2 Apr 2021 - 12:46 a. m.

‘El Lázaro de Corabastos’: el bogotano que estuvo muerto por casi una hora

Javier Vanegas recuerda cuando, en 2013, murió y resucitó. Dice que Jesús lo llevó de la mano y le mostró el paraíso y el infierno. Hablamos con él y con el médico que lo atendió, quien describe lo sucedido como un “milagro”. Esta es su historia.
Diego Ojeda

Diego Ojeda

Periodista

En una casa ubicada entre las laberínticas calles de Bosa, en el sur de Bogotá, vive Javier Vanegas y su familia. Abre la puerta metálica de su vivienda y dice: “bienvenido. Bien pueda, siga”, a lo que respondo: “Don Javier, buenas tardes. Muchas gracias por aceptar la invitación”. Se le ve vigoroso y de buen semblante. Transmite cierta alegría por medio de sus ojos verdes, esos por los que en algún momento la gente comenzó a conocerlo con el apodo de ‘Zarco’, en el sector de Corabastos.

Subimos por unas escaleras de cemento hasta el segundo piso, donde nos sentamos a conversar. Acompañado de un tinto, Javier se dispuso a recordar lo sucedido el 20 de octubre de 2013 cuando, asegura, vio literalmente el cielo y el infierno mientras su corazón dejó de palpitar por cerca de una hora.

“Siempre he sido reciclador. Tanto en ese entonces como ahora recorro las calles de Santa Isabel y Ciudad Montes. Permanezco más de 24 horas por fuera de la casa”, comenta. Varias de las cosas que Javier recoge las ‘corotea’ (como le dice a la labor de vender artículos de segunda mano) en Corabastos. Esa, precisamente fue la rutina que hizo el día en el que su vida cambió.

Llegó a su puesto de trabajo y junto con su esposa Isolina se puso a organizar las cosas para exhibirlas en la calle a sus clientes. Minutos más tarde llegó una mujer, alias ‘La Chata’, quien conocía a Javier porque ella le vendía dosis de marihuana, perico y bazuco. Ella, de una forma agresiva — Javier dice que estaba bajo el efecto del alcohol y de las drogas — le increpa: “¿Qué hubo Zarco, quién es esa hembra?”, a lo que él responde: “Mi esposa, ¿algún problema?”.

Javier asegura que ‘La Chata’ comenzó “a formarse su propia película”, pues le echaba piropos y le decía que cuándo iban a salir. Isolina le hizo el reclamo, a lo que la otra mujer le respondió que su esposo se la pasaba con una ‘moza’ en un puesto de naranjas mientras ella le cuidaba la carreta y que, a cambio, él le daba para que comprara cerveza y pollo. “Una película sin sentido”, comenta Javier.

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“Fui entonces a hacerle el reclamo. Ella tenía un cuchillo de cortar papa, nuevo. Lo estrenó conmigo. Lo cogió de la punta y me atacó. Sentí como un arañón”, relata. Después de la discusión, Javier volvió a su puesto para terminar de organizar y, al agacharse para doblar un pantalón, sintió cómo algo caliente bajaba por uno de sus costados. Inmediatamente se puso la mano y se dio cuenta que estaba llena de sangre. “Mi esposa me dijo: ¡Ay! papito, le dieron, le dieron”.

En ese momento él no lo sabía, pero eso que había descrito como un rasguño, en realidad era una herida que había penetrado casi tres centímetros su corazón. Como pudo se apoyó en los hombros de su esposa, dejaron el puesto botado, y caminaron unas cuadras con dirección a un Centro de Atención Médica Inmediata (CAMI).

En ese lugar permaneció 20 minutos, pues ante la gravedad de la herida decidieron trasladarlo al Hospital de Kennedy. Javier corría el riesgo de presentar un paro cardiaco. “Yo estaba preocupada porque no lo atendían”, comenta Isolina, quien para este punto de la historia ya se había sumado a la entrevista. “Fui rápido a buscar al doctor. Él fue y habló con el internista y le explicó que venía con una herida en su corazón. Dijo que lo subieran al segundo piso para que le sacaran una radiografía. Luego me comunicaron que lo iban a dejar. Dije que bueno, nos despedimos y lo entraron al quirófano”, comenta.

