía confirmarse a través de sus vocalizaciones.

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Lo que las fotos no mostraban

Las primeras grabaciones se realizaron durante actividades de campo desarrolladas por equipos de ambas entidades. En muchos casos, los registros fueron obtenidos utilizando los teléfonos celulares disponibles durante las jornadas de trabajo. Lo que empezó como una iniciativa espontánea para facilitar los registros en las jornadas de trabajo, terminó convirtiéndose en un esfuerzo sistemático de documentación de la biodiversidad que habita calles y avenidas. El proceso exigió innumerables horas de observación y escucha. Muchas jornadas comenzaron antes del amanecer, cuando la actividad de las aves es más intensa.

Con el paso de los años, las grabaciones se multiplicaron y dieron lugar a un trabajo de selección y depuración. Los investigadores tuvieron que revisar cientos de registros para identificar las mejores muestras de cada especie y reducir, en la medida de lo posible, los ruidos asociados a la actividad humana.

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Actualmente, el Banco reúne cerca de 150 registros correspondientes a 60 especies. Sin embargo, el proyecto se apoya en una labor de monitoreo mucho más amplia que, desde 2018, ha permitido documentar más de 190 especies de aves mediante registros fotográficos, audiovisuales y sonoros.

Algunas de las especies que forman el banco

  • Tangara Azuleja
  • Pinchaflor Ferrugíneo
  • Pinchaflor enmascarado
  • Pinchaflor Negro
  • Piranga Roja
  • Zanate Caribeño
  • Turpial amarillo
  • Las curiosidades
  • Mirlo
  • Golondrina Ventriparda
  • Mosquero cardenal
  • Mosquero negro
  • Cotorrita de Anteojos
  • Búho gritón
  • Águila pescadora
  • Colibrí rutilante
  • Chingolo común o copetón

Una memoria sonora de la ciudad

Uno de ellos fue descubrir que una misma especie puede modificar sus vocalizaciones dependiendo del entorno donde habita.

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“Por ejemplo, el canto de un copetón registrado en un canal puede diferir del registrado en un humedal. Aunque se trata de la misma especie, las condiciones ambientales parecen influir en la forma como se comunican”, advierte la entidad.

Ese tipo de observaciones muestra el potencial de la bioacústica, una disciplina que utiliza los sonidos para estudiar el comportamiento de los animales y comprender mejor las dinámicas de los ecosistemas. “Escuchar a las aves no solo permite identificarlas. También puede aportar información sobre la salud de los lugares donde viven”, advierte la entidad.

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La presencia de múltiples vocalizaciones en un humedal, por ejemplo, suele estar asociada a una mayor diversidad biológica. Por el contrario, la ausencia de ciertos sonidos o la disminución de algunas especies puede convertirse en una señal de alerta sobre cambios en el ecosistema.

NO USAR EN NINGUNA NOTA ESTA FOTO. Este tipo de aves se suelen encontrar en los humedales de Capellanía, La Conejera, Tibabuyes, La Florida y Jaboque.
Foto: Diego Emerson Torres

En ese sentido, los registros sonoros también pueden convertirse en una especie de memoria ambiental. A medida que cambian los ecosistemas, las comunidades de aves también se transforman. Los cantos permiten documentar esas variaciones en el tiempo y ofrecen pistas sobre fenómenos como la pérdida de hábitat, la llegada de nuevas especies o los efectos que el cambio climático puede estar generando sobre la biodiversidad local.

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Los registros muestran que estos ecosistemas continúan albergando una biodiversidad significativa y mantienen una notable capacidad de resiliencia.

Pero con una salvedad: la progresiva degradación de los humedales que afecta considerablemente a las aves. En marzo de este año la Personería visitó los humedales e identificó 17 amenazas que los siguen afectando: presencia de animales domésticos ferales (la gran mayoría por abandono), basuras de todo tipo y conexiones erradas de aguas residuales entre otras.

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En ese sentido, a pesar de esos esfuerzos distritales actuales y pasados por recuperar estos ecosistemas, numerosas especies continúan enfrentando riesgos importantes.

Entre las aves que generan mayor preocupación para los investigadores se encuentra el chamicero cundiboyacense (Synallaxis subpudica) y el doradito lagunero (Pseudocolopteryx acutipennis), especies cuya conservación depende en gran medida de la protección de los ecosistemas donde habitan.

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Frente a ese panorama, los impulsores del Banco de Cantos sostienen que la divulgación del conocimiento es una herramienta clave para la conservación que van más allá de los humedales.

Las aves dependen de redes ecológicas complejas que incluyen árboles, arbustos, flores e insectos. Cuando estos elementos desaparecen, también disminuyen las posibilidades de supervivencia de numerosas especies. Por eso, expertos en biodiversidad urbana insisten en que la protección de las aves pasa necesariamente por ampliar el arbolado, fortalecer los humedales y garantizar la conectividad entre los ecosistemas de la ciudad.

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Por eso, la plataforma busca que los ciudadanos no solo aprendan a identificar aves, sino que desarrollen una relación más cercana con los ecosistemas que las albergan. La idea sencilla pero poderosa: es más probable que las personas protejan aquello que conocen y valoran.

Quizás por eso, una de las recomendaciones para quienes se acercan por primera vez al Banco de Cantos es comenzar con especies familiares como la mirla, el copetón o el colibrí chillón. Son aves relativamente fáciles de encontrar en distintos puntos de la ciudad y representan una puerta de entrada a un universo que suele pasar desapercibido.

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Porque escuchar las aves es apenas el comienzo. Detrás de cada canto hay humedales que conservar, árboles que sembrar, corredores ecológicos que conectar y decisiones diarias que determinarán qué tan viva seguirá siendo la biodiversidad de la ciudad.

Porque escuchar las aves es apenas el comienzo. Detrás de cada canto hay humedales que conservar, árboles que sembrar y corredores ecológicos que conectar. También hay una certeza cada vez más respaldada por la ciencia: las ciudades con más naturaleza son ciudades más saludables para quienes las habitan. El reto, entonces, no es solo aprender a reconocer la voz de una mirla o un copetón. También implica frenar una realidad: que escucharlos es cada vez más difícil.

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