25 Apr 2021 - 2:00 a. m.

El paraíso de aves que resguarda Cundinamarca

La zona, recientemente designada Área Importante para la Conservación, es una de las estaciones claves de las aves que migran al sur del continente, y preserva los últimos vestigios de bosque seco tropical en la zona.

El mejor espectáculo se ve en las primeras horas del día. En uno de los puntos más altos del cerro El Tabor, dos veces al año llegan las bandadas de águilas, que al migrar de Norteamérica tienen como estación esta zona en el noroccidente de Cundinamarca. La primera parada es en octubre, durante la migración de otoño. La segunda es en marzo, para la de primavera, de regreso al norte.

No solo hay águilas cuaresmeras, como se les conoce a las migratorias, sino, con un poco de paciencia, se pueden ver otras aves endémicas como el atrapamoscas apical o la eufonía del Magdalena, que son propios del bosque seco tropical. “Tenemos colibríes, copetones, toches, carpinteros, turpiales, torcazas, pechiblancas y hasta loros, y en la flora se encuentra caucho, flautón, madre de agua, arrayanes, heliconias, helechos y palmas, además de la reserva acuífera que surte a siete microcuencas”, señala José David Oliveros, uno de los más experimentados guías de la zona.

“Lo ambiental lo llevo en mi mente, en mi profesión y en las venas. Desde pequeño he caminado y conocido el cerro. Por eso todo lo que aprendí se lo he enseñado a los niños, porque tenemos que proteger nuestra tierra. Y funcionó, porque entre muchos nos esforzamos por cuidarlo. Ya luego los alcaldes empezaron a dar recursos y así comenzamos a trabajar para proteger el cerro”, señala Oliveros.

Él puede recorrer este cerro con los ojos cerrados. Entre las fincas vecinas, en muchas de las cuales hay cultivos de plátano o café y aún se conserva la huella de los antiguos caminos reales, o entre el monte, para hallar a esos animales y especies que atraen a estudiantes e investigadores hasta este lugar, conocido como el paraíso de las aves. Son tres grandes caminos que terminan en altos picos o enramadas, sobre las que se encuentra todo tipo de biodiversidad y que finalmente une a los municipios de Pulí, Beltrán y San Juan de Rioseco.

Según la Corporación Autónoma de Cundinamarca (CAR), una parte de esta gran reserva hace parte de los arbustales secos del Magdalena Medio en Tolima y Cundinamarca, lo que la hace un área prioritaria para la conservación de la biodiversidad. Además, allí han sido identificadas 143 especies de mamíferos, 129 tipos de reptiles y anfibios, así como 37 animales protegidos por la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres (CITES).

Con este objetivo, en 2005 se delimitó la zona y se consideró reserva forestal protectora y productora, la cual es la más grande de la CAR en Cundinamarca. Mientras que, en 2018, fue declarado bosque seco tropical, como uno de los últimos relictos que se preservan en el centro del país. Parte de esto motivó a que en 2015 se solicitara al Instituto Humboldt declarar la zona Área de Importancia para la Conservación de las Aves (AICA), una de las delimitaciones más importantes en el mundo, que finalmente se consiguió en junio del año pasado.

“Desde el principio fue claro que el área contaba con el potencial para ser designada bajo esta figura. Sin embargo, fue necesaria la recolección de información adicional que permitiera demostrar el cumplimiento de los criterios establecidos, en especial el Criterio A21, al contar con la presencia de especies endémicas o de rango restringido para Colombia”, indicó en su momento Hernando García, director general del Instituto Humboldt.

Esto ha sido fundamental en la estructuración del plan de protección, así como el de turismo, con el que se busca reactivar esta zona, que queda a dos horas y media de Bogotá y en el pasado se vio golpeada por el conflicto. Sobre el camino, desde el casco urbano de San Juan de Rioseco a El Tabor, que demora 25 minutos, hay múltiples historias del paso del frente 42 de las Farc por el municipio.

Tan solo en el descenso del Alto de las Antenas, desde donde se ve el río Magdalena y una gran porción del Tolima, quedan los restos de una estación de Policía donde pusieron una bomba. El terreno agreste era propicio para albergar a la guerrilla, pero lo que ahora todos quieren es que se abra para incentivar la economía. “Queremos hacer un mix entre la reserva turística y las fincas cafeteras y cañeleras”, señala Camilo Andrés Mogollón, alcalde de San Juan.

Para esto, la CAR ha estado realizando estudios para determinar el tipo de turismo y las intervenciones que se deben hacer en la zona, pues pese a que se accede desde caminos arrieros, también se debe hacer un esfuerzo desde las alcaldías por mejorar la oferta de los servicios en sus municipios y, de paso, facilitar y velar por la protección de la zona. Al respecto, Mogollón asegura que se habla de una gobernanza de los mismos campesinos que viven en el cerro, como Oliveros; se contempla la posibilidad de hacer senderos elevados y en piedra en 4,5 kilómetros, y construir mejores miradores y plazoletas para agregarle atractivo a la zona.

Mientras se definen inversiones conjuntas, no solo entre los municipios sino además con la Gobernación y la CAR, la invitación es la visitar esta reserva, pues el turismo en tiempos de pandemia se ha convertido en una de las principales brechas a explorar para potencializar la zona, que no entra en la gama de municipios turísticos, pero tiene todas las condiciones para ser uno de los lugares más apreciados de Cundinamarca.

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