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El policía historiador

Perfil de un miembro de la Fuerza Pública que, por momentos, deja a un lado su pistola para armarse de palabras y convertirse en guía turístico en el centro de la capital.

Alfredo Molano Jimeno

14 de noviembre de 2009 - 03:59 p. m.
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Manuelita Sáenz, la libertadora del Libertador, a la cual Bolívar llamó “mi loca amante”, en realidad nunca fue su concubina, por el contrario, él fue el amante de esta bella quiteña, quien estuvo casada con un médico inglés. Así la presenta Mario Ladino, un caleño de 30 años que dejó de perseguir delincuentes y hacer requisas para convertirse en guía turístico.

Desde hace 13 años es policía, pero aún así, dedica sus días a pasear turistas y curiosos en el centro de Bogotá, a quienes narra, con limpieza y lucidez, algunos de los empolvados episodios de la historia capital. Conoce mejor que muchos historiadores los vericuetos de nuestro pasado. El subintendente Ladino, como lo llaman sus compañeros de oficina —que no es otra que los alrededores de la Plaza de Bolívar— es a todas luces un narrador de historias.

Llegó a Bogotá en 1996, cuando fue trasladado de Neiva. Empezó a cuidar el Museo del Oro, y luego, el Nacional; según él, éste fue el momento en que se enamoró de la historia. Desde hace un año y medio pasea a los visitantes de la capital. Tuvo que aprender a contar historias, a mejorar su expresión, a tranquilizarse ante la mirada curiosa de sus acompañantes, y hoy es uno de los protagonistas del programa de turismo que desde hace ocho años se hace en los alrededores de la casa de Gobierno. Todos los días hace dos recorridos —a las 10 de la mañana y a las 2 de la tarde— pero nunca repite el cuento. Su lugar favorito es el marco de la Plaza de Bolívar, al cual llama “nuestra joya arquitectónica”.

En un momento en que los jóvenes han cambiado las historias de los abuelos por programas de televisión y juegos de computadora, Ladino se apasiona por la lectura y las leyendas bogotanas. Lo habitan personajes de antaño: Francisco de Paula Santander, Tomás Cipriano Mosquera y José Celestino Mutis; de ellos conoce su vida y hasta su cuarto apellido, sabe sus historias amorosas, sus triunfos y fracasos. Cuenta que la demora en la construcción de la Casa de Nariño —que tardó 78 años—, se debió a que un hermano de Mosquera, que era obispo, cuando fue a bendecir los ladrillos del Palacio soltó una maldición que hizo paralizar las obras una y otra vez. La razón: la desamortización de tierras en manos de la Iglesia que su hermano llevó a cabo durante su presidencia. Con notable interés, el subintendente se paraliza ante el monumento de la batalla de Ayacucho, pues las guerras de Independencias y las historias de los próceres le despiertan enorme curiosidad.

Ladino es un recreador de esquinas. Recorre el centro deteniéndose frente a los suntuosos palacios coloniales y republicanos, ante los cuales evoca anécdotas maravillosas, en las que se mezclan los anales de la historiografía bogotana con las leyendas y mitos propios de nuestra tradición oral. Cuando ve una de las placas que conservan los antiguos nombres de las calles del centro, suelta una pintoresca explicación: la calle del divorcio —cuenta— fue bautizada así porque allí se estableció la primera prisión de mujeres en 1575, a la cual en su mayoría llegaban sindicadas de adulterio, “y como los hombres gozaban del apoyo de las autoridades civiles y eclesiásticas, aquí venían a parar”.

Con este programa Ladino ha descubierto una parte suya que no conocía. Quiere hacer una licenciatura en historia, porque para él, la historia, el pasado que se esconde tras el polvo y el olvido, es algo que llevamos por dentro y que está en cada uno de nosotros.

Por Alfredo Molano Jimeno

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