Entre 1998 y 2007, ‘Los N.N.’ inundaron el barrio Santa Rita de panfletos amenazantes. Paramilitares vestidos de civil y pasamontañas, que en el día cobraban vacunas a comerciantes y transportadores, en la noche recogían en carro o moto a quienes estuvieran fuera de sus casas después de las 10:00 p.m. Sus cuerpos sin aliento reposarían en cualquier acera o en la ribera del río Juan Amarillo.
Mayo de 2007, las autoridades locales decretaron el toque de queda en Suba. De 10:00 p.m. a 5:00 a.m. nadie podía caminar por las calles de su propio barrio. El motivo, la impotable ola de criminalidad juvenil.
Mayo 23 de 2008, los jóvenes y las autoridades firman un pacto de convivencia. El compromiso: no más atracos, no más trago en las calles, no más agresiones por parte de la Fuerza Pública.
Junio 28 de 2010, Fernando Rodríguez, de 55 años, no alcanzó a pisar el andén de la taquilla de la estación de Transmilenio 21 Ángeles (Avenida Suba con calle 137). Tres impactos de bala lo alcanzaron, al parecer, por un ajuste de cuentas. Falleció tres horas después en el Hospital de Suba.
Tercera semana de junio, un rapero del barrio La Manuelita encontró la muerte a manos de un policía bachiller. “Un problema de faldas”, dirían los curiosos. El saldo: un pulmón perforado y 40 años de cárcel para el uniformado.
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Por décadas, la localidad de Suba ha sido como la Sodoma y Gomorra de la violencia en Bogotá, pero fue en cada puente, en cada parque, al lado de cada árbol, que conversaciones de respeto y reconocimiento de los derechos cautivaron las mentes de unos pocos que querían terminar con la rutina de adueñarse forzadamente de lo ajeno, de las alucinaciones inducidas, del agravio injustificado y de la vulneración de sus derechos. Fueron jóvenes que suplicaron a la vida para que no se siguieran perdiendo las generaciones en las esquinas y se erradicara el principal fenómeno de violencia contra esta población: estigmatizarlos por ser jóvenes. Serían el arte y la cultura las herramientas perfectas para combatir ese espanto que amenazaba con carcomer hasta al último de los adolescentes.
Las víctimas: aquellos con quienes nadie quiere trabajar, los pandilleros, los drogadictos y los peores delincuentes de la localidad. Los actores: intelectuales y materiales del hecho, la Secretaría de Integración Social, el Instituto de la Participación de Acción Comunal y varias organizaciones sociales. El lugar: el barrio La Manuelita. El hecho: “Una y mil noches por los jóvenes de La Manuelita” y “La noche sin miedo”, dos actividades culturales realizadas en los últimos meses, que recuperaron espacios físicos e intangibles para los jóvenes.
El “Festival de pertenencia con la vida y el barrio” fue otra excusa para “reivindicar el tema de la vida antes que cualquier cosa”, como dice Carlos Gaona, uno de los organizadores del certamen, que llegó a la segunda edición. Del 25 al 27 de junio, niños, jóvenes y adultos tuvieron un espacio de convivencia y respeto. El abuelo jugó con el niño, el ‘metacho’ saltó con el ‘hopper’ y el ‘punqueto’ cantó con el ‘rapero’.
A la iniciativa de Gaona se le suman otras como “Joven proceso”, organizada con el fin de “motivar a los jóvenes que están en proceso de formación artística a que aprovechen el arte que aprendieron”. Así lo expresa Fabián Bermúdez, miembro de Suba al Aire, el proyecto de comunicación que vincula radio, formación en video y prensa, y que organiza esta actividad. Esta agrupación viene trabajando desde hace más de 10 años en el tema de comunicaciones y ya consiguió que a partir de agosto, en 88.4 FM, se pueda escuchar la emisora de Suba.
Diego Santamaría, otro miembro de la misma organización, recuerda cómo este tipo de proceso se desarrolla desde finales de los 80. “Se hicieron proyecciones de cine en pantalla gigante en El Rincón y la plaza de mercado; eran unos programas de radio llamados De la loma pa’ acá”, dice Santamaría. Dichos programas se realizaban en los estudios de grabación del Sena y después miembros de Suba al Aire los emitían en los buses”.
En la larga lista de procesos y colectivos culturales están las tres casas de la cultura (Suba, Rincón Occidente y Ciudad Hunza), que existen en la localidad desde hace más de una década y que benefician a cerca de 2.300 personas en 50 barrios, o la “Escuela de Rock”, creada en 1999 como respuesta a la demanda musical del momento y que vincula a más de 182 personas y ha favorecido a más de 1.100 jóvenes en 10 años de proceso. Todos ellos, jóvenes, autoridades y comunidad, de una u otra manera encontraron en el arte una salida, un pretexto para salvarse de la violencia.