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Ensayo: Usme, una apuesta biocultural que transforma la vida en los territorios

Un líder social de Usme y su visión de la importancia del aporte sociocultural de esa localidad desde el suroriente de Bogotá.

Harol Villay Quiñones * / Especial para El Espectador

20 de abril de 2026 - 10:00 a. m.
Localidad Usme Parque Ecológico Distrital de Montaña Entrenubes Es considerado un paraíso de biodiversidad, tiene una extensión de 626 hectáreas, además de un mirador con vista 360 grados, que acopla lo rural con lo urbano. Es un espacio ideal para el deporte, la meditación y el encuentro con la naturaleza, desde donde se aprecia una espectacular vista de la zona rural y urbana de Bogotá. Ejemplo del potencial de la localidad 5 de Bogotá, que tiene más de 400 mil habitantes.
Foto: IDT
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En medio de los debates sobre el rumbo de Bogotá —marcados por la movilidad, la seguridad y la presión sobre sus ecosistemas— hay una realidad que suele quedar relegada: las profundas desigualdades territoriales que estructuran la ciudad. Estas tensiones no se distribuyen de manera homogénea. En los bordes urbanos —y particularmente en Usme— se hacen más visibles e intensas.

Pero esta no es solo una desigualdad en términos de acceso a servicios o infraestructura. Es también una expresión de injusticia ambiental y social. Durante décadas, territorios como Usme han cargado de manera desproporcionada con los pasivos ambientales de la ciudad: la disposición de residuos, la presión de la expansión urbana, la explotación minera a cielo abierto y la ausencia de una planificación que reconozca sus dinámicas rurales y comunitarias. Este modelo ha profundizado brechas históricas, trasladando los costos del desarrollo a quienes menos se benefician de él.

Sin embargo, reducir a Usme a un escenario de crisis es una lectura incompleta. Se trata de un territorio vivo, donde la vida comunitaria se sostiene en prácticas cotidianas de organización, en procesos culturales arraigados, en economías locales y en una relación activa con la tierra. Allí, lo comunitario no es un discurso: es una forma concreta de sostener la vida en medio de condiciones adversas.

Esta vitalidad, sin embargo, ha implicado que las comunidades asuman responsabilidades que deberían estar garantizadas por el Estado. Durante años han sostenido procesos culturales, educativos y territoriales frente a una institucionalidad insuficiente. Esta situación no puede seguir normalizándose. Fortalecer la vida comunitaria no significa trasladarle al territorio las obligaciones públicas, sino construir un nuevo equilibrio: una institucionalidad que garantice derechos y condiciones dignas, mientras reconoce y potencia la autonomía organizativa existente.

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Uno de los escenarios donde esta tensión se hace más evidente es el sistema cultural. En particular, el sector bibliotecario enfrenta dificultades relacionadas con la sostenibilidad de los procesos, la estabilidad de los equipos y la capacidad de respuesta frente a las demandas territoriales. Esto no solo afecta la operación de los servicios, sino que limita el acceso efectivo a la cultura como derecho.

En territorios como Usme, estas limitaciones se profundizan. Las brechas en infraestructura y cobertura hacen que la capacidad instalada resulte insuficiente frente a la magnitud y diversidad del territorio, especialmente en contextos donde convergen dinámicas urbanas y rurales. Aun así, se han sostenido procesos significativos de mediación cultural, lectura y trabajo comunitario que evidencian el potencial existente cuando hay condiciones mínimas de funcionamiento.

El problema, entonces, no es la falta de capacidades locales, sino la ausencia de una apuesta estructural que permita fortalecer y expandir estos procesos. La discusión no puede limitarse a contener el déficit, sino a transformarlo: ¿cómo ampliar la infraestructura cultural?, ¿cómo diversificar los espacios de mediación en lo urbano y lo rural?, ¿cómo ofrecer alternativas reales para las juventudes en contextos de riesgo?

A esto se suma una falla estructural en el modelo de ciudad. La expansión urbana no ha estado acompañada de infraestructura social, cultural y comunitaria suficiente. La falta de espacios públicos de calidad, centros culturales y escenarios de encuentro limita las posibilidades de organización y creación. Esta carencia no es solo física: es una forma de exclusión.

Al mismo tiempo, el sur de Bogotá cumple un papel estratégico en términos ambientales. Usme es clave para la sostenibilidad de la ciudad: sus ecosistemas, fuentes hídricas, sus ecosistemas, biodiversidad y su carácter rural lo convierten en un territorio fundamental para la adaptación al cambio climático. Protegerlo implica reconocer a las comunidades campesinas como actor central en el cuidado del territorio.

En este punto, la vida campesina deja de ser marginal y se convierte en estratégica. Garantizar su permanencia, reconocer sus saberes y fortalecer su relación con el territorio es una apuesta necesaria para construir sostenibilidad y equilibrio territorial.

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Es en este cruce de dimensiones donde el Parque Arqueológico y del Patrimonio Cultural de Usme emerge como una oportunidad. Más que un espacio de conservación puede consolidarse como un eje de articulación entre patrimonio, memoria, cultura y vida campesina. No se trata de preservar el pasado como un objeto estático, sino de reconocer el territorio como un espacio habitado, donde la memoria es una práctica viva.

Desde esta perspectiva, fortalecer la cultura, el deporte y la educación no es un lujo ni un gasto prescindible. Es una apuesta directa por la prevención de violencias, la generación de oportunidades y la reconstrucción del tejido social. Reducir o subordinar estos sectores no solo desconoce avances importantes, sino que implica un retroceso en la construcción de bienestar.

En este punto, es necesario ser contundentes: no podemos permitir que se instale la idea de reducir, fusionar o debilitar sectores como la cultura, el deporte y la educación. No son estructuras intercambiables ni cargas prescindibles del Estado. Son, en esencia, la oportunidad concreta de transformar la vida en los territorios. Allí se abren caminos para las juventudes, se fortalecen los procesos comunitarios y se construyen alternativas reales frente a la violencia y la exclusión. Debilitar estos sectores sería renunciar a una de las herramientas más potentes para construir equidad y futuro.

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Por eso, hacemos un llamado firme a los territorios, a las organizaciones sociales y al sector cultural a avanzar en la construcción de un acuerdo amplio y vinculante, que comprometa de manera decidida a quienes aspiran a gobernar el país. Invitamos a Iván Cepeda Castro y a Aida Quilcué a asumir este compromiso no como un gesto simbólico ni como una firma más, sino como una responsabilidad ética y política con el país: garantizar el fortalecimiento real de la cultura, el deporte y la educación en cada territorio, como base de una transformación profunda y duradera.

Porque es en estos espacios donde se construyen comunidades, donde se sostienen los territorios y donde realmente se define el futuro de la ciudad y del país.

* Habitante Usmeka, Usme Biocultural, Siembra Futuro.

Por Harol Villay Quiñones * / Especial para El Espectador

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