Bogotá

12 May 2020 - 4:00 p. m.

El confinamiento en las nubes de Ciudad Bolívar

El barrio Mirador esta en un sector escondido y olvidado en un extremo de Bogotá, en uno de sus puntos más altos. Allí, el consejo de ‘quedarse en casa’ a raíz del COVID-19 es una incapacidad indignante de comprensión de las condiciones extremadamente desafiantes en las cuales habitan sus familias.

Beverly Goldberg*

Ciudad que suena

Bogotá es una ciudad muy sonora, donde algunos barrios suenan más que otros. Cuando Andrea saca su cabeza por la ventana, escucha los cantitos de los vendedores ambulantes, que a pesar de la cuarentena gritan a todo pulmón con su oferta variada de productos a los vecinos del barrio. “Muebles, muebles, fiamos muebles, pa’ su casa, pa’ su hogar”. “Tamales, tamales, lleve sus tamales a mil a mil a mil a mil”. “Arroz con leche, fresquito y sabrosito, arroz con leche”. En este concurso para ver quien canta mejor, todos están empatados. Si se sale de casa, es inevitable cruzarse con un vendedor que ha convertido su carro en una verdulería ambulante que ofrece desde papayas hasta aguacates, y otro que camina con un altavoz, del cual se puede escuchar una voz nasal y punzante que compra “chatarra, neveras, televisores dañados”, los cuales luego venderá en una central de reciclaje.

En Ciudad Bolívar, donde el 54% de los trabajadores viven del ‘rebusque’ y sin la seguridad social de un trabajo formal, habitan 762 mil personas. Una de ellas es Andrea Ochoa, anfitriona comunitaria del barrio Mirador, en donde se encuentra la última parada del TransMiCable, el proyecto de teleférico público que conecta a la localidad con el sistema de transporte masivo de la ciudad (TransMilenio). Ella se dedica desde hace un año a dar recorridos culturales a turistas por el sector, contándoles historias de esperanza y humanidad de este barrio, desde el cual uno siente que podría acariciar las nubes. 

Andrea forma parte de la iniciativa "Amigos del Turista", un colectivo de varios jóvenes emprendedores que nació en 2016 y que desarrolla experiencias comunitarias que buscan cambiar la forma de que los habitantes del Mirador vean su barrio a través de la solidaridad y la cultura. Uno de los proyectos más recientes, con la llegada del TransMiCable, ha sido un tour de tres horas que acerca a los turistas con lugares que no son habituales, pero que tienen una importancia simbólica para la comunidad.

Antes de la llegada del coronavirus a Colombia, los anfitriones comunitarios del proyecto recibían a personas de China, Rusia, Alemania e incluso de Medellín. Pero ya no hay turismo en el país, y el futuro de su proyecto podría estar en riesgo. “Mi trabajo ha sido una bendición de Dios” –cuenta–, “pero no sé cómo vamos a recuperar el turismo en el futuro con esta crisis de salud que estamos viviendo”, dice Andrea.  

Este sector escondido y olvidado en un extremo de Bogotá es uno de sus puntos más altos, casi 400 metros más cerca de las estrellas que la Plaza de Bolívar, en el centro histórico. El paisaje de las montañas áridas y desnudas contrasta con los cerros orientales, un corredor de montañas que delimita Bogotá al este, y que se forran por una manta de vegetación que difícilmente sobreviviría con el fuerte viento que sopla en sus montañas.

El Mirador es un remanso de paz, donde se puede observar toda la ciudad desde una perspectiva inigualable, sin las muchedumbres y sin el sonido de los viejos motores que en la distancia tararean por las calles sin convertidores catalíticos. Es también uno de los pocos puntos en los cuales la ciudad y la naturaleza coexisten, donde las montañas abrazan las casas coloridas y construidas por los mismos habitantes, y donde desde arriba se pueden observar ranchos sostenidos por tablones raquíticos en medio de árboles y piedra. 

 

Tejiendo nuevas narrativas

– “¿Tienes una mantra que te dices en momentos difíciles?”.

