Con la esperanza de multiplicar sus ahorros y llenar sus bolsillos de dinero, cientos de personas se dejaron seducir por un rumor que comenzó a circular por Bogotá hace dos años. La plata ya no había que trabajarla, ahora la regalaban en una esquina.
Primero, fueron unos pocos quienes se acercaron a la pequeña oficina ubicada en el edificio de la calle 72 con carrera 10.
Les quedó pequeño el centro financiero de Bogotá a los reyes midas de la tarjeta plástica. Por eso tuvieron que alquilar todo un complejo comercial y mover su operación al norte de la ciudad, con espacio suficiente para que cupiera la avaricia de los cerca de 8 millones de bogotanos.
Cada día, sin diferencia de estratos, pero con el mismo sueño, cientos de personas se agolpan sobre la entrada del Megaoutlet para adquirir una tarjeta prepago por el valor que están dispuestos a apostar y deseosos de recibir por partida doble.
20, 30, 40… cuenta el dinero una y otra vez como si creyera que en una nueva contada pudiera encontrar más de lo que lleva en sus manos. En los ojos de María Eugenia Godoy hay una expresión viva que refleja intranquilidad, ansiedad y hasta comezón. Ese entusiasmo, que contagia, incita al consumo, al deseo de acaparar más y más. Por un segundo parpadea y reacciona, “el negocio es sencillo y siempre ganas”. Comenzó depositando un millón de pesos, y al cabo de seis meses recibió tres millones en artículos y efectivo.
Estos magos de las finanzas, al igual que otros que fracasaron en su intento de multiplicar los pesos, atraen al público mediante un discurso cuidadosamente diseñado para cautivar masas y lavar cerebros, que despierta ese deseo obsesivo de amasar fortuna.
“Es satisfactorio que luego de seis meses uno reciba en efectivo entre el 70% y el 150% del dinero invertido”. Han pasado once meses desde que María Eugenia llegó por primera vez a este lugar; su ambición desmedida ha hecho que esta práctica se convierta en un vicio desenfrenado.
Ya no son uno ni dos millones, “hoy me voy con todo”, dice, y vuelve a contar su dinero sin ninguna prevención. Hace dos días sacó todo el dinero que tenía ahorrado en el banco, vendió su carro y decidió que era hora de cambiar su suerte y la de su familia. Una joven la atiende con una sonrisa amable que transmite confianza. María Eugenia le entrega varios fajos de billetes. A cambio recibe una tarjeta. El plástico es frío e insignificante, pero encierra un valor incalculable: representa su culto al dinero.