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El río Bogotá mejora, pero las deudas ambientales ralentizan su recuperación

Cinco años de indicadores ambientales muestran que el río Bogotá comienza a responder a las inversiones en saneamiento, pero su recuperación sigue siendo frágil. Mientras algunas fuentes de contaminación disminuyen, las grandes obras siguen en veremos.

Miguel Ángel Vivas Tróchez

25 de junio de 2026 - 06:00 p. m.
Impacto de las curtiembres en en río Bogotá a la altura de Villa Pinzón
Foto: CAR Cundinamarca
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Durante buena parte del siglo XX, la salud del río Bogotá fue el precio silencioso y abominable que se tuvo que pagar por el crecimiento de la capital. Mientras la ciudad se expandía por todos los puntos cardinales y los municipios de la Sabana multiplicaban su población, el cauce se convirtió en el destino final de las aguas residuales domésticas, los vertimientos industriales, y los desechos de una región que creció mucho más rápido que su infraestructura ambiental. Décadas después, esa historia empieza a mostrar algunos cambios, aunque insuficientes para hablar de un río recuperado.

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El recién publicado balance de gestión de la Secretaría Distrital de Ambiente ofrece una de las radiografías más completas sobre esa transformación. Entre 2021 y 2025, el Distrito siguió el comportamiento de variables que permiten medir la presión que soporta el río, entre ellas la Demanda Bioquímica de Oxígeno (DBO5), los sólidos suspendidos totales (SST), las cargas contaminantes y el aporte de la actividad industrial. Leídas en conjunto, esas cifras dibujan un panorama más complejo que la idea de un río que simplemente mejora o empeora. En cambio, hablan de un proceso que avanza de forma desigual y cuya consolidación todavía depende de decisiones que trascienden las obras de saneamiento.

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¿Qué dice el estudio?

Uno de los indicadores que más llama la atención corresponde a la DBO5, medida utilizada para medir la cantidad de materia orgánica presente en el agua. En 2021, el río Bogotá recibió 70.259 toneladas anuales de esa carga; cuatro años después, la cifra ascendió a 100.285 toneladas, un incremento cercano al 43 %. En términos ambientales, ese aumento implica que el ecosistema sigue recibiendo grandes cantidades de materia orgánica cuya descomposición demanda oxígeno, un recurso indispensable para la vida acuática.

Por otro lado, los sólidos suspendidos totales cuentan una historia distinta. El indicador pasó de 119.098 toneladas en 2021 a 104.656 en 2025, aunque durante el periodo registró fluctuaciones importantes. Después de una reducción inicial, volvió a incrementarse en 2023, descendió de manera significativa un año después y repuntó nuevamente en la medición más reciente. El informe atribuye ese comportamiento tanto a las cargas contaminantes como a factores hidrológicos propios de la cuenca, entre ellos la variación de los caudales, los periodos de lluvia y la resuspensión de sedimentos acumulados en el lecho del río.

Una recuperación que no se consolida

Vista de manera aislada, cada una de esas cifras podría conducir a conclusiones distintas. Algunas muestran avances y otras reflejan retrocesos. Sin embargo, al reunirlas aparece una idea común, y es que el río Bogotá atraviesa una etapa de transición ambiental. La descontaminación empieza a mostrar resultados en algunos frentes, pero el sistema todavía no logra reducir de manera sostenida la presión que soporta el cauce.

La mejor muestra de esa tensión aparece al comparar las cargas industriales con todo lo que llega al el río. Mientras la DBO5 generada por las industrias entre 2021 y 2015 pasó de 8.724 a 7.063 kilogramos por establecimiento, y los sólidos suspendidos industriales descendieron de 4.993 a 1.785 kilogramos, la carga orgánica total continuó aumentando. Es decir, pese a que parte del sector productivo mejoró su desempeño ambiental, esos avances todavía no compensan el volumen de contaminación que llega desde otras fuentes.