– “Por más problemas que tengas, nunca dejes de sonreírle a la vida”, dice y ríe.

Andrea asegura que casi no ha trabajado en las últimas semanas. Asegura que se siente tranquila porque ella, su hijo y su madre están seguros en casa y no han tenido que salir a las calles. Además, ha logrado seguir estudiando su curso técnico en Viajes y Turismo, una oportunidad importante que la permitirá seguir dedicándose a lo que más le apasiona en esta vida: cambiar las narrativas de estigmatización que se han creado sobre Ciudad Bolívar y apoyar a su comunidad a través de los intercambios culturales. “Llevo 30 años en el Mirador, me mudé acá con cinco años de edad (…) conozco muy bien el barrio y su gente”.

“Aunque nosotros estamos bien, sé que hay muchas familias que están sufriendo por falta de dinero y espacio”,  dice con un tono de tristeza en su voz. “En frente de nuestra casa hay apartamentos pequeños, donde viven alrededor de 10 o 12 personas”. Su preocupación es un eco de las de cientos de miles de bogotanos por toda la ciudad, quienes arriesgan sus vidas en sus propias casas, incluso más que en las calles, en el contexto de la pandemia del COVID-19.

Según el MInisterio de Vivienda, uno de cada cuatro colombianos pasa la cuarentena en viviendas deficientes. Para este cuarto de la población, el consejo de ‘quedarse en casa’ es una incapacidad indignante de comprensión de las condiciones extremadamente desafiantes, en las cuales habitan más de la mitad de la población del país. “Además, cuando traen ayuda acá, normalmente se reparte todo en los barrios al pie de la montaña antes de subir a nosotros”. 

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Ciudad Bolívar es un barrio relativamente nuevo y como muchos otros del país, su población empezó a crecer con el aumento de desplazamientos forzado en Colombia debido al conflicto armado. En 2018, ACNUR reportó que desde 1985 ha habido cerca de 7,7 millones de personas internamente desplazadas en el país, y esta figura sigue aumentando hasta el día de hoy. Como consecuencia, Colombia es el país con más desplazados del mundo, incluso más que Siria, la República Democrática del Congo e Irak.

Según resume el escritor colombiano Evelio Rosero, los colombianos desplazados "irán a ninguna parte, a un sitio que no es de ellos, que no será nunca de ellos, como me ocurre a mí, que me quedo en un pueblo que ya no es mío". Andrea y sus colegas se están esforzando para cambiar los sentimientos de desarraigo que muchos en su barrio sienten. En sus propias palabras, se trata de ‘sembrar el amor por nuestro territorio’ y ‘crear comunidades’.

Además de acoger a muchos jóvenes del Mirador, el proyecto tiene un abordaje de género particular. “Hacemos un esfuerzo para colaborar con las madres cabezas de hogar, porque son un grupo de personas que han tenido que experimentar la violencia social, y son una parte muy importante de la historia de este lugar”, cuenta.

Una de estas personas es Mayerly, una de las integrantes fundadoras de “Amigos del Turista” y activista que lleva años apoyando proyectos solidarios en su comunidad para empoderar a los vecinos de la zona. Antes de que el Gobierno declarara el cierre de la economía para prevenir la propagación del coronavirus, ella tenía tres trabajos que le permitían apoyar a su familia. “Alimentaba a mis dos hijas, que tienen seis y ocho años, trabajando como vendedora, anfitriona comunitaria, y también empleada en una casa comunitaria para personas mayores de la zona. Pero ninguno de esos trabajos era fijo”, relata. 

En casa, le encanta dibujar, escribir, y cocinar porque estas actividades le permiten canalizar su creatividad. También es una persona innovadora que en lugar de buscarse oportunidades, se las ha creado. Ahora, sin embargo, estas oportunidades están en riesgo y esto pone en tensión su rol como madre. “La responsabilidad no permite que yo me quede en casa. Poder alimentar a mis hijas está por encima de cualquier cosa”. 

