Al llegar al lugar, los dos ocupantes de la ambulancia, ambos enfermeros, se bajan, alistan sus equipos y suben una empinada escalera hasta un apartamento cualquiera en Chapinero. Minutos después bajan. Con una sonrisa sentencian: “Otro borracho”.
La espera es a la urgencia como el silencio a la música, el eterno preludio. En una estación de servicios, en la calle 76 con autopista Norte, la 5010 descansa antes de que la radio vuelva a indicar el santo y seña de la desgracia de alguien más. Entonces, tanto el conductor como el auxiliar se relajan un poco.
De nuevo la radio, de nuevo la sirena, de nuevo la expectativa. Esta vez la primera imagen es la de varios carros destrozados, una mujer que llora y unos borrachos que miran la escena, como si se tratara de un elaborado teatro callejero. Esta vez las heridas fueron mínimas: un par de cortadas en la cabeza, un cierto mareo por el golpe. No suele ser así.
Siempre la radio. Esta vez la descripción incluye las palabras arma, fuego, herido, un diminuto rompecabezas que puede encerrar la peor de las miserias. La noche pasa, más allá de la ventana, en un lejano ‘collage’ de destellos, una serie de luces que se quedan atrás y vuelven a aparecer y se quedan atrás…
Falsa alarma. Nadie está herido, nadie ha disparado, pero, al otro lado de la radio, el operador del Centro Regulador de Urgencias y Emergencias (Crue) anuncia un accidente de tránsito y agrega: “Alguien quedó atrapado”. Al lugar llega una combinación de luces parpadeantes, un desfile luminoso que señala el sitio del accidente. Son casi las 5:00 a.m. Con el cansancio en los ojos, los integrantes de la 5010 sienten que la noche, con todas sus tragedias, ya está muriendo, que lo peor ya quedó atrás, al menos por hoy.