Las horas pasaban y a Isolina no le daban respuesta sobre la evolución de su esposo. El celador del hospital le decía que esperara, que él seguía en el quirófano. Lejos estaba de saber que en ese lugar estaba ocurriendo un caso, cuanto menos insólito de la medicina.

En entrevista con El Espectador, el doctor Miguel Antonio Ramírez, quien es el profesional de la salud que atendió a Javier, describe que el paciente llegó en malas condiciones. Sudoroso, pálido. Ordenó que le practicaran una toracotomía de reanimación. Los esfuerzos del personal médico lograron suturar la herida que había en el costado izquierdo del órgano afectado, pero a los 20 minutos de la cirugía el mismo entró en paro.

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“Iniciamos entonces una reanimación cardio pulmonar abierta, pero no respondía. 25 minutos después el anestesiólogo me dijo que el paciente ya estaba muerto, que su corazón estaba dilatado, que no perdiéramos más tiempo. Se quitó los guantes y se fue”, comenta. Pero Ramírez no perdía la esperanza de que Javier pudiera reaccionar. Es así como durante 49 minutos siguió masajeando el corazón de su paciente.

De esa escena Javier lo último que recuerda es estar en el quirófano en compañía de un considerable número de profesionales de la salud. Lo anestesiaron antes de practicarle la cirugía y, mientras veía la lámpara que alumbraba la camilla del quirófano, se fue quedando dormido.

Hace una pausa en el relato, mientras se acomoda un poco en el sillón de su casa desde donde cuenta la historia. Continúa. “Luego vino algo maravilloso a mi vida, que es ‘El Mesié’, una persona con una bata color beige que cubría su cuerpo hasta llegar a sus pies, los cuales eran como los de un bebé y estaban adornados con unas sandalias color café, hermosas. Tenía además una capota, por eso no pude ver su rostro. Me tomó de la mano y sacó mi espíritu de mi cuerpo”, asegura.

Según Javier, aunque este ‘Mesié’ no le hablaba, él podía sentir lo que le transmitía, y viceversa. Es así como concluye que se trataba de Jesús. A diferencia de otras personas que reportan haber tenido una experiencia cercana a la muerte, este hombre no vio una luz al final de un túnel, o su cuerpo tendido en la camilla mientras el cuerpo médico trataba de reanimarlo. No, su experiencia fue como si de inmediato fuera transportado a otra dimensión.

En ese plano, dice, gozaba de sus cinco sentidos. Vio una montaña, la cual podía ser ascendida caminando por un sendero de tierra que la recorría en forma de caracol. Comenzaron a subir, no sabe por cuánto tiempo, pues no tenía la noción de si habían pasado segundos, horas o días. Cuando llegaron a la mitad desviaron su camino y es ahí cuando asegura haber visto el paraíso.

“Es un lugar bello, donde no hay sol ni luna. El cielo siempre está blanco. Se siente una paz profunda. Las almas están arrodilladas ante la presencia de Dios. Unos están orando y otros haciendo cánticos de alabanza. También vi el trono de Dios, que arranca como con una escalera. Solo pude ver la parte de abajo, como los primeros tres o cuatro escalones de piedra. Además se podían ver unos pastales maravillosos”, describe.

Javier asegura que en ese lugar pudo ver a la abuela de su esposa. “Ella murió en Cristo Jesús”, dice. “También estaba la hermana Ligia. Con ella compartimos muchas células familiares — reuniones cristianas que se hacen en las casas y se habla de Dios —. Las veía más jóvenes. Podría notar en sus caras una alegría inmensa por estar en ese lugar”, dice.

Asegura que ‘El Mesié’ percibía que él quería quedarse en ese lugar, pero le transmitía que ese no era el momento, porque tenía que volver a contar lo que estaba viendo. “Seguimos subiendo y, antes de llegar a la cima, comencé a sentir un ambiente muy diferente, desagradable, con olor a cal, como a azufre, como cuando uno va a la morgue”.

Asegura que vio el infierno, desde una perspectiva como cuando alguien ve a Bogotá desde Monserrate. Entre las almas que nadaban en un interminable lago de lava pudo reconocer a ciertas personas con quienes compartió en vida, a quienes escuchaba pedir un desesperado auxilio.