La crisis está afectando de forma desproporcionada a las mujeres, pero especialmente a las mujeres cuidadoras, debido a desigualdades e inequidades que ya existían antes del coronavirus, y las cargas que experimentan las que tienen que dedicarse al trabajo remunerado y no remunerado simultáneamente. 

Las mujeres ganan 24% menos que los hombres en promedio en el mundo. En el sur global, el 75% de todas las que trabajan no tienen contratos, ni derechos laborales, o su acceso a la seguridad social está restringido. Para América Latina, en 2017, de cada cien hombres que vivían en situación de pobreza, había 113 mujeres en esta misma posición.

En Colombia, vemos también esta feminización de la pobreza empujada aún más por el COVID-19. Actualmente, de los beneficiarios del programa de subsidios del gobierno 'Ingreso Solidario', que pretende entregar a cuatro millones de colombianos en situación de vulnerabilidad económica una transferencia monetaria de $320.000 ($90 USD) por una sola vez, el 56.96% son mujeres, frente a un 43.04% de hombres. 

En este contexto desafiante, Mayerly no solamente sigue cuidando de sus hijas, sino también de su comunidad. En su tiempo libre, reparte mercados a los vecinos más necesitados del barrio y también hace almuerzos comunitarios para quienes no tienen la capacidad de cocinar ahora. Su ajiaco, que una vez compitió en concursos de cocina por la ciudad, ahora ayuda a llenar los estómagos y los corazones de los habitantes del Mirador. 

 

El teleférico que te cambiará la vida

Antes de que llegara el TransMiCable, el Mirador del Paraíso era uno de los barrios más aislados de Bogotá, y los residentes tardaban hasta tres horas a pie y una  hora y media en bus para llegar a la estación más cercana de TransMilenio: el portal Tunal. En el viaje de vuelta en el teleférico, el año pasado, recuerdo que una mujer llamada María José me contó cómo le había cambiado la vida el proyecto.

“Mi trabajo es en Usaquén, y antes me demoraba hasta cuatro horas para llegar a las oficinas en donde soy empleada doméstica. Siempre bajaba del Paraíso a pie, en la oscuridad de la madrugada, y claro, uno pasa miedo en estas caminatas porque no hay luz y cualquier persona te podría atacar. Cuando volvía lo hacía de la misma manera, subiendo a pie, y otra vez en medio de la oscuridad de la noche. Todos los días rezaba para llegar a mi casa sana y salva”, me dijo, mirándome profundamente a los ojos. “Pero ahora, me demoro solo dos horas en llegar a Usaquén y siempre estoy en mi casa para hacer la comida para mis hijos”, me sonrió con ojos brillantes y esperanza en su voz.

Estas historias de esperanza se mezclan con las preocupaciones acerca de la falta de infraestructura e inversión estatal que ahora es más evidente que nunca en Ciudad Bolívar. El hospital más cerca es Meissen, que está a dos horas en bus, y aunque se pueda llegar en TransMiCable, el viaje dura casi lo mismo debido a que la estación y el hospital no están bien conectados.

Si alguien en el Mirador se contagia y necesita atención médica, se vería obligado a exponer a muchas otras personas en este viaje largo y pesado en transporte público para llegar a urgencias. Las ambulancias también experimentan muchas dificultades en llegar allí por el desgaste de las vías montañosas y la falta de recursos materiales y humanos para hacerlas llegar. “Primero mueres, antes de que llegue una ambulancia acá”, reclama Mayerly. 

Pero la vida sigue, fortuitamente normal para algunos y alterada para otros, y en estos momentos de crisis volvemos a las cosas simples que nos aportan felicidad y tranquilidad. Para Mayerly es jugar juegos interminables de parques con su familia, dibujar, y escribir. Para Andrea es estudiar, cocinar y hacer atrapasueños. 

– “¿Por qué atrapasueños?”. 

– “En el atrapasueños regalo mis sueños para que se cumplan los tuyos”.

periodista freelance, exeditora de OpenDemocracy América Latina

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