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El arte del encarte

Oswaldo Ángel es un experto en estética. Tiene eso que llaman ojo clínico. Y en los últimos años de su vida ha sabido combinar perfectamente la estética del cuerpo con la del arte. No es un artista plástico y su fortaleza no está en pintar. Por el contrario, es un experto en geles adelgazantes a quien su espíritu ‘cambalachero' le ha permitido ser hoy por hoy poseedor de un verdadero patrimonio artístico. Por lo menos eso cree.

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Alejandra Rodríguez
25 de agosto de 2008 - 02:21 p. m.
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En sus manos, asegura, tiene nada más y nada menos que obras de Dalí y Miró, los dos más grandes artistas que ha dado España en toda su historia, entre otras pinturas y esculturas.

Nunca en su niñez, ni juventud se interesó por el arte. El trueque ha sido su profesión y por esas cosas de la vida resultó preocupado por la estética femenina y combinando cremas y sustancias naturales y químicas descubrió un menjurje que resultó muy efectivo para desvanecer gorditos. Su preparación tuvo gran acogida y con otros negociantes hizo una cadena de distribución que le permitió llevar el producto a casi todos los pueblos de Colombia.

Hace siete años conoció a otro vendedor al que le iba bastante bien con sus geles. Un día cualquiera su distribuidor le dijo que necesitaba un lote grande de cremas, pero que no tenía efectivo y que lo único con que podía pagar el pedido era una pintura que le habían dicho que era muy fina. El hombre la examinó y su intuición le indicó que aceptara.

El negocio fue sencillo: -le entrego el cuadro y usted me da 80 millones en geles-. Mes a mes, con su escasa producción le pagó la pintura al cabo de casi un año.

Desde el momento que la recibió empezó a investigar y fue a través de unos folletos viejos sobre cómo reconocer obras originales, comprados en cualquier parte, que comenzó a sospechar lo que tenía entre sus manos: El Arcángel del amor, obra anónima del siglo XVIII originaria de la región del Cuzco, en Perú.

Había hecho el negocio de su vida y al mismo tiempo se había pegado la encartada del siglo.

A través de internet y varias visitas a expertos buscó la manera de certificar la autenticidad de la obra. Uno de los tantos expertos que la revisó fue Fernando Restrepo Uribe, profesor e investigador del arte colonial colombiano e hispanoamericano.

"La obra tiene una buena calidad de ejecución, un acertado tratamiento de las telas, muestra notoriamente las características de los pintores de la escuela cuzqueña", dice el análisis.

Oswaldo supo entonces que su ‘buen ojo' le había permitido dar con una pintura importante. Entonces comenzó a negociarla con otras personas que, él sabía, también habían encontrado en el arte un adictivo escape.

"Yo empecé a ofrecer la pintura cuando supe que en realidad era original. Algunas personas me dijeron que podía costar hasta 500 millones de pesos, pero como sé que es muy difícil que alguien pague lo que en realidad cuesta, decidí ofrecerla por 250 millones", relata.

Finalmente logró venderlo. Allí terminó la dicha y comenzó el drama. Resulta que después de recibir el pago - en especies como él acostumbra-, un lote, un carro y otras tantas cosas que completaron la millonaria suma, recibió la notificación por parte de la Dijín de que el ministerio de cultura peruano está reclamando la obra en repatriación.

Oswaldo asegura que cuando la compró hizo sus propias averiguaciones y constató que el cuadro no era robado. Y de eso da fe el Ministerio de Cultura, donde confirmaron que efectivamente la pintura no está en las listas de la Interpol.

Como hombre serio en los negocios, en febrero de 2007, comenzó los trámites ante el Ministerio para certificar la obra al comprador y adicionalmente buscar la acreditación para un cuadro que asegura es del pintor catalán Joan Miró, uno de los máximos exponentes del Surealismo, otro del también catalán Salvador Dalí y esculturas de ambos, con el ánimo de venderlos, ojalá en el exterior.

Sin embargo, allí le dijeron que no podía sacar al Arcángel del Amor del país. No hubo nunca un impedimento para que la obra fuera negociada en Colombia.

