En Bogotá empezar el día con el canto de las aves y no con el de un motor, la bocina de algún conductor afanado o una obra en construcción es cada vez más difícil. Incluso, podría decirse que es un lujo de unos cuantos. Y no porque las aves estén desapareciendo por completo de la ciudad, sino porque su presencia se concentra, cada vez más, en ciertos barrios y sectores, generalmente los mismos donde predominan los espacios verdes y el suelo es más caro.
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Lo que durante años fue una percepción cotidiana hoy tiene respaldo académico: el acceso y el disfrute de la biodiversidad urbana en Bogotá tienden a seguir la línea del estrato. Así lo demuestra una investigación liderada por Rodrigo Mutis Rangel, biólogo y magíster en Geografía de la Universidad Nacional de Colombia, que analizó cómo la desigualdad socioeconómica incide directamente en la distribución de las aves dentro de la ciudad y el en le derecho al goce de la biodiversidad.
El estudio, basado en más de 100.000 registros de observación, concluye que las especies no se distribuyen al azar: responden a las condiciones ambientales, sociales y urbanas de cada territorio.
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Bogotá no solo es una ciudad andina densamente urbanizada: es también uno de los epicentros de la diversidad de aves a nivel global. Gracias a la combinación de humedales, cerros, sabana y áreas verdes urbanas, la capital alberga más de 160 especies de aves en su perímetro urbano y unas 240 en la Sabana, de acuerdo con la Guía ilustrada de aves de Bogotá publicada por la editorial Arte y Conservación en 2025.
Esta riqueza, que incluye especies endémicas y la llegada anual de más de 80 aves migratorias, convierte a la capital del país en un territorio clave para la biodiversidad, como lo han documentado la Fundación Humedales de Bogotá y la Secretaría Distrital de Ambiente. En ese contexto, la presencia —o ausencia— de aves no es un dato anecdótico, sino una señal directa sobre la salud ambiental y las desigualdades que atraviesan la ciudad.
“Sabemos que si hay aves es porque hay más plantas, pero también porque hay más insectos. Toda la biodiversidad está interconectada: cuando tienes más diversidad de un grupo, terminas teniendo más de otros”, explica Mutis. Bajo esa premisa, las aves funcionan como un indicador de calidad ambiental urbana, una especie de termómetro que permite leer, en clave ecológica, las desigualdades de la ciudad.
Pájaros y estratos
Los resultados son elocuentes. Los estratos socioeconómicos altos (4, 5 y 6), que representan apenas el 26,4 % del área urbana de Bogotá, concentran el 52,3 % de los registros de aves. En contraste, los estratos 1, 2 y 3 , que ocupan el 73,6 % del territorio, reúnen el 47,7 % de las observaciones. “La brecha no es solo cuantitativa, sino cualitativa”, dice el autor.
Especies como el azulejo, el turpial y varios tipos de colibríes aparecen con mayor frecuencia en sectores con mejores condiciones económicas, particularmente en zonas cercanas a los cerros orientales o en barrios con alta cobertura vegetal, como Colina Campestre, Gratamira o Cerros de Sotileza, en la localidad de Suba. Allí, la presencia de parques, jardines privados, reservas naturales y procesos de urbanización que incorporaron zonas verdes como parte del diseño ha creado condiciones favorables para la subsistencia de una mayor diversidad de aves.
En cambio, especies como la mirla, el copetón o la torcaza mantienen una presencia relativamente homogénea en distintos puntos de la ciudad. Son aves “generalistas”, señala Mutis, capaces de adaptarse a ambientes hostiles: menos árboles, más ruido, mayor densidad urbana. “Cuando una ciudad solo tiene especies generalistas, lo que está perdiendo no es solo aves, sino complejidad ecológica”, advierte.
Árboles que revelan decisiones
La distribución desigual de las aves está directamente ligada a la del arbolado urbano. La investigación sugiere que no se trata de una condición natural, sino del resultado de décadas de planeación diferenciada. En localidades como Suba, el espacio público alberga más de 320.000 árboles, mientras que en Bosa la cifra ronda los 46.000. “Nos acostumbramos a ver calles o barrios enteros sin árboles. Hay que entender que, en una ciudad con las características ambientales de Bogotá, sus índices de contaminación y su enorme riqueza y biodiversidad, eso no debería ser normal”, advierte Mutis.
Al revisar el índice de Árboles por Habitante (APH) del Observatorio Ambiental de Bogotá, los datos oficiales constatan la hipótesis de la investigación de Mutis. A 2023, varias de las localidades del oriente de la ciudad tenían los índices más altos: Chapinero (0,32 APH); Usaquén (0,22 APH), Santa Fe (0,55 APH) y La Candelaria (0,44) figuran entre los índices más favorables.
En contraste, localidades del sur y del occidente de la ciudad tienen los índices más bajos de árboles por habitante: Bosa (0,06 APH, la medición más baja); Ciudad Bolívar (0,009), Fontibón (0,16 APH). La localidad de Los Mártires, en el centro de la ciudad reporta un 0,09 de APH.
