Bogotá

2 Oct 2009 - 10:01 p. m.

Encuentran a pareja de esposos chinos asesinados en su casa

El escalofriante hecho tiene conmocionados a los residentes del barrio San Luis, en la localidad de Barrios Unidos.

Laura Ardila Arrieta

En la panadería Ricopán, a pocos pasos de la tragedia, llevaban varios días extrañando la visita del señor Reng Ran Lin, quien sin falta llegaba todas las mañanas a comprar el desayuno.

Un vecino de la cuadra, de los muchos que hoy han salido a apostarse en las esquinas cercanas para comentar el suceso, dice sin disimular su estupor que con razón hacía tanto tiempo no veía a la señora Jingru Man en uno de los oficios domésticos que, al parecer, más le gustaban: lavar la terraza de su casa.

Carolina Gómez, la empleada independiente que prefiere guardarse en su pequeño apartamento y huir de las cámaras, los flashes y las preguntas impertinentes, no se aparta del coro de voces del barrio San Luis que asegura haber echado de menos en su cotidianidad a la pareja de esposos chinos, y cuenta que ya le hacía falta el saludo diario de las dos víctimas cuando pasaban por su ventana rumbo al mercado.

Ninguno de los habitantes de las zonas aledañas a la calle 61 con carrera 16A, en la localidad de Barrios Unidos, no obstante, se preocupó demasiado por la ausencia de sus vecinos, hasta que el hedor se hizo insoportable. La fetidez, el olor a muerto, se apoderó de la cuadra entera de manera tal que, el pasado jueves en la noche, luego de casi una semana de desaparición, la suerte que corrieron los dueños del único restaurante de comida china del sector se hizo evidente.

Reng, de 61 años, y Jingru, de 57, murieron a manos de cualquier desconocido, o desconocidos que, probablemente el fin de semana pasado, decidió entrar a la residencia en la que vivían y tenían su negocio, encerrarlos, torturarlos y asfixiarlos para luego intentar perderse del mundo hasta quién sabe cuándo. En un escalofriante cuadro digno de Fellini, a él lo dejaron sumergido bocabajo en la tina del baño, con varias toallas y un balde encima, y a ella la introdujeron en el mismo refrigerador en el que almacenaban los alimentos del establecimiento.

Casi doce horas después del dramático levantamiento de los cadáveres, en las afueras de la casa todavía huele a muerto. La hediondez se filtra por los vidrios rotos de las ventanas, pero no logra ahuyentar a los curiosos.

Según los comentarios que vuelan de boca en boca frente a la residencia de color ladrillo, dos pisos y dibujos con figuritas chinas en algunas áreas, los esposos Lin eran buenas personas y, sobre todo, buenos trabajadores. Solían abrir el restaurante —de cuya existencia dan fe siete mesas, con sus respectivos jarrones de flores plásticas, que se alcanzan a ver desde afuera, pues el negocio no tenía ningún aviso— a las 11 de la mañana y cerrarlo llegada la medianoche. “En realidad, no recibían a muchos clientes. Su fuerte eran los domicilios”, explica Claudia Barrera, trabajadora de la panadería.

En medio de un limitado español, siempre procuraban saludar. Eran reservados y no tenían mucha vida social. Tampoco contaban con familia en el país. Su único hijo reside en Tokio, Japón.

Su escalofriante muerte ha generado, cómo no, toda suerte de comentarios acerca de las posibles causas del hecho. “Seguro fue para robarles la plata del carrito que acababan de vender”, se escucha una voz por ahí. “No hay duda de que se trata de una venganza”, dicen más allá.

La vecina que alertó del hecho a las autoridades, Carolina Gómez, cuyo patio colinda con el restaurante, también tiene su propia explicación. No ha podido pegar el ojo en toda la noche. Se pasa la mano por la cara, arregla su cabello. Carraspea: “Los mataron porque en este país hay  gente muy mala”.

Investigación a cargo del CTI

A eso de las 7:30 p.m. del pasado jueves, en la línea de emergencias 123 se recibió la denuncia de un olor fétido que salía de una casa en el barrio San Luis. Según vecinos, una patrulla de la Policía se acercó al lugar y, supuestamente, se negó a entrar en la casa por falta de una orden judicial. Horas después llegaron los bomberos, quienes conjuntamente con miembros del CTI lograron entrar por las ventanas de la vivienda. El levantamiento de los cadáveres se realizó pasada la una de la mañana y la investigación del suceso quedó en manos del CTI. De manera extraoficial, El Espectador conoció que el homicida desordenó una de las habitaciones, pero no robó ningún objeto. Se presume que se trata de alguien conocido de las víctimas, pues las cerraduras no fueron forzadas. Los chinos murieron por asfixia, al parecer con una cuerda.

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