El propio informe ofrece una explicación para esa aparente contradicción y resalta que, aunque las estrategias de control sobre los vertimientos industriales muestran resultados, la mayor parte de la carga contaminante sigue asociada a las aguas residuales domésticas y a un sistema de saneamiento que aún no opera de manera completa. La Secretaría de Ambiente advierte que mientras las obras previstas en el Plan de Saneamiento y Manejo de Vertimientos no entren plenamente en funcionamiento, las cargas pueden continuar creciendo como consecuencia del aumento poblacional y del tratamiento insuficiente de las aguas residuales.

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La composición de la contaminación industrial también ayuda a entender dónde persisten los principales retos. En 2025, el sector textil y las curtiembres concentraron cerca del 79 % de la carga orgánica industrial monitoreada por el Distrito, una señal de que algunos sectores económicos continúan ejerciendo una presión considerable sobre la calidad del agua, pese a los avances registrados en otros frentes.

Los aspectos a corregir

Mientras las cifras del informe muestran una recuperación modesta del río, el estado de las principales obras de saneamiento ayuda a entender por qué esa recuperación todavía no logra consolidarse. Ningún proyecto resume mejor esa expectativa que la Planta de Tratamiento de Aguas Residuales (PTAR) Canoas, llamada a convertirse en la infraestructura ambiental más importante del país y en una de las mayores de América Latina.

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Cuando entre en operación, prevista para 2032, la planta tratará cerca del 70 % de las aguas residuales generadas por Bogotá y la totalidad de las provenientes de Soacha. Junto con la PTAR Salitre, permitirá depurar prácticamente todas las aguas residuales de la capital antes de que lleguen al río Bogotá. Hasta entonces, el sistema continuará funcionando de manera parcial, una circunstancia que ayuda a explicar por qué la carga orgánica total todavía no refleja una reducción sostenida, pese a los avances registrados en algunos sectores.

En este sentido, tanto Bogotá como los municipios aledaños a la cuenca tienen una deuda que ya no es ambiental y trasciende a lo jurídico. Desde que el Consejo de Estado profirió la histórica sentencia para ordenar la recuperación integral del río, en 2014, el cumplimiento de las obligaciones quedó distribuido entre decenas de entidades nacionales, departamentales y municipales, bajo la premisa de que ningún tramo de la cuenca podría recuperarse si el resto continuaba descargando contaminación aguas arriba.

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Sin embargo, esa coordinación sigue siendo uno de los mayores desafíos. De acuerdo con un informe reciente de la Contraloría, 29 municipios de la cuenca mantienen incumplimientos frente a las obligaciones establecidas por la sentencia, entre ellas la actualización de instrumentos de ordenamiento, la ejecución de obras de saneamiento y la implementación de acciones para reducir los vertimientos.

La presión que ejerce el crecimiento urbano añade otra capa de complejidad. Durante los últimos años, la Sabana se consolidó como uno de los principales escenarios de expansión residencial, industrial y logística del país. Con un crecimiento demográfico del 117 % en los últimos 10 años, comenzó la era de nuevos proyectos de vivienda, parques industriales y plataformas de servicios que continúan ocupando un territorio cuya red hídrica mantiene una relación directa con el río Bogotá. Esa transformación no implica, por sí sola, un deterioro ambiental inevitable, pero el reto consiste en acompasar ese crecimiento con la capacidad del territorio para captar, tratar y devolver el agua sin trasladar nuevas cargas contaminantes al sistema hídrico.

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Ese contexto convierte al río en mucho más que un cuerpo de agua. Su comportamiento funciona como un termómetro de la capacidad ambiental de la sabana para absorber las decisiones que hoy empiezan a redefinir el territorio. Quizá esa sea la principal enseñanza que deja esta nueva radiografía del afluente.

El desafío ya no consiste únicamente en descontaminar un cauce que durante décadas recibió la mayor parte de las aguas residuales de la región, sino en conservar y profundizar los avances alcanzados en un momento en que la Sabana vuelve a discutir cómo crecer, dónde construir y de qué manera equilibrar el desarrollo urbano con la capacidad ambiental de una cuenca que apenas comienza a ofrecer señales de recuperación.

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Por Miguel Ángel Vivas Tróchez

Periodista egresado de la Universidad Externado de Colombia interesado en Economía, política y coyuntura internacional.juvenalurbino97 mvivas@elespectador.com
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