"Fueron escuetos en su explicación, sólo me dijeron que no podía sacarla del país, pero que sí la podía vender en Colombia", recuerda.

Y así fue. El certificado entregado por el Ministerio asegura que no se autoriza la exportación, pero no notifica de ninguna otra decisión a Oswaldo. "Yo vendí la pintura. Sólo pido que si el Gobierno de este país la necesita, pues que me la compre", dice.

Ha recibido varias notificaciones de la Policía y allí se ha presentado de manera voluntaria. Pero según él, no entregará nada hasta que la decisión sea oficial. Por esto, se ha recorrido piso a piso los juzgados de Paloquemao, buscando asesoría en el tema y hasta redactó un oficio ante la Procuraduría General de la Nación porque, según él, se siente intimidado por las autoridades.

"En una ocasión que asistí a una estación, el patrullero que me atendió me grabó aunque le pedí que no lo hiciera. Siento que como no soy un coleccionista de arte el Estado me está violando mis derechos", se queja Oswaldo, después de asegurar que su malicia indígena le ha permitido sospechar que en este proceso algo se está haciendo mal.

Ahora dice que esperará hasta que tenga todas las garantías para realizar la transacción con el Gobierno, pero, con algún tipo de condición; "es imposible que nadie me vaya a reconocer que yo compré esa obra legalmente", agrega.

Este negociante de obras sabe que puede perder el pleito con el Gobierno. Espera que no, pero reconoce que un coleccionista de estrato tres no es una amenaza. "Si yo tuviera plata, otro gallo cantaría. Pero como soy un humilde negociante, posiblemente pierda", dice mientras organiza en una carpeta más de 30 documentos que constatan que su batalla legal ya lleva varios años.


 

El cuadro hay que devolverlo

"Hay un requerimiento de Perú porque esa obra es de allí", asegura tajantemente María Isabel Gómez Ayala, coordinadora del Grupo Bienes Culturales Muebles de la Dirección de Patrimonio del Ministerio de Cultura.

"Los comerciantes de arte se la pasan comprando ilegalmente cosas, la pasan a un territorio y allí radica el problema, que no se percatan de la historia de las obras que adquieren", explica la funcionaria.
Según ella, conoce de cerca el caso de Oswaldo y está segura que alguien sacó la pintura del Perú sin un permiso y que esta está protegida por la ley de ese país.

"La gente debe declarar lo que ingresa a Colombia para no tener problema, pero no lo hace. Aparte del incumplimiento, la Dian puede poner problema desde el punto de vista aduanero", asegura María Isabel Gómez.
Según explicó, las obras aparecen cuando van a sacar el permiso de exportación, porque las personas compran y no se percatan si este cuenta con todos los permisos, la procedencia.

Además, Colombia tiene distintos tratados, como la convención de la Unesco que obliga al país a proteger el patrimonio propio y además, el de otros países como Perú.

Yesenia Daly

El "Arcángel del Amor" es la única que ha podido constatar como legal y paradójicamente la única con la que tiene problemas.
La Comisión de Acreditación y Catalogación de la Fundación Salvador Dalí, ubicada en la Provincia de Girona, España, se ha comunicado en varias oportunidades con Oswaldo para concertar una cita en ese país y llevar a cabo los análisis necesarios para constatar si las pinturas son originales.

Ha tenido que cancelar varias veces la mencionada cita porque en varias ocasiones el Consulado español le ha negado la visa. Por esta razón, sus otras preciadas joyas, tendrán que esperar un tiempo mientras logre viajar. "Ojalá con estas si me vaya bien", relata ilusionado.

Así también lo espera su hija menor, Yesenia Dalí, a quien el papá bautizó así, en honor a las obras que reposan en su finca en Mosquera, esperando que alguien certifique que son autenticas.

Si las obras no resultan originales y si el cuadro cuzqueño fuera devuelto a Perú, el negocio de su vida se habría convertido en un verdadero encarte. Pero el no abandona sus ilusiones. Ahora mismo debe estar en el solar de su casa, azadón y brújula en mano, buscando la guaca que alguien le dijo que allí existía.

Por Alejandra Rodríguez

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