Uno de ellos era un primo de su esposa, a quien había conocido 13 años atrás. Él era zoofílico, asegura. “Ella me lo presentó en unas circunstancias muy desagradables. Él y su banda habían acabado de robar una joyería. Ese día cogió una gallina y la penetró, y cuando lo hizo, la gallina hizo un sonido y se murió. Él mandaba a las hermanas para que le trajeran más gallinas. Esa escena nunca se me va a olvidar, porque en su rostro podía ver una tristeza profunda, mientras por encima del fuego corría una gallina, y con la única mano que tenía por fuera del lago bregaba para cogerla”, relata.

Asegura que también pudo ver a parte de las principales bandas de Patio Bonito, como la de Alirio Cano. “Vi a tres de los hermanos: Rafico, Alirio y Darío Cano. En vida, ellos me compraban balas, porque en un momento trabajé como vigilante, pero no sabía que las usaban para matar”.

‘El Mesié’ le transmitió que si se quería quedar ahí. Él respondió que no, se dieron media vuelta y comenzaron el retorno. Descendieron la montaña y, al llegar a la parte baja, este le soltó la mano. Javier sintió como si fuera transportado a la dimensión de la que había sido sacado, y fue en ese momento cuando comenzó a escuchar aplausos. Era el de los médicos que estaban en el quirófano, pues la maniobra que por cerca de 50 minutos había practicado el doctor Ramírez , quien estaba a punto de desistir, había surtido efecto. El corazón de Javier volvió a latir.

Era la primera vez que un paciente respondía a esta técnica de reanimación tras pasar tanto tiempo sin pulso. El protocolo que aplican estos profesionales de la salud es el de hacer reanimación cardiopulmonar durante 20 minutos, pasado ese tiempo no insisten más, no solo porque es casi nula la posibilidad de que la persona vuelva a tener ritmo cardíaco, sino porque la falta de oxígeno, que para ese momento ha dejado de recibir el cerebro, genera secuelas considerables.

Javier no sólo resucitó, sino que superó esa experiencia sin ningún daño en su cerebro. El doctor Ramírez describe esto como algo milagroso, de allí que le pusiera un nuevo apodo: “El Lázaro de Corabastos”.

Su caso ha sido retomado recientemente por varios medios de comunicación, como el programa Noches de Misterio de Caracol Radio, el cual es dirigido por el periodista Juan Jesús Vallejo. Javier no lo piensa dos veces cada vez que le piden contar su historia, pues cree que esa es precisamente la misión por la que Jesús, o ‘El Mesié’, le permitió volver a la vida.

¿Un milagro?

Después del episodio de Javier, los médicos del Hospital de Kennedy aumentaron los tiempos en el protocolo de reanimación, con la esperanza de replicar lo que hizo el doctor Ramírez. Pero ninguno lo ha vuelto a lograr, ni siquiera él mismo. Aunque no deja de ser un caso bastante inusual en la medicina, hay profesionales de la salud que creen que lo sucedido aquel 30 de octubre tiene una explicación científica.

Así lo considera, por ejemplo, la doctora Luz Marina Cano, quien es PhD en pensamiento complejo. Asegura que técnicamente Javier no estaba muerto, porque durante esos 49 minutos de reanimación su corazón estaba latiendo de forma asistida y manteniendo la oxigenación cerebral. Cree que su cerebro pudo haber cambiado su metabolismo para aprovechar de una mejor forma el poco oxígeno que le estaba llegando.

Esta profesional además explica que en casos como el de Javier es muy probable que queden secuelas, porque hay zonas del cerebro que comienzan a perder neuronas.

“Yo creo que si los milagros existen no deben ser explicados por la ciencia, son milagros. La concepción del milagro guarda una relación infinita con el sistema de valores y creencias de la familia. Yo no puedo decir que ocurrió o no un milagro, porque eso sería hacer un juicio sobre la media de lo que piensa la población”, menciona Cano al respetar la creencia que tiene Javier y sus familiares sobre este episodio, y más cuando asegura tener una amplia experiencia en cuidados paliativos, donde ha presenciado en más de una ocasión cómo sus pacientes comienzan a describir nubosidades, luces y colores, antes de morir.

El doctor Miguel Antonio Ramírez, quien fue cirujano general y vascular en el Hospital de Kennedy, además de haberse desempeñado como jefe del Departamento Quirúrgico de la misma institución, considera que sí, Javier murió, porque su corazón era uno cadavérico, y el hecho de que no solo haya vuelto a la vida, sino que haya quedado sin secuelas, es un milagro que no puede ser explicado por la ciencia.

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