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En el barrio Santa Fe, un antiguo espacio ligado a la prostitución hoy recibe talleres, artistas y comunidades diversas. El Castillo de las Artes busca resignificar su memoria y acercar la cultura a poblaciones que enfrentan exclusión y violencia.
En la calle 23 # 14-19 funciona El Castillo de las Artes, un centro cultural que convirtió el inmueble en un lugar para la creación, el encuentro y la memoria.
Aunque su nombre remite a lo que alguna vez fue el lugar, su función cambió. El Castillo pertenece a la localidad de Los Mártires. Fue recuperado mediante la articulación de diferentes entidades y pasó del abandono y el deterioro a actividades culturales.
Un funcionario del IDIPRON ((Instituto Distrital para la Protección de la Niñez y la Juventud) cuenta que la historia del lugar es fundamental para comprender su significado actual. La activación del inmueble se gestionó con la Sociedad de Activos Especiales y, en lugar de borrar completamente la historia del sitio ligada al trabajo sexual, se decidió conservar el nombre de El Castillo como una forma de mantener viva su memoria y resignificar aquello que representa.
La historia institucional del proyecto muestra que El Castillo nació precisamente con la intención de intervenir un territorio marcado por múltiples formas de vulnerabilidad. Desde su creación, las entidades responsables plantearon el arte como una herramienta para acercarse a poblaciones diversas y reconocer sus propias expresiones, memorias y formas de habitar el territorio.
María Elena Rodríguez, líder del proyecto especial de Idartes, aclara que la institución no establece límites poblacionales para el acceso a sus procesos. La intención, advierte, era que El Castillo pudiera convertirse en un lugar al que cualquier población pudiera acercarse a vivir las artes y la cultura, especialmente en un territorio donde conviven personas con realidades muy diferentes.
Trabajadores sexuales, habitantes de calle, personas trans, migrantes, niños, jóvenes y otras poblaciones históricamente marginadas hacen parte del contexto en el que trabaja el centro cultural. También señala una característica que diferencia a El Castillo de otros espacios culturales: se trata de un centro administrado desde la institucionalidad pública. La apuesta no depende únicamente de una organización comunitaria, sino de una intervención institucional que busca llevar la oferta artística directamente a un territorio con problemáticas sociales complejas.
Distintas personas comentan sus experiencias y pensamientos y consideran que las artes tienen un poder transformador que pocas herramientas poseen. Desde su perspectiva, la creación permite acercarse a las sensibilidades de las personas y ofrece distintas maneras de expresar emociones y experiencias. En un territorio donde muchas personas han experimentado exclusión, discriminación o condiciones de vida adversas, encontrar un espacio en el que puedan expresarse sin ser rechazadas se convierte en una posibilidad de encuentro.
Más allá del edificio
Una de las estrategias para descentralizar el proyecto es “Castillo al Barrio”, que saca las actividades del edificio y las lleva a diferentes puntos del sector. La intención es ampliar el acceso y evitar que el centro cultural se convierta en un espacio aislado de la comunidad.
También existen procesos artísticos con impacto territorial, en los que participan diferentes grupos de las localidades de Los Mártires y Santa Fe. Entre la programación se encuentran talleres manuales, danza, teatro y pole dance, además de otros procesos de formación y creación.
El Castillo ha ampliado, además, sus actividades hacia eventos que buscan conectar a la comunidad con públicos externos. Entre ellos se encuentran la “Noche de los Museos” y el “Festival del Castillo de las Artes”. En diferentes ediciones, el espacio ha presentado exposiciones, muestras y creaciones de artistas del barrio y de la localidad.
En ese escenario, uno de los principales retos es lograr que otras instituciones comprendan las prácticas de discriminación que afectan a las poblaciones del sector. Entre los casos identificados están los niños, muchos de ellos migrantes y provenientes de hogares en condiciones de pobreza. Las dificultades pueden ser tan básicas como llegar a una actividad sin haber comido durante días o cargar experiencias de violencia que dificultan la participación en un proceso artístico.
Estas condiciones también afectan la permanencia de los participantes. No todos los grupos consiguen mantenerse durante el tiempo previsto para un taller. Las necesidades económicas, familiares y sociales pueden hacer que una persona abandone un proceso antes de terminarlo.
Ese es uno de los principales desafíos de El Castillo: trabajar con comunidades que necesitan mucho más que una oferta cultural. Aun así, el arte se convierte en una forma de aproximación. Su valor está también en permitir que una persona que suele ser observada desde sus carencias pueda ser reconocida desde lo que crea, siente y cuenta.
La propia institucionalidad ha definido el proyecto como un espacio de innovación social desde las artes y ha señalado entre sus objetivos el reconocimiento de la diversidad, el empoderamiento de los derechos culturales y la construcción de nuevas formas de relacionamiento en el territorio.
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