11 Jan 2020 - 2:00 a. m.

El taxista bogotano que es ejemplo de superación al volante

Una bala le quitó a Willington Rozo la capacidad de usar sus piernas y casi lo deja postrado en una cama. Hoy trabaja 12 horas al día y se considera un “súper capacitado”, tras las numerosas barreras que ha superado.

Diego Ojeda / @diegoojeda95.

Si don Willington ve a un pasajero “bajito de nota” le cuenta su historia para levantarle el ánimo. / Diego Ojeda
Si don Willington ve a un pasajero “bajito de nota” le cuenta su historia para levantarle el ánimo. / Diego Ojeda

“En mi labor como taxista, a ratos me toca hacer las veces de consejero. Por ejemplo, el otro día recogí a un muchacho sobre la calle 26 que estaba llorando, iba tomadito y despechado. En varias ocasiones me dijo que quería suicidarse porque la novia, con la que tenía planes de casarse y salir del país, le había sido infiel. Yo le dije: “Pero cómo va a decir eso, si usted es joven, profesional y sobre todo está bien físicamente. Míreme, cuánto me gustaría volver a caminar, sentir las plantas de mis pies... hasta de fatigarme por correr. El hombre entró un poco en razón y dijo que estaba siendo desagradecido con la vida”.

La anterior es una de las historias que por años ha recopilado Willington Rozo, un taxista de 41 años que ha demostrado ser ejemplo de superación al volante, pues, a pesar de que una bala le quitó la capacidad de usar sus piernas, se levanta todos los días a recibir su taxi a las cinco de la mañana para trabajar, durante doce horas, en las calles de Bogotá.

“Por esos tiempos el trabajo estaba pesado, no era mucho lo que uno podía escoger. Yo sí los vi sospechosos, pero no tuve otra que encomendarme a Dios y a sus santos para prestar el servicio”, relata sobre los momentos previos al ataque.

“Cuando íbamos llegando al punto de destino comencé a sentir una energía caliente. Los pasajeros comenzaron a ponerse problemáticos. Me forzaron a meterme por unas calles solas. En una de esas, el pasajero que iba atrás me puso un cuchillo, yo reaccioné haciéndome a un lado y poniéndole la mano. En ese momento, el que iba a la derecha abrió la puerta y empezó a dispararme. Fueron cinco los impactos que recibí”, agrega Rozo.

Los atacantes huyeron y dejaron al taxista inconsciente. Algunos transeúntes lo encontraron y lo llevaron al Hospital de Kennedy, donde permaneció hospitalizado durante algunos meses. El dictamen médico dio cuenta de un trauma raquimedular causado, según explica, por las ondas magnéticas calientes de la bala cuando rozó su columna vertebral.

Lo que vino después fueron cuatro años de estar postrado en una cama, doce cirugías y diversas infecciones urinarias. Todo esto acompañado de una depresión y la lucha diaria para superarse a sí mismo.

En un intento por facilitarle a su esposa la crianza de sus hijos, Rozo se mudó a la casa de su mamá, quien trabajaba prestando servicios de aseo en casas de familia. Al día, ella se ganaba $20.000, un billete que le tocaba “estirar” para comprar cada tres días una bolsa de pañales que valía $24.000.

De a poco, este taxista comenzó a mejorar el control de sus esfínteres y luego a avanzar en su independencia, hasta llegar al punto de montarse en su silla de ruedas y movilizarse por la ciudad. Esto le permitió ir a paraderos de buses y trabajar vendiendo boletas de rifas que él mismo organizaba.

En una de esas jornadas conoció a un hombre que, como él, había perdido la capacidad de mover las piernas, pero que con la ayuda de unos aparatos ortopédicos podía conducir un Daewoo Cielo color gris. Al compartir la misma condición, no fue difícil para Rozo entablar una amistad con esta persona, quien, sin saberlo, le estaba mostrando la respuesta para que él pudiera volver a dedicarse a lo que realmente le apasiona: el transporte público.

Sabiendo que podía volver a conducir, se esforzó para poner sus papeles al día. Tiempo después, junto con su hermana, compró un carro particular al que adaptó con palancas para manejar solo con las manos. En suma, son dos varillas que manipula con su mano izquierda, la primera le sirve para meter el clutch y acelerar, y la segunda es para frenar. Con la otra mano manipula el volante, la palanca de cambios y las aplicaciones de movilidad que tiene instaladas en el celular.

Desde la sala de su casa, en compañía de sus dos perros pug, este taxista finaliza su relato diciendo que sus planes futuros son ver a sus hijos convertidos en profesionales y superarse día a día, viéndose a sí mismo como un “súper capacitado” que supo pasar las pruebas que le impuso su “discapacidad”. Un ejemplo de vida al volante, dispuesto a contar su historia para darle ánimo a aquel que se queja por pequeñeces.

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