“Esto no pasa porque sí. La falta de zonas verdes es una cuestión de cómo se ha configurado la ciudad y de las decisiones de ordenamiento territorial que han hecho que ciertos barrios no tengan parques ni árboles”, señala el investigador. Según sus cálculos, Bogotá tiene cerca de dos millones de árboles, una cifra insuficiente para una ciudad que supera los ocho millones de habitantes y que está lejos de cumplir el estándar recomendado de un árbol por cada tres personas. El déficit, estima, ronda los 1,2 millones de árboles.
Ese debate institucional coincide con una discusión más amplia sobre cómo se toman las decisiones ambientales en la ciudad, un punto que el propio Mutis subraya en su investigación. “La falta de árboles no es un problema natural, es un problema de decisiones. Es el resultado de cómo se ha planificado la ciudad”, señala.
En ese contexto, actualmente cursa una demanda de nulidad contra el Decreto 531 de 2010 —la norma que desde hace 15 años regula el manejo de las zonas verdes y el arbolado urbano en Bogotá—, que presentó el colectivo Primera Línea Ambiental y admitida por el Juzgado 45 de Bogotá.
El recurso cuestiona que la reglamentación esté desactualizada frente a los retos de la crisis climática y a estándares internacionales como los de la Organización Mundial de la Salud, generando vacíos en el Sistema de Información para la Gestión del Arbolado Urbano (SIGAU).
De prosperar, el proceso podría obligar al Distrito a expedir una nueva regulación y a formular un plan maestro de arbolado a largo plazo, en un momento en el que, como advierte Mutis, “si no corregimos estas brechas ahora, la biodiversidad seguirá concentrándose donde hay más ingresos y menos necesidad”.
La naturaleza como valor agregado
El estudio también pone en evidencia cómo el verde se ha convertido en un atributo de mercado. Los proyectos de vivienda de mayor valor suelen incorporar parques, arborización y zonas verdes como parte de su diseño, lo que incrementa el precio del suelo. Vivir cerca de un parque o de un corredor ecológico no solo mejora la calidad ambiental, sino que se traduce en rentas más altas.
“La naturaleza se volvió un diferencial inmobiliario”, dice Mutis. “Si todos los barrios tuvieran parques y árboles, eso dejaría de ser un privilegio y también dejaría de inflar el precio de la vivienda”. En contraste, los desarrollos de vivienda de interés social tienden a ubicarse en sectores con menor cobertura vegetal y mayor predominio de superficies construidas, reforzando una desigualdad que se hereda desde el diseño urbano.
Más que paisaje: calidad de vida
La presencia o ausencia de biodiversidad urbana tiene efectos que van más allá de lo estético. Las aves contribuyen al control de plagas, a la dispersión de semillas y al equilibrio de los ecosistemas. “Si en tu barrio hay más aves, seguramente se comerán más mosquitos o insectos. Y si tienes más especies de árboles, habrá más flores y frutos, lo que atrae más insectos y otras especies que hacen parte de esa cadena”, explica Mutis.
Barrios con menor cobertura vegetal suelen ser más calientes, más ruidosos y más vulnerables a eventos extremos como inundaciones. La pérdida de suelos permeables, la fragmentación de los ecosistemas y la ruptura de las redes tróficas configuran un escenario de deterioro ambiental que afecta de manera desproporcionada a los sectores más pobres.
Una ciudad en disputa
El riesgo, advierte el investigador, es que Bogotá siga creciendo bajo un modelo que profundice estas brechas, especialmente en contextos de expansión informal y autoconstrucción, donde la prioridad suele ser levantar vivienda, no crear hábitat. “Si seguimos construyendo ciudad sin pensar en biodiversidad, vamos a tener territorios cada vez más impermeables, más calientes y con menos vida”, señala.
Para cerrar la brecha, Mutis plantea la necesidad de enfocar la inversión en arbolado urbano en los estratos 1, 2 y 3, diversificar las especies —para no repetir errores como el monocultivo de urapán qué se esparcio por buena parte de la ciudad sin darle cabida a más especies, y en cambio, velar por la ampliación de ecosistemas estratégicos como humedales, cerros y corredores ecológicos. También insiste en que estas acciones deben incorporarse de manera estructural en los instrumentos de planificación, incluido el Plan de Ordenamiento Territorial.
La ciudad claramente debe ordenarse alrededor del agua, pero también de su Bio diversidad, qué debería ser el eje principal. No se trata de tener bosques en ciudades“, concluye.
Al final, la pregunta que deja el estudio no es cuántas aves hay en Bogotá, sino qué tipo de ciudad se está construyendo. Si la concentración y el acceso a la biodiversidad se consolida como un privilegio, la desigualdad dejará de ser una nota al margen para convertirse en uno de los rasgos más claros de segregación urbana.
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