Bogotá

3 Oct 2009 - 8:59 p. m.

El lector

Luis Álvarez lleva ocho años leyendo historias a habitantes de la calle, a niños y a trabajadoras sexuales.Trabaja con Asolectura, una organización que recibe apoyo de la Secretaría de Cultura y de la Fundación Gilberto Alzate Avendaño.

Diego Alarcón Rozo

Alguna vez un hombre ya mayor se acercó y le dio las gracias. Le agradeció porque con su voz lo había transportado al pasado, lejos del hambre, cuando estaba limpio y leía. Le dijo que en la calle 15 palabras son suficientes para sobrevivir. Sólo 15 palabras para respirar, pecar y eludir la muerte. “Gracias porque con usted escuché lo que hace mucho tiempo no escuchaba”.

Aquel hombre, supo después, había abandonado sus estudios de literatura. Por una razón cualquiera cambió las letras por las calles y las frases por las drogas. “Aunque parezca, en las calles no descansan. Cuando llegan al taller generalmente duermen. No hay peligros, no hay miedos, no hay nada”, dice ahora Luis Eduardo Álvarez, el lector, el receptor de agradecimientos.

Los que permanecían despiertos, algunos todavía con la lucidez encarcelada en el basuco, escuchaban a Álvarez leer, en especial cuando aseguraban ver su vida reflejada en las páginas, enfrentando a la Sorpresa, de Federico García Lorca: Muerto se quedó en la calle con un puñal en el pecho. No lo conocía nadie. ¡Cómo temblaba el farol! Madre. ¡Cómo temblaba el farolito de la calle!

Así es la vida en los hogares de paso. Ese es el trabajo de Álvarez. “Mi labor es la de entregar palabras. A veces pienso que es ideal, una oportunidad hermosa de ganarse la vida”.

Comienza la sesión

Luis Eduardo Álvarez espera al lado de una cancha de baloncesto, en la sede de la carrera 27 sur del Instituto Distrital para la Niñez y la Juventud (Idipron). Es casi mediodía y el joven se protege del sol con una gorra. Tiene barba.

Esta vez, cuenta jalándose los pelos del mentón, leerá a un grupo de cerca de 20 internas, de niñas entre los 10 y los 14 años cuya suerte ha estado ligada a la violencia sexual, al maltrato, a las drogas, a la prostitución, a la fatalidad. Camina al salón, las pequeñas lo esperan sentadas en pupitres organizados en círculo. Se para en el centro y comienza a leer Fernando Furioso, de Satoshi Kitamura. A medida que camina habla lento, gira y muestra las páginas a todo su público. Cuenta la historia de un niño de nombre Fernando, que se puso iracundo cuando su madre no le dio permiso para ver una película de vaqueros. La furia originó un terremoto universal. Álvarez pregunta: “¿Será que vale la pena ser tan furioso?”. Se escucha un no a voces que invade el salón. “¿Qué hacer para pasar la rabia?”, “¡dormir¡”, grita una de las asistentes y no demora mucho en aparecer otra voz plagada de picardía: “Parece que Argenis está brava, porque se quedó dormida”. Ahora sólo se oyen carcajadas.

“La idea no es sólo leer. De la lectura nacen reflexiones y, de las reflexiones, enseñanzas. Debatir lo leído forma parte de nuestro trabajo”, dirá después, fuera del aula, el lector, a quien las niñas llaman Profe. Entonces saca nuevas páginas de su maletín: El libro triste, de Quentin Blake. Uno de los favoritos de Álvarez. El ritual se repite.

Después de ocho años leyendo en voz alta son muchas las palabras que el lector ha pronunciado. Ya venció la timidez de los primeros días, las épocas en que le temblaban la garganta y los tobillos. A estas alturas, entra en las Historias de cronopios y de famas , de Julio Cortázar, o en la poesía de Miguel Hernández o en la de César Vallejo, sin que recuerde sus días colegiales, cuando las profesoras criticaban a los niños por tartamudear en sus lecturas en público.

Es hora de almuerzo, el libro de Blake sumerge al grupo en las divagaciones de la muerte. “¿Se puede morir de tristeza?”, cuestiona el Profe. “Sí. De pena moral”, responde alguien y Álvarez concluye: “¿No les parece bonito ese nombre, pena moral?”. El taller ha terminado por hoy.

Por el derecho a leer y escribir

En el año 2000 nació Asolectura, una fundación sin ánimo de lucro, en pro del derecho a leer y escribir. Hace ocho años la organización dio inicio al programa Clubes de Lectores, que consiste en formar lectores que se dediquen a trabajar con poblaciones que por lo general no tienen acceso a los libros. Leen en cárceles, a población habitante de la calle, a niños desamparados, abuelos, trabajadoras sexuales y desmovilizados de grupos armados en diferentes zonas de Bogotá. De igual manera, ha organizado talleres con los asistentes a las bibliotecas distritales.

En la actualidad, Asolectura cuenta con ocho lectores. Sin embargo, otro de los componentes de la fundación consiste en la  realización de seminarios que sirvan de capacitación para nuevos lectores. Hoy, cerca de 40 jóvenes, vinculados con el área de las humanidades, se encuentran en proceso de formación, de acuerdo con palabras de Paola Roa, la coordinadora de proyectos de la